Morir matando, morir muriendo

En mi último artículo sobre el vodevil político que se vive en Cataluña, escrito después de que la CUP decidiera deshacer el empate del polideportivo anunciando que no votarían a Mas, y de la soberbia reacción del todavía president en funciones caminándoles a rectificar antes del pasado domingo 10 de diciembre, so pena de que el lunes 11 convocaría nuevas elecciones, ya les advertía que la función no había terminado todavía.

Era de prever que en los próximos días se producirían grandes presiones sobre los ”cupaires”, calificados como nacional-traidores, para que rectificaran una decisión que amenazaba con enfriar el “process” hacia la independencia.

Y en efecto, así ha sido. No habrá nuevas elecciones. Mas no será President. Pero la CUP paga un alto precio político por su victoria, quedando subordinada políticamente al gobierno de JuntsxSi, encabezado por un independentista radical y del que Junqueras será el hombre fuerte.

Una viñeta publicada en La Vanguardia resume muy bien ese resultado, mostrando a la “cupaira” Gabriel cortándole la cabeza a Mas y de paso la suya con el impulso que da al mismo sable.

La CUP se cobra la cabeza de Mas, pero se hace el harakiri político, pidiendo perdón por escrito por sus errores al haber puesto en peligro el camino hacia la independencia, promete no volver a hacerlo y no votar en contra del gobierno, sacrifica a algunos de sus diputados que entregaran su acta a modo de expiación, para que la sangre corra de los dos lados, e incluso organiza una especie de trasfuguismo pactado por el cual dos de sus diputados deliberaran y actuaran conjuntamente con el grupo de JuntsxSi, pero sin integrarse en el.

Todo muy sofisticado, pero nada de eso encaja en la práctica de la democracia representativa ni en lo que los ciudadanos hacen cuando votan las listas del partido de su elección.

De manera que lo que no podía ser de ninguna manera el martes 5, porque sin Mas el process se hundía, Mas dixit, y no se podía poner a subasta la Presidencia de la Generalitat como si estuviésemos en la “subasta del peix”, era perfectamente posible el sábado 9. ¿Qué ha pasado entre tanto? Quien mejor ha diagnosticado las razones de este cambio radical de escenario han sido la alcaldesa Colau y la líder de la oposición Sra Arrimadas: “miedo a las urnas”.

Esta es la razón por la cual la CUP y JuntsxSi han llegado a un pacto in extremis. A ninguna de las dos formaciones políticas les interesaba repetir las elecciones porque iban a sufrir un monumental castigo en las urnas.

De manera que Mas ha preferido “corregir lo que las urnas no nos han dado”, una frase antológica que se podría atribuir a un lapsus si no se conocieran las características psicológicas del personaje, antes que volver a ellas. Lo ha preferido o le han obligado a ello los suyos, alarmados de la expectativa en la que se embarcaban. En el fondo ya da lo mismo.

La CUP y Mas han estado jugando al juego de la gallina, acelerando los dos hacia el precipicio a ver a quien le entraba antes el vértigo y frenaba. El último discurso amenazante de Mas, o rectificáis o vamos a elecciones, fue su ultimo poker menteur. Y cuando vio que definitivamente no surtía efecto, fueron los restos de CDC los que tiraron de la palanca del freno para evitar un pésimo resultado.

Mas no hubiera conseguido reeditar la amalgama de JuntsxSi ni evitar la competición con ERC. La repetición de las elecciones hubiera sido más que un referéndum sobre la independencia, un plebiscito sobre su persona, con previsible mal resultado. A la CUP, dividida en dos, le hubieran pasado factura por aparecer como el sepulturero del “process” y entre la versión catalana de Podemos y ERC le hubieran comido parte der su electorado. Y Junqueras, que hubiera recogido la fruta madura de la caída de Mas, arriesgaba ver debilitado el voto pro independentista.

A parte de su suerte particular, todos querían evitar que ese 47,8 % que según ellos les confiere un inequívoco mandato democrático para declarar unilateralmente la independencia, se fundiese como la nieve en ese cálido invierno y quedase de manifiesto la debilidad del apoyo social a la huida hacia delante que ahora le tocara pilotar, formalmente, al Sr Puigdemont.

Porque en el fondo, ese es el problema. El independentismo se niega a hacer la lectura adecuada de los resultados de las pasadas elecciones autonómicas. Las ganaron, si. Pero perdieron el plebiscito en que se empeñaron en convertirlas. Su mayoría parlamentaria, con el apoyo rehén de la CUP, no se corresponde con la mayoría electoral. El 52 % de los catalanes que fueron a votar no votaron por las tesis de JuntsxSi, pero a Puigdemont hoy como a Mas ayer, eso les da igual. Proclaman que los plebiscitos se ganan con menos de la mitad de los votos, lo que no deja de ser una gran novedad en las teorías y la práctica política del constitucionalismo.

Y por eso, tenemos “más de los mismo”. Puigdemont muestra la misma caradura intelectual para insistir en ese “mandato democrático nítido e inequívoco que ha recibido para ir hacia la independencia” en la forma exprés contendida en la declaración del 9 de noviembre, bajo la atenta vigilancia de la CUP que es para lo único que les queda autonomía política.

Independencia pues en 18 meses. Qué pena que la Sra. Forcadell no hay tenido ocasión de explicar a Felipe VI lo “bien y pacíficamente “que los van a hacer. Vale, la CUP no podía votar al candidato que representa aquello contra lo que han estado luchando desde su dimensión anticapitalista, alguien que ha fin de cuentas ha estado votando en Madrid lo mismo que el PP en materia socioeconómica. Pero ahora que ya han rodado las cabezas, queda por recorrer el camino marcado por la declaración rupturista del 9 de noviembre, aunque la noche del 27-S la CUP reconociese que el plebiscito se había perdido y que la declaración unilateral de independencia era inviable.

Luego se le olvidó y ahora emprendemos el rumbo hacia el choque de trenes que, quizás, la repetición de elecciones hubiese podido evitar. Ahora, con Mas o sin Mas, las preguntas que hay que hacer a la gente asenyanda de Cataluña, que se supone que todavía queda mucha, es si alguien se cree de verdad que se lograría la independencia en 18 meses, que las leyes sobre la Hacienda catalana, la Seguridad Social se empezaran a redactar en un mes, que una Constitución catalana se puede elaborar y aprobar en el plazo de un año y medio, que en Europa se puede acceder a la independencia unilateral en contra de un Estado democrático con 72 diputados sobre135 y con el 47,8 % del voto popular.