CO2+FN II

A pocos días de nuestras elecciones generales, y ante un panorama incierto sobre su resultado, regreso de París para participar en la recta final de la campaña en Cataluña. Lo hago presentando mi pequeño libro sobre las falsedades propagadas acerca de las ventajas económicas de la independencia. Y con una creciente indignación cuando veo que las siguen utilizando con todo el descaro. El Sr Homs, cabeza de lista del nuevo partido de Mas, sigue desgranado en todos los debates que España le roba a Cataluña los famosos 16.000 millones, y que estos constituyen una anomalía mundial porque tal expolio fiscal no ocurre en ninguna otra parte del mundo. Con razón hay que calificarles de embaucadores, sin que eso sea un insulto personal, sino la estricta descripción de su actitud como lo hace el diccionario de la lengua

Y añaden que han ganado el plebiscito sobre la independencia, cuando en realidad solo el 48 % voto a favor de sus planteamientos. En esto también van a convertir una falsedad en una certeza incuestionable a base de repetirla mil veces. Y siguen tratando de silenciar las voces que les pueden llevar la contraria. ¡Los concejales de ERC de Villadecans han recurrido a la Junta Electoral para que impidiese un acto de presentación de mi libro “Los cuentos y las cuentas de la independencia” en la biblioteca municipal! La Junta ni siquiera ha tomado en consideración la demanda, pero esta actitud es significativa del ambiente que se respira en Cataluña. No tienen bastante con que no se pueda ir a TV3, también tienen que evitar que se les desenmascare en pequeños actos de proximidad.

La incertidumbre sobre el resultado es quizás mayor en Cataluña que en el resto de España. Y aquí será significativo, no solo de la división entre derecha e izquierda, o entre lo viejo y lo nuevo, sino también de la fuerza que tenga el movimiento separatista después del vodevil en el que se ha convertido el proceso de formación de gobierno, con Mas mendigando la investidura a la CUP.

Pero he vuelto a España con las alforjas mentales llenas de los dos acontecimientos que han ocurrido en Francia el pasado domingo y a los que me réferi en mi anterior articulo con el titulo sintético de CO2 y FN, es decir a la COP21, cumbre del clima, y las elecciones regionales francesas, de las que podemos extraer algunas lecciones para nuestro país.

Bien, pues cerremos la pagina de estos dos temas, porque en el mismo día se terminó la COP21, alumbrando un acuerdo para limitar las emisiones de CO2 sobre el que habrá mucho que hablar, y se celebró la segunda vuelta de las elecciones regionales.

Recordemos que en la primera vuelta, el FN se había colocado en primera posición en seis de las regiones francesas y había sido el partido más votado del país. Una semana más tarde, en la segunda vuelta, no ha conseguido la presidencia de ninguna región a pesar de haber obtenido 800.000 votos más alcanzando los 6,82 millones, el 27,1 %, y superando también su resultado, 6,42 millones de votos, de la primera vuelta de la presidenciales del 2012.

Pero aunque no haya conseguido ninguna presidencia de región, progresa de forma espectacular con respecto a las regionales del 2010, triplicando el número de consejeros regionales que obtuvo entonces.

Por su parte, la derecha republican ha ganado en 7 de las 13 regiones metropolitanas y obtenido el 40 % de los votos. La izquierda, socialistas y aliados, obtiene 5 regiones y el 32 % de los votos. Este resultado se debe a dos razones. Primero al espectacular aumento de la participación entre las dos vueltas, 7,5 puntos. Y segundo, a la retirada de las candidaturas socialistas para dejar a un solo candidato, el de la derecha, frente al FN. Algo que la derecha no ha querido hacer manteniendo sus candidaturas. Para Sarkozy el resultado ha debilitado su candidatura para las primarias presidenciales. En realidad, estas empiezan ya mismo y sus adversarios están en condiciones de cuestionar su liderazgo y su política para impedir el crecimiento del FN

Los socialista salvan la cara, pero es una victoria amarga porque han tenido que votar a los candidatos de la derecha, que en algunas regiones son también la derecha dura, y porque han perdido la región más importante, Ile de France.

Muchos franceses habrán tenido un sentimiento de alivio, incluso de orgullo por el sobresalto democrático que ha impedido que la extrema derecha, un mes después de que los terroristas mataran a 130 personas en París, gobierne en solitario una región, lo que hubiera sido un caso único en la Unión Europea.

Pero, a la vista de los resultados, anteriormente resumidos, sería necio creer que el problema está resuelto. En realidad los votantes franceses, como parece que también los españoles, están profundamente desilusionados con el sistema político de su país y por su funcionamiento. Y esto explica porque desde las elecciones presidenciales de 2012, Le Pen ha triplicado el apoyo popular a su partido, que atrae a casi siete millones de votantes.

El FN ha intentado suavizar su tono y ampliar su atractivo, ocultando sus elementos antisemitas, pero eso no ha impedido que una mayoría de los votantes franceses lo sigan percibiendo como un riesgo para la convivencia pacífica. Y no están dispuestos a dar un salto en el vacío abandonando el euro y la UE, fiándose de un conjunto de demagogos y sus promesas huecas. Como las que se hacen en Catalunya.

El miedo ha sido el factor dominante en estas elecciones regionales francesas. Miedo y ansiedad ante los migrantes, los terroristas, la globalización y la apertura al mundo. Pero en la segunda vuelta, el miedo a los que podrían hacer los Le Pen, en Francia y en Europa, ha sido más poderoso que el miedo a esos factores. Lo que no quiere decir que hayan desaparecido. La señora Le Pen puede querer presentarse como una nueva Juana de Arco o incluso como un nuevo de Gaulle, pero la mayoría la emparenta más con la Francia de Vichy.

Lo ocurrido en Francia es ilustrativo de los problemas que se plantean en toda Europa acerca de la legitimidad de los sistemas políticos y los limites de los nuevos populismos que la crisis ha engendrado ante la falta de respuesta de las elites tradicionales y de las consecuencias sociales de las políticas de austeridad.

Y tiene muchos puntos en común con lo que estamos debatiendo estos días en España.

El segundo gran acontecimiento que nos llevamos de París ha sido el acuerdo de la COP21. Como decía en mi anterior crónica, era seguro que acuerdo habría porque era demasiado caro políticamente que no lo hubiera. Pero la botella está medio llena, o medio vacía, según se mire. Y a pesar de los trabajos muy meritorios de la diplomacia francesa y de su ministro Fabius, no se han podido conseguir algunos aspectos fundamentales para que el acuerdo mereciese la entusiasta acogida que ha recibido.

Para empezar, el acuerdo no es, se diga lo que se diga, vinculante. No lo es en los aspectos más fundamentales como son los compromisos de reducción de emisiones que cada país ha presentado voluntariamente. Y además, esos compromisos sumados nos llevan a un aumento de temperatura superior a los 3 grados. Lo que no ha impedido que se eleve el nivel de exigencia y se proclame la voluntad de reducir el aumento a 1,5 grados. Sin decir cómo. Y sabiendo que ese objetivo ya es prácticamente inalcanzable. Pero el papel lo aguanta todo.

Y tampoco se habla del precio del carbono. Ni Arabia ni Venezuela se hubiesen sumado a acuerdo si se hubiese siquiera mencionado. Y como el acuerdo tiene que ser unánime, hay que hacer concesiones. A los EE.UU en el tema del carácter vinculante y a los que tienen mucho carbón y petróleo en la cuestión del coste social de su uso. Y a los pequeños países muy afectados, un objetivo más ambicioso. Todos contentos.

Tampoco se habla del sector de los transportes, un sector “difuso” que representa el 10 % de las emisiones y que es donde las alternativas tecnológicas están menos claras y los controles son más difíciles. Pero es un punto de inflexión con respecto a otras cumbres del clima porque al menos todos han estado de acuerdo en que hay que hacer algo, aunque todo esté por hacer. Y los que más tienen que hacer son EEUU y China, dos países reacios políticamente a hacerlo, uno un gran glotón energético que tiene que ponerse a dieta y el otro un país en desarrollo famélico de energía, que, como la India, tiene que seguir aumentando su consumo.

Lo que ocurra, en esto como en casi todo, dependerá de la presión de los ciudadanos para exigir las políticas que salvaguarden su bienestar presente y futuro, lejos de los demagogos de uno y otro extremo, los que niegan el problema y los que pretenden tener soluciones milagrosas. Más información y más trasparencia son los remedios para hacer frente a unos y a otros.

Tendremos que seguir analizando los acuerdos de París, pero será después de las elecciones del próximo domingo.