Votos decisivos

Cuando este artículo aparezca en las páginas virtuales de La Republica de las Ideas, los británicos estarán votando si siguen o no en la Unión Europea. Y los españoles estaremos a punto de hacerlo en la segunda vuelta de las legislativas de las que, esta vez sí, tiene que salir un nuevo Gobierno.

Son pues días de votos decisivos. En ambos casos el número de indecisos casi a pie de urna es muy elevado y por lo tanto el resultado muy incierto. La Historia puede vacilar en el camino que va a seguir y por muy poca diferencia de votos puede emprender rutas con consecuencias muy distintas. El voto de los británicos no afecta solo a ellos, sino a todos los europeos y del desarrollo de su campaña electoral podemos extraer algunas consideraciones que todavía pueden ser de utilidad para lo que queda de la nuestra.

En efecto, hay algunos paralelismos políticos y sociológicos, y también divergencias, entre los dos países y entre las dos campañas, aunque de lo que se trate en ellas sea substancialmente diferente.

En primer lugar, la del referéndum británico ha sido mucho más tensa, con asesinato político incluido, de nuestra segunda vuelta de las legislativas. Hasta cierto punto es lógico que así sea porque un referéndum es una elección binaria, es un sí o no a una cuestión de gran trascendencia y los “sí” o “no” no admiten matices y encienden las pasiones. Seguramente ocurriría lo mismo si se celebrara en Cataluña un referéndum de autodeterminación, algo bien diferente que votar programas de partidos políticos y las personas que los representan y a través de ellos a un jefe del Gobierno. Pero señalemos también que el referéndum escocés fue mucho menos pasional que el actual referéndum sobre la pertenencia a la UE.

Los profesionales de la manipulación de las masas quizás no sean conscientes de las potenciales consecuencias de las semillas de odio que siembran. Ciertamente, no cabe responsabilizar al Sr. Farage, líder de los independentistas británicos del UKIP del asesinato de la diputada laborista Jo Cox por un desequilibrado próximo a un grupo extremista anti-inmigración que ha emprendido su particular cruzada a favor del Brexit. Pero es el primer asesinato político en el Reino Unido desde el fin del conflicto en el Norte de Irlanda y hay que preguntarse cómo y por qué un país tan reputadamente estable ha perdido la cabeza en torno a una discusión sobre lo que, a fin de cuentas, es la pertenencia a un gran mercado común, un trading block, con elementos de cooperación política.

Y parte de la respuesta está en que la ultraderecha británica y algunos líderes conservadores no han dudado en atizar las bajas pasiones del elector, incitando el odio a la Europa continental y a los emigrantes. Han construido una visión imaginaria de un Reino Unido expoliado por Europa a la que paga mucho más de lo que recibe, que le ha obligado a abrir sus fronteras a una invasión de inmigrantes y de refugiados de dudosa catadura moral y potenciales terroristas, que se agravará por la próxima, según ellos, entrada de Turquía en la UE. Han reclamado recuperar la plena autonomía de los legisladores y de los tribunales británicos sobre los europeos, argumentando que ellos se gobiernan mejor a sí mismos atendiendo sólo a sus propios intereses. Y por supuesto, los británicos partidarios de seguir en la UE han sido tachados de antipatriotas.

Y cuando se juega con fuego y se establecen barreras mentales entre los de aquí, que son los buenos, y los de allí, que nos roban y son peligrosos, se entra en una espiral peligrosa de rechazo y de odio y se crea un caldo de cultivo en el que los extremistas se sienten justificados para actuar de acuerdo con sus pasiones o sus desequilibrios. Está ocurriendo en muchas partes de la vieja Europa. Y la descripción que he hecho en los párrafos anteriores valdría también para Cataluña, donde afortunadamente no se ha asesinado a nadie, pero donde se expulsa de las plazas públicas a ciudadanos en función de sus posiciones políticas.

No participo de las ideas políticas de la Sra. Camacho, hasta hace poco líder del PP en Cataluña y su portavoz en el Parlament. Pero eso no me impide, al contrario me obliga, a defender su derecho a pasearse por la plaza de cualquier ciudad catalana sin ser expulsada a gritos de algunos exaltados, gritos repulsivos que sonaban llenos de odio, como le ocurrió recientemente al visitar la feria de Vic. Y lo más grave es que no ha habido ninguna manifestación de condena de esta actitud por parte de los partidos políticos pro-independentistas. Es más, el Sr. Homs, candidato de Convergencia, o como se llame ahora, si es que todavía tiene un nombre identificable, se limitó a encogerse de hombros y a decir que “quien no quiera polvo que no vaya al pajar” (qui no vulgui pols que no vaigui a la era).

Es decir, si la Sra. Camacho no quiere que la expulsen de la plaza de Vic, que no vaya, porque por lo visto no tiene derecho a ir. Y si va ya sabe a lo que se arriesga. ¿A quién hay que pedirle permiso para que algunos catalanes puedan ir libremente a algunas partes de Catalunya? La actitud del Sr. Homs es en el fondo parecida a la del Sr. Farage, no llega todavía a sus extremos pero va por ese camino. Yo mismo he podido ver cómo en las llamadas redes sociales se manifestaban exabruptos contra mi persona exigiendo “fora d’aquí”, que me fuera de Catalunya, porque “aquí no te queremos”, etc… después de un debate televisado con el Sr. Junqueras. Esa clase de gente que adopta esas actitudes desde el cobarde, y afortunadamente inofensivo, anonimato, son las mismas que expulsan del espacio público, físicamente y de verdad, a los que no piensan como ellos. Y podrían llegar a más…

Por eso todos deberíamos reflexionar, como ha pedido en su editorial el director de El Periódico de Catalunya, sobre la necesidad de evitar los discursos divisorios que alteran la convivencia y alimentan el fanatismo y la intolerancia.

Pero volvamos al referéndum británico, cuyos resultados conoceremos a mediodía del viernes. También por Europa hemos oído el grito “¡que se vayan, que se vayan!”, como muy a menudo en Francia. Así podremos construir la Europa que ellos no quieren ni nos dejan, gritan los más ilustrados. Pero creo que más vale que no se vayan. A pesar de todos los bloqueos que los británicos han ejercido durante cuarenta años, su abandono sería un duro golpe para el proyecto europeo. Primero porque hay todas las posibilidades de que desencadene otros. Pero también porque no habrá una política exterior y de defensa de la UE digna de este nombre, sin contar con el Reino Unido. Además, aunque haya Brexit, la City de Londres seguirá siendo “el” centro financiero de Europa. Pero sin que tengamos ninguna posibilidad de regular su funcionamiento y a sus actores.

Tampoco beberíamos asombrarnos de que no solo los británicos, sino también polacos, húngaros, holandés, e incluso muchos franceses, alemanes y españoles, se pregunten si la aventura europea sigue valiendo la pena. Por desgracia, la realidad es que tenemos una Europa incapaz de afrontar dignamente la llegada de 2 millones de refugiados en un continente de 500 millones de personas, o de reactivar su economía después de la crisis, o de desarrollar una política industrial, de controlar el dumping fiscal y social dentro de sí misma tanto como para protegerse frente al de otros actores externos. Para hacer de nuevo deseable el proyecto de integración, es evidentemente necesario que los ciudadanos de a pie perciban sus beneficios como motor de un crecimiento compartido y duradero y como protector frente a los peligros de un mundo convulso.

Desde este punto de vista, uno de los mayores reproches que se puede hacer al gobierno de Rajoy es su falta de proyecto europeo y de una decidida y decisiva participación en el, a pesar de contar con un ministro de Exteriores con acreditados credenciales de europeísta. Y a nuestra campaña electoral, la escasa atención, por no decir hasta ahora nula, que se ha dedicado a las cuestiones europeas.

Los europeos, y los españoles en particular, parecemos no querer enterarnos de nuestro escaso peso demográfico en la población mundial. España es menos del 0,8 %, y todavía hay quienes quieren dividirnos en trocitos más pequeños desde los que, según ellos, ejercerían más influencia. Y algunos pretenden que basta con copiar las recetas liberales aplicadas en otros países de Europa para que se repitan los mismos “milagros”. Las cosas son más complicadas. La integración tiene sus ventajas e inconvenientes y ambos hay que sopesarlos con rigor. Hay que ser europeísta pero sin ser eurobeatos, entendiendo que todo lo que lleva el label europeo es bueno per se.

Pero volvamos de nuevo a la cuestión británica antes de que el tiempo haga obsoletas nuestras reflexiones.

El referéndum del 23 de junio fue propuesto por David Cameron en 2013 por razones de política interna, y aunque ahora se ha convertido en el principal defensor de la permanencia, puede hacer que el Reino Unido sea el primer país en abandonar la Unión. Y según la mayoría de las simulaciones, las consecuencias económicas podrían ser graves, con caídas hasta el 3% del PIB en el período 2016-2019. Sobre todo si el Brexit coloca al Reino Unido en la situación de tercer país vis-à-vis de la Unión (al igual que los EE.UU. o China), pero también aunque se pueda llegar a un acuerdo de libre comercio o incluso una unión aduanera con la UE.

Como miembro del Espacio Económico Europeo (al que pertenecen Noruega, Islandia y Liechtenstein), el Reino Unido mantendría su acceso al mercado único europeo y sus cuatro libertades (libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas). Pero ello requeriría que el Reino Unido aplicase las directrices y normas europeas sin poder participar en su desarrollo y sin dejar de pagar una contribución, aunque de forma más modesta, el presupuesto europeo. Una manera de salir sin salir del todo, pero perdiendo toda influencia en la toma de decisiones europeas. Algo que se ha explicado de todas las maneras posibles pero que no parece haber tenido ningún impacto en el electorado, para desesperación de los académicos que han producido los informes que lo explican.

En caso de Brexit, los países que tienen las relaciones más estrechas con el Reino Unido, lógicamente serían los más afectados. España dirige al RU el 9,5% de las exportaciones intraeuropeas de la UE, menos que Francia y Alemania que está en el 15 y el 12 %.

Aparte de las consecuencias comerciales y económicas del Brexit, no cabe duda de que este tendría un efecto desestabilizador sobre la gobernanza europea.

De la moneda única al espacio Schengen pasando por la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión y el pacto fiscal europeo, el Reino Unido ha multiplicado en los últimos 25 años, los opt-outs en sectores enteros de la construcción europea. Por eso, para muchos, su salida de la Unión sería levantar un obstáculo permanente en el difícil camino de la integración. Esto es especialmente cierto en el campo de los derechos sociales, ya que el Reino Unido se opone desde siempre a las normas sobre el tiempo de trabajo, por ejemplo.

En las negociaciones recientes pidió la congelación durante cuatro años de los derechos sociales y prestaciones familiares de los 2 millones de ciudadanos de la UE que trabajan en su territorio. Lo mismo en materia de regulación financiera y bancaria, en las que se ha empleado a fondo para bloquear avances importantes, como el impuesto sobre las transacciones financieras apoyado por Francia y Alemania. También se niega a participar en la unión bancaria que daría un derecho de supervisión del Banco Central Europeo (BCE) al sector bancario británico.

El Brexit también afectaría a los frágiles equilibrios que caracterizan a las instituciones europeas. Alemania teme perder un aliado en la liberalización del mercado europeo y está preocupada por un desequilibrio geopolítico hacia el sur de Europa. Suecia, la República Checa, Polonia y otros países de Europa central que no tienen la moneda única, temen que la dinámica de la integración europea se centrará más en la gestión de la zona del euro, que tendría sin el RU un peso más importante.

Una retirada británica requeriría redistribuir los votos en el Consejo Europeo, reabriendo el explosivo tema de la paridad entre Alemania y Francia. También tendría importantes implicaciones presupuestarias ya que el Reino Unido sigue siendo, a pesar del descuento otorgado desde el año 1984, el segundo contribuyente después de Alemania, y aporta el 12% de los recursos de la comunidad, que deberían ser aportados por otros países.

Pero el mayor riesgo es el del contagio político. Durante los últimos cincuenta años, la prueba más llamativa del éxito de la UE fue su poder de atracción a otros países y las sucesivas ampliaciones. Una retirada británica revertiría esta tendencia. Y la UE, que está hoy muy debilitada por sus múltiples crisis (crisis de la crisis de Ucrania zona euro, crisis migratoria), perdería una economía dinámica (16% del PIB de la UE) y un actor principal tanto en la escena financiera mundial, en la escena diplomática (el Reino Unido tiene un asiento permanente en el Consejo de seguridad de la ONU) y en su capacidad militar (el RU es el quinto en el mundo por gasto militar).

La tentación de la retirada podría extenderse a otros países, sobre todo en el norte y centro de Europa (Países Bajos, Suecia, Finlandia, República Checa, Hungría). Tanto más cuanto más satisfactorio fuese un acuerdo para mantener su acceso al gran mercado europeo. De manera más general, la renegociación británica podría ser un modelo para los políticos deseosos de explotar el malestar general ante la ola migratoria y la inseguridad asociada a ella.

Por otra parte, el Brexit provocaría un nuevo referéndum sobre la independencia de Escocia, una región que tiene importantes ayudas estructurales de la UE y en donde la opinión es fuertemente pro-europea. Con más posibilidades de éxito para Partido Nacional Escocés, lo que podría aumentar la exigencia de procesos similares en España o Italia.

También las razones por las cuales los británicos se han dividido de forma tan rotunda tienen parecidos sociológicos con nuestra situación.

Desde el principio, el Brexit ha enfrentado a los más jóvenes, más ricos, y cosmopolitas británicos de las zonas urbanas contra los mayores, más pobres y menos educados en las zonas rurales y post-industriales del país. Es el mismo choque, el de las élites frente a “los de abajo”, frente al “pueblo”, que ha alimentado el resurgimiento de los partidos de extrema derecha en toda Europa, así como de populismos en los Estados Unidos y varios países europeos entre ellos España. En el Reino Unido, los favorables al Brexit están irritados por su inestabilidad financiera, el estancamiento o disminución del nivel de vida, y la pérdida de puestos de trabajo a favor de las economías emergentes. Y han echado la culpa a los migrantes que llegan a sus costas y a la UE que lo favorece o no les deja impedirlo.

También aquí, el debate político deriva en retórica vacía, pronunciamientos tecnocráticos y mucha información errónea. Los votantes británicos tienen un conocimiento muy limitado de cómo funciona la Unión Europea y sobrestiman enormemente el número de inmigrantes que se han asentado en el Reino Unido, así como la importancia de su contribución al presupuesto europeo. Visto de esta manera, el voto por el Brexit es también un voto contra el poder de las élites políticas dominantes que han presidido la crisis financiera y una recuperación dolorosamente lenta. Un voto contra la UE sería así un voto contra los de arriba que han sacado provecho de los cambios en la economía mundial a su costa. Pero la permanencia no va a resolver las divisiones sociales que fueron creadas por los profundos cambios estructurales en la economía mundial