París entre el CO2 y el FN

En París, los resultados de la primera vuelta de las elecciones regionales atraen más la atención de los periódicos que la marcha de las negociaciones de la COP21.

Es comprensible. El pasado domingo 6 de diciembre, el Frente Nacional ganó las elecciones regionales convirtiéndose en el primer partido político de Francia por número de votos y acelerando la caída del PS. Así, París se ha convertido en el escenario de las tres de las crisis de nuestro tiempo. La del terrorismo de raíz fundamentalista musulmana, la del clima, y la de los partidos políticos tradicionales que ven como se acaba el duopolio en el que estaban instalados desde el fin de la guerra mundial. .

Oyendo a los telediarios relatar el fin del bipartidismo, uno se creería en España, tanto se parecen los discursos, aunque aquí solo haya un tercero en discordia. Pero un tercero en un crecimiento muy rápido que preocupa cara a las próximas presidenciales. El FN ha triplicado el porcentaje de voto desde las anteriores regionales del 2010 y le saca casi 5 puntos porcentuales a los socialistas que encadenan su quinta derrota electoral desde que Hollande accedió a la Presidencia.

El resultado, anunciado, no debería sorprender demasiado. Pero el cómo se ha llegado hasta aquí, como se preguntan los editoriales de los periódicos, tiene mucho que ver con los problemas de fondo de las sociedades europeas.

La ola bleu-Martine, en parodia del bleu-marine, para los que no pierden el sentido del humor, se ha alimentado de las tormentas de este otoño letal para una Europa asediada por el flujo masivo de refugiados que huyen de las guerras en Oriente Medio. Los atentados del 13 de noviembre le han servido en bandeja la posibilidad de hacer la amalgama entre la vieja inmigración, los demandantes de asilo de hoy, la presencia en la sociedad francesa de una gran comunidad musulmana y la amenaza terrorista.

Pero hay mucho más que eso para explicar como un partido que hace propuestas tan demagógicas y peligrosas como el FN puede recibir este apoyo de los votantes, aunque sea en una primera vuelta en la que se pueden desahogar gratis dejando la verdadera decisión para el siguiente domingo.

Hay problemas de fondo que se han ido agravando. El primero el paro que rompe la cohesión creando zonas socialmente desertificadas. A la inseguridad vital frente a la amenaza terrorista se suma la inseguridad económica, la social y la cultural. Hollande se enfrenta hoy a 700.000 parados más que en mayo del 2012, solo este octubre le han crecido 40.000 más.

Pero habrá que esperar a los resultados de la segunda vuelta que se celebrara este próximo domingo 13 de diciembre, para calibrar la magnitud de la victoria del FN y/o de la derrota del PS. Los socialistas han retirado sus listas, allí donde sus candidatos lo ha aceptado, y se han fusionado con las otras listas de izquierda para hacer frente al FN en nombre de los valores de la Republique. La derecha de Sarkozy se ha negado a hacer lo mismo con lo que el resultado en términos de cuantas regiones gobernará cada partido va a depender de unos inciertos transvases de votos entre la primera y la segunda vuelta.

Dejemos pues para la próxima semana el análisis del schok FN y volvamos a las negociaciones de la COP21, que teóricamente deben acabar con un texto de acuerdo final este sábado.

¿Habrá acuerdo? Si, salvo sorpresa de última hora. La COP21 ha atraído demasiada gente a Paris y concentrada demasiada atención político-mediática como para que sus actores se puedan permitir que sea un fracaso como lo fue Copenhague. El problema, como me comentaba Nicholas Stern en una pausa de uno de los múltiples side-events que se desarrollan simultáneamente a las negociaciones, es el contenido real del acuerdo. A fuerza de rebajarlo para conseguir la requerida unanimidad, puede acabar siendo un acuerdo que realmente no sirva para contener el aumento de la temperatura media terrestre por debajo de 2 °C, que es lo que se pretendía.

Por el momento, la valoración de los trabajos realizados por la Presidencia francesa es positiva. Pero queda un enorme progreso por hacer. Hoy se trabaja con una nueva versión del proyecto de acuerdo que ha presentado el Presidente Fabius a los ministros y negociadores. En comparación con el documento de 48 páginas adoptado el sábado pasado, el texto se reduce a 29 páginas, y tres cuartas partes de los “corchetes” - las formulaciones mantenidas para decisión - se retiraron. Pero aun hay que resolver cuestiones espinosas sobre la diferenciación de los esfuerzos entre los países ricos y pobres, la financiación de la ayuda a los países menos desarrollados y el "nivel de ambición del acuerdo", una forma elíptica de referirse a su carácter vinculante y al límite que se considera aceptable de aumento de la temperatura.

Hay ya pocas esperanzas de que se pueda conseguir un acuerdo jurídicamente vinculante, como Hollande se proponía al decir retóricamente que “el acuerdo sería vinculante o no habría acuerdo”. Al final parece que se ha tenido que ceder a la posición de los EE.UU que rechazaban un acuerdo que necesitase ser refrendado por el Senado, donde la mayoría republicana habría rechazado

En el artículo 2 del acuerdo se debate la fundamental cuestión de cual debe definir el límite de aumento de la temperatura. Tres opciones siguen abiertas: mantener el calentamiento global por debajo de 2 ° C por encima de la era preindustrial; mantenerlo muy por debajo de 2 ° C [y aumentar [rápidamente] los esfuerzos para limitar el aumento de temperatura a 1,5 ° C]; mantenerlo por debajo de 1,5 ° C. Esta cuestión divide profundamente a los 195 países. Los países más vulnerables al cambio climático, y también grandes emisores como Australia y Canadá, donde los cambios de gobierno han propiciado un giro copernicano en relación al cambio climático, apoyan limitar el calentamiento a 1,5 ° C.

Pero de nada servirá definir objetivos más o menos ambiciosos a largo plazo si no hay acuerdo sobre cómo alcanzarlos. Y de momento las reducciones propuestas por los países hasta el 2030, cada uno según su buena voluntad, nos llevan a un aumento de 3 °C. Por eso sigue siendo fundamental la senda de revisión de estos compromisos iniciales.

El texto sometido a discusión presenta dos opciones para efectuar las revisiones de las propuestas iniciales. La primera, que se puede considerar poco efectiva, es esperar hasta el final del primer período de compromiso para mejorar los compromisos de reducción. La segunda propone revisar cada cinco años los compromisos adquiridos, lo que significa de forma implícita aceptar aumentarlos gradualmente.

Pero aun así, la senda futura de reducción quedaría muy vaga. La incómoda realidad es que, a pesar de que se alcance el acuerdo que está a medio cocinar, las emisiones de CO2 van a seguir aumentando desde ahora hasta el año 2030. Y no poco, el aumento será del orden del 20 % con respecto al 2010. En ese año las emisiones mundiales alcanzaron ya las 49 giga-toneladas de CO2 equivalente (GT= 1.000 millones de toneladas). Si todos los países cumplen los compromisos que van a asumir en Paris, y esta ciertamente por ver que sea así realmente, en el 2030 las emisiones alcanzarán las 57 GT según la CCNUCC , o las 60 GT según la Fundación Nicolas Hulot. Es decir un aumento entre el 16 y el 22 %. En números redondos, unas 10 GT de más.

Y será así porque China y la India no van a detener su crecimiento económico y demográfico después de Paris. Ninguno de los dos países se ha comprometido a reducir sus emisiones sino su intensidad de carbono con respecto a la unidad de PIB. Para ello, estos países se proponen hacer un colosal esfuerzo de desarrollo de las energías renovables. Pero sus necesidades de energía son tales que aun así, India habrá triplicado en el 2030 sus actuales emisiones de CO2. Entre los dos colosos asiáticos, representaran el 40 % de las emisiones mundiales. Y las emisiones per cápita de China serán más o menos iguales a las de un norteamericano, unas 13 T anuales.

Estas 10 GT adicionales son las que hacen la diferencia entre los 2 °C máximos y los 3 °C previstos. Habrá que hacer muchos esfuerzos después de que se acabe la COP21 para no perder la batalla climática.

Y para ganarla habría que ponerle un precio al carbono. Es la forma más eficiente de desarrollar las energías no carbonadas y de mandar las adecuadas señales de precio a los agentes económicos. En Paris muchos lo piden, las ONG, los grandes industriales del mundo desarrollado, la OCDE, etc.… Pero en este frente poco o nada se conseguirá. La OCDE puede clamar en vano que la primera cosa seria acabar con los subsidios a los combustibles fósiles, que son cinco veces superiores a los que reciben las energías renovables. Puede señalar que, aunque parezca increíble, el carbón es la energía que menos carga fiscal soporta y que sus consecuencias sobre la salud son enormemente costosas en términos económicos y de vidas humanas. Puede señalar que los mercados de carbono que hay actualmente en el mundo ofrecen precios muy dispares, desde los 100 $ en Suecia a los 6 euros en la UE pasando por los 15 $ en California. De momento, parece que no hay capacidad política para fijar un precio, vía mercado o vía impuestos, a las emisiones de CO2. Y eso aumenta el escepticismo sobre la posibilidad de que las promesas de París sean suficientes aunque se cumplan y se revisen al alza en los próximos años.