¿Qué podemos esperar de la gran misa climática de la COP21?

En París, el estado de urgencia tiene estos días una doble significación: frente al terrorismo y frente al clima. Aunque la realidad del peligro terrorista sea más perceptible, la urgencia climática no es menos importante que la lucha contra el terrorismo. En los dos casos, se trata de la paz y la estabilidad del mundo.

La realidad es que sí no somos capaces de cambiar nuestros modelos de producción y de consumo de una energía que agota la capacidad de la atmósfera de almacenar gases de efecto invernadero (GEI), el desorden climático creará millones de refugiados y atizará las guerras, dejando pequeños los conflictos que ya estamos viviendo.

Pero la realidad es también que se ha perdido mucho tiempo en hacer frente a la amenaza climática. Al abrir en París el pasado lunes 30 de noviembre la COP21, (la 21ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), el Presidente Hollande expresó esta urgente necesidad, reclamando a todos los países la necesidad de alcanzar un acuerdo universal, vinculante y diferenciado, aplicable a partir de 2020 para los 195 países “partes” de la CMNUCC para limitar el aumento de la temperatura media terrestre a 2° C en comparación con la era preindustrial.

Después de él, empezó el rosario de intervenciones de los 150 jefes de Estado y de gobierno presentes en Paris. Teóricamente limitadas a 3 minutos cada uno, pero un tiempo ampliamente desbordado por los países más importantes. Y empezaron a aparecer las disonancias que habrá que resolver en los próximos 15 días.

La ceremonia me recuerda a otra parecida, la que viví en Rio de Janeiro en 1992, en la Cumbre de la Tierra, donde se creó la CMNUCC y en la que yo representaba a España como Ministro de Medio Ambiente. Desde entonces cada año se ha celebrado una COP en algún lugar del mundo. La COP3 adoptó el Protocolo de Kyoto, el primer tratado internacional jurídicamente vinculante de reducción de emisiones, que entró en vigor en 2005. Pero sólo afectaba a países industrializados que representaban el 55% de las emisiones globales de CO2 de 1990.

La Unión Europea cumplió con los compromisos de Kyoto, (reducir el 5% de las emisiones en 2012, en comparación con 1990. Pero los Estados Unidos no lo ratificaron, Canadá y Rusia se retiraron y China, convertido hoy en el mayor emisor mundial de GEI, no estaba afectada.

La COP15, Copenhague 2009, quiso negociar un nuevo acuerdo internacional del que fuesen parte tanto los países industrializados como los en vías de desarrollo para reemplazar el Protocolo de Kyoto. Pero fue un fracaso: se limitó a afirmar la necesidad de limitar el calentamiento global a 2° C, sin ningún tipo de compromiso cuantificado de reducción de las emisiones. Pero se empezó a hablar de que los países desarrollados deberían aportar 100.000 millones de dólares anuales para financiar el coste de la adaptación de los países más pobres.

Recordemos que la COP de Copenhague fue presentada retóricamente como “la última ocasión de salvar el planeta”. Pero el fracaso enfrió el entusiasmo por esas grandes misas concelebradas a la que acuden cientos de jefes de Estado y las siguientes COP’s no aportaron nada sustantivo. Salvo la de Cancún en el 2010, en la que se aprobó limitar el aumento de la temperatura media de la Tierra en 2 ° C a finales de este siglo. Pero no se decía como había que conseguirlo.

Sabemos lo que hay que hacer para conseguirlo. Limitar las emisiones de GEI en unas cuantías que los científicos han estimado. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático estima que para limitar el aumento a 2° C se debe haber alcanzado la “neutralidad carbono”, (emisiones netas cero) a más tardar a finales de siglo. Y haber reducido las emisiones a la mitad en el 2050. Y que el importe acumulado de las emisiones de CO2 no exceda de 800 gigatoneladas de carbono. Pero desde 1870, ya hemos liberado 531 GT de carbono. Nos quedan pues solo unas 270 GT por emitir. Este es el “presupuesto de carbono” que la Humanidad tiene que administrar.

Para ello, el 80 % de las reservas de energías fósiles conocidas no deben ser explotadas. Lo que da una idea del impacto que tendrá sobre la distribución de las riquezas en el mundo. Y de las oposiciones que levanta. Y de la magnitud del esfuerzo que ello representa, porque hoy el 80 % del consumo energético mundial proviene de combustibles fósiles.

Lo que no sabemos es como repartir este “carbón budget” entre los distintos países, que es tanto como decir entre los seres humanos de hoy y de los próximos 85 años, desde hoy hasta final de siglo. No es políticamente posible ponerse de acuerdo en el reparto de este bien escaso que nos pertenece a todos y que unos han usado en el pasado, y siguen usando en el presente, más que otros en función de sus diferentes ritmos históricos de desarrollo industrial.

Por eso, en vez de un imposible acuerdo de “reparto de lo que hay”, se ha optado por pedir a cada país que plantee lo que buenamente se propone hacer para reducir sus emisiones y ver cuánto suman las emisiones de todos. Y ya sabemos que las propuestas van más allá del “carbón budget” disponible y que con lo que se propone desde el good will de cada país, el aumento de la temperatura será superior a los 2 °C., situándose entre los 3 o los 3,5 °C. Merkel lo ha reconocido con mas franqueza que nadie, diciendo que los acuerdos de Paris, tal como están planteados no permitirán alcanzar el objetivo de un aumento de la temperatura por debajo de los 2 °C, como se comprometió en la COP de Cancún.

¿Quiero esto decir que la COP21 es ya un fracaso?. No. La Sra. Figueres, responsable climática de las NN.UU., amenaza con "cortar la cabeza" a quien quiera juzgar el resultado de la COP21 según este criterio. Lo que salga de Paris será un punto de partida para ir mejorando después, no el acuerdo definitivo que fije las reducciones necesarias para contener la temperatura por debajo de los + 2 °C. Pero hay que ver cómo se organiza el proceso de reducciones adicionales a las que se acuerden en Paris. Esto es lo que se puede esperar de la COP21 para que no sea un fracaso como el de Copenhague.

Y formalmente no lo será. La COP21 ha atraído demasiada gente y concentrada demasiada atención político-mediática como para que sus actores se puedan permitir que sea un fracaso explicito como lo fue Copenhague. Pero es muy posible que el resultado se presente como más decisivo de lo que realmente sea. Es la impresión que se saca de la letanía de “debemos estar a la altura del desafío que se nos plantea”, que ha sido la frase más repetida por los jefes de Estado y de gobierno en sus intervenciones.

Pero retoricas aparte, en los próximos días tendrán que demostrar en que se pueden verdaderamente comprometer. Al menos en tres cuestiones de fundamental importancia como son el carácter vinculante de los compromisos que se adquieran, la fijación de precio para las emisiones de CO2 que sea a la vez disuasivo y aceptable y la efectividad de los 100.000 millones de dólares anuales de ayuda a los países del Sur.

Analicemos en lo que queda de este articulo la primera de estas cuestiones y analicemos las otras dos en función del posterior desarrollo de la COP21

La naturaleza jurídica del acuerdo, y el que sea más o menos vinculante, es una cuestión que enfrenta a la UE con EE.UU más que con China. Los europeos parten de la base de que una declaración de buenas intenciones no servirá para nada, y no están dispuestos a aceptarla. Hollande ha dicho y repetido que el acuerdo de París será vinculante o no será. Es decir, que esta es una de las líneas rojas que separan el éxito del fracaso. Pero el Secretario de Estado Kerry también ha dicho que un acuerdo jurídicamente vinculante que tome la forma de un Tratado Internacional que deba ser ratificado parlamentariamente no lleva a ninguna parte porque el Senado, controlado por los republicanos lo rechazaría. Ya ocurrió así cuando la administración Climnton firmo el Protocolo de Kyoto en 1997 pero no lo sometió a la ratificación del Senado.

La solución puede ser dividir el acuerdo en dos partes. Una parte seria jurídicamente vinculante y se referiría a la obligación de informar sobre sus niveles de emisiones y establecer mecanismos de trasparencia al respecto. Pero la reducción de emisiones a las que se comprometen no sería parte de un tratado internacional y no serian jurídicamente vinculantes. Por ello, no tendrían que ser ratificados por el Senado americano porque pueden ser adoptados desde las capacidades reglamentarias del Presidente.

China esta mas dispuesta a aceptar el carácter vinculante de las reducciones comprometidas siempre que no exista en sistema de sanciones para el caso de no cumplimiento.. Ciertamente, tal como esta el patio es utópico pensar en acordar sanciones para los que no cumplan con sus propias propuestas, pero como mínimo, el acuerdo debería incluir un conjunto de medidas verificables a aplicar por los distintos países.

China, India y otros países emergentes se oponen a que el acuerdo de París incluya dichas trayectorias de reducción de emisiones a largo plazo, por temor a que no condicione excesivamente su desarrollo futuro. Esta ya claro que China e India no van a sacrificar su crecimiento económico en el altar de la lucha contra el cambio climático. Lo harán solo en la medida que puedan y les convenga. Y lo mismo puede decirse de varios países africanos, un continente donde todavía hay 600 millones de personas que no saben lo que es una bombilla eléctrica y que, al actual ritmo de desarrollo van a tardar todavía varios años en saberlo.

Y hay que entenderlo. Su posición, especialmente la de India, expresa bien la cuestión de la “justicia climática”. A la India se le suele señalar como uno de los grandes contaminadores mundiales, el cuarto por el volumen global de sus emisiones a causa de su gran dependencia del carbón que produce 2/3 de su electricidad mediante centrales térmicas viejas y altamente contaminantes. Pero cada hindú emite 1,7 Tn de CO2 al año, diez veces menos que un americano y tres veces menos que un terrícola medio. Tiene 300 millones de habitantes sin conexión a la red eléctrica. En estas condiciones no se les puede pedir que contribuyan decisivamente a resolver un problema que hemos creado nosotros los occidentales con dos siglos de desarrollo industrial.

La única solución es que el Norte financie la reconversión energética del Sur. Habría que disminuir las subvenciones a las energías contaminantes y trasferir esos recursos a un desarrollo basado en energías limpias de los países en vías de desarrollo. Pero, ¿está el Norte dispuesto a pagar por la contención climática del Sur?. Hay un conflicto entre los países del Sur que quieren salir de la miseria y los del Norte que no quieren empobrecerse, sobre todo porque entre los países ricos hay también muchos pobres y porque los consumidores de electricidad son también electores que votan.

Para contener las emisiones y para hacer efectivas esas trasferencias de recursos tecnológicos y financieros es importante fijar un precio al carbono y orientar la ayuda al desarrollo hacia la lucha contra el cambio climático. De lo primero poco podemos esperar de la COP21. Aunque Hollande declaraba enfáticamente hace un año que Paris pondría un precio al carbono, el tema no parece que vaya a estar ni siquiera en la agenda. Y queda por ver si se pueden garantizar los 100.000 millones anuales hasta el 2020 prometidos en Copenhague.

Queda mucha COP21 por delante, en la apasionante y trascendental búsqueda de una respuesta al problema del cambio climático.