La guerra de 30 años

Escribo estas líneas digitales desde la Saigón bulliciosa y vibrante, ciudad de contrastes, cruce de la más refinada modernidad occidental y de los vestigios de un pasado perfumado con el incienso de las pagodas.

Ciertamente, hay que darse una vuelta de tanto en tanto por el dinamismo del mundo asiático, que llamamos emergente pero que ya ha emergido, para darse cuenta de que la vieja Europa parece no solo muy vieja sino además muy pequeña.

Me olvido por unos días del separatismo catalán, de la amenaza terrorista, del problema de los refugiados, de la renqueante economía europea, de la inflación que no sube y hasta de las próximas elecciones del 20 de diciembre, para atisbar cómo va esa otra parte del mundo al que los europeos, en nuestro trasnochado eurocentrismo heredado de nuestro pasado colonial seguimos sin darle la importancia que tiene.

El cambio experimentado por Vietnam desde que el 30 de abril de 1975 un tanque vietcong embistió la valla metálica del palacio presidencial, en una imagen que dio la vuelta al mundo, y puso así fin a la guerra con los EE. UU., es asombroso. En las dos ultimas décadas, se han registrado varios años con tasas de crecimiento superiores al 8 %, su población pronto alcanzara los 100 millones de habitantes, la juventud de su población es casi insultante, 2/3 partes están por debajo de los 30 años y su dinamismo se percibe de forma espectacular, con los miles de motociclistas desplazándose en filas cerradas de aquí para allá en las amplias avenidas y en las callejuelas de sus ciudades, en los espectaculares edificios de multinacionales y del propio gobierno, en el bosque de grúas gracias a las cuales la ciudad le va ganado terreno al campo y en su inserción en la economía internacional desde que entró en la OMC en el 2007.

Mientras observo el dinamismo de este país, y veo como los nietos de los guerrilleros y soldados vietcong que derrotaron por primera vez a la gran potencia americana se divierten adoptando los más estereotipados hábitos occidentales, recuerdo aquellas imágenes que vimos en directo en la televisión americana ya que entonces estudiaba en la Universidad de Stanford, California.

Recuerdo el dramático espectáculo de los helicópteros evacuando a los americanos y sus aliados vietnamitas que hacían cola desesperados en el techo de la embajada americana. Y cómo, en los portaviones que los esperaban en el Mar de la China, tenían que echar los helicópteros vacíos al mar para hacer sitio a los que llegaban.

Una visita al museo de la guerra reaviva esos recuerdos. Hay mas turistas americanos que vietnamitas visitando ese sobrio museo. Presenta lo ocurrido sin estridentes espavientos de vencedor, y sin exagerar el indecible dolor que sufrieron los combatientes y la población civil. Aquello fue tan terrible que no lo necesita. Fueron 3 millones de muertos, de los cuales 2 millones de civiles, casi 500.000 desaparecidos y 2 millones de mutilados. Impresiona el numero de toneladas de bombas que lanzo la aviación americana, las fotos de los niños deformes por los efectos de los gases tóxicos y los desfoliantes que destruyeron miles de hectáreas de selva, las matanzas y torturas de la población civil, los 15 días seguidos de tremendos bombardeos que Nixon ordenó en las navidades de 1972 y que plancharon Hanoi con una cortina de bombas para tratar de debilitar la posición de los negociadores vietnamitas que estaban en ese momento negociando el fin de la guerra en Ginebra...

Todo eso ocurrió a lo largo de 10 años y sin embargo lo que me sorprende es la ausencia de rencor. Ni el profesor Ta Ngoc Tan, actual Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Políticas, con quien comparto un seminario sobre el proceso de integración europea y el de los países del Asean, ni ninguna de las personas de todas las edades con las que he tenido ocasión de hablar parecen tener hacia los americanos la menor sombra de odio o de rencor por los atroces sufrimientos que les infligieron.

Su actitud es la de mirar adelante y, sino perdonar, al menos olvidar. En 1972 el profesor Tan servía en una batería de cohetes Sam suministrada por la URSS , tratando de abatir algunos de los B-52 que bombardeaban Hanoi. Pero aparentemente me indigno más yo que él al comentar lo que ocurrió. El odio no sirve para nada, dicen, y no se les arranca ninguna reflexión que destile una actitud diferente.

Y sin embargo, viendo lo que ese museo recuerda, hay que reconocer que el comportamiento del ejército americano en esa guerra fue en muchas ocasiones comparable al de los crímenes de guerra de las tropas de las SS en la II Guerra Mundial. ¿Qué diferencia hay entre las matanzas de civiles indefensos en Oradour sur Glane, tantas veces recordadas, y las de aldeas como My Lai, con más de 500 aldeanos masacrados por el ejemplo?

Aquella guerra, fue a la vez una guerra civil, una guerra imperialista y una guerra ideológica. Pero había empezado antes de que llegaran los americanos. En realidad fue una guerra de 30 años, como la endémica guerra europea del siglo XVII que lleva ese nombre. Empezó inmediatamente después del fin de la II Guerra Mundial cuando en septiembre de 1945, Ho Chi Minh proclamó la independencia en Hanoi. La guerra contra Francia que no se resignó a perder su colonia duro hasta la caída de Dien Bien Phu en 1954 y la posterior conferencia de paz de Ginebra que divide “temporalmente” el país en dos hasta que se celebren elecciones. Estas, previstas para julio de 1956, nunca se llegaron a celebrar porque los EE.UU. temían, con razón, que las ganaría de calle el “tío Ho”.

900.000 refugiados, la mayoría católicos, huyeron del Norte durante los 300 días que los acuerdos prevén para la libre circulación entre los dos lados del paralelo 17, los americanos apoyan a un régimen militar en el Sur y en 1959empieza la guerra de guerrillas.

Así, la primera mitad de ese periodo de 30 años fue una guerra Norte-Sur, que se enmarca en el proceso de descolonización. La segunda mitad fue una guerra Este-Oeste que se enmarca en la guerra fría, que en algunos lugares fue muy caliente, y en la voluntad de los EE.UU de contener la expansión del comunismo en el subcontinente asiático.

Ya sabemos lo que ocurrió después. El propio Mac Namara, entonces Secretario de Estado lo reconoce en sus memorias : “yet we were wrong, terribly wrong”. “Nos equivocamos terriblemente, y debemos a las futuras generaciones una explicación de nuestro error...”.

Es la frase con la que se cierra la exposición del Réquiem por Vietnam, el recorrido por las salas del museo de la guerra de Saigón, hoy Ho Chi Minh City. Aunque los vietnamitas consideren que la guerra is over, hay que entender el horror que se desató para analizar los errores presentes que han empujado a nuestro mundo a otras guerras que no son ya ni Norte-Sur ni Este-Oeste, sino que obedecen a otra lógica y plantean problemas que no podremos resolver con bombardeos masivos, como tampoco pudieron hacerlo los EE.UU a pesar de haber desatado entonces la mayor potencia de fuego de la historia.

Primero en nombre de los presuntos derechos coloniales y después en nombre de la lucha contra el comunismo, los occidentales en general y los estadounidenses en particular nos comportamos de forma radicalmente distinta a los valores que decimos profesar y defender. Unos y otros fueron derrotados por la increíble capacidad de resistencia de un pueblo al que Nixon no consiguió doblegar ni con sus bombardeos masivos de última hora. Una gran lección de la Historia que convendría no olvidar.