Entre 2 y 3… China

La noticia ha pasado casi completamente desapercibida, los medios se han hecho poco eco de ella, y la opinión pública está atenta a otras cuestiones más urgentes, como el 'crescendo' independentista en Cataluña. Y sin embargo, el informe de síntesis sobre las ofertas de contribución a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) presentadas por los principales países emisores y publicado el pasado viernes 30 de octubre por la CCNUCC (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) debería preocuparnos mucho.

Lo que viene a decir ese informe es que la suma de los esfuerzos comprometidos por la comunidad internacional para contener el calentamiento atmosférico nos colocan en la perspectiva de un aumento de 3 grados de temperatura a finales de este siglo, con respecto a la existente antes de la revolución industrial.

¿Es mucho, poco, o demasiado? ¿Hay que preocuparse o sentirse aliviados? La noticia ha producido reacciones contrastadas entre la comunidad científica y la de los negociadores de la Conferencia de la CCNUCC, la COP21, que debe iniciarse en París en la primera semana de diciembre. La primera constatación, muy negativa, es que no se va a cumplir el objetivo de limitar el aumento a 2 grados, tal como todos los países se comprometieron en la COP de Cancún. La segunda, casi un suspiro de alivio, porque hubiera podido ser mucho peor.

La propia secretaria ejecutiva de la CCNUCC, Cristina Figueres, se consolaba diciendo que los planes de reducción aportados permiten situar el calentamiento por debajo de los 4 o 5 grados que se hubieran alcanzado sin esos planes. Y el Comisario energía-clima de la UE, Sr Arias-Cañete, se permitía argumentar que a fin de cuentas lo de Cancún no fue un Tratado internacional vinculante, sino un mero acuerdo que expresaba más un deseo que una obligación. Y que lo importante no era limitar el aumento de la temperatura a 2 grados, sino conseguir la plena descarbonificacion de la producción de energía en el 2100. Como si ambas cosas fuesen independientes. No puedo sino discrepar radicalmente de ese pretendido cambio de objetivo. No se puede dar por enterrado el objetivo de limitar el aumento de temperatura a 2 grados, y lo que es peor, que para ello nos amparemos en la naturaleza jurídica del acuerdo de Cancún, rebajándolo a la categoría de whisfull thinking.
Lo que realmente importa no es la categoría jurídica del acuerdo de Cancún, sino su pertinencia. ¿Tan grandes son las consecuencias de que el aumento sea de 2 o de 3 grados?. A la opinión publica no informada puede parecerle que 2 o 3 es un poco lo mismo. Pero la realidad es que entre un mundo 2 grados más caliente (obviamente estamos hablado en media) y un mundo 3 grados más caliente, la diferencia es muy importante. Casi una cuestión de supervivencia

Por ejemplo, los científicos advierten de que con 3 grados más, la canícula que soportamos en Europa, especialmente en Francia y algunas regiones españolas, durante el verano del 2003 sería una situación casi normal, porque lo mas probable es que ocurriese uno de cada dos veranos. La temperatura del verano del 2003 presentó una anomalía de 3 grados adicionales con respecto a la normal. Con 3 grados más en la temperatura media mundial, la anomalía de un verano “caliente” alcanzaría 6 grados, con los problemas de habitabilidad que ello implicaría para las zonas afectadas.

El problema más grave son los efectos “no lineales”, los cambios de gran magnitud que se empiezan a producir cuando se rebasan determinados niveles de temperatura. Hay un ejemplo muy claro que he oído explicar recientemente a un climatólogo. Si Vd. tiene un bloque de hielo en un habitación fría y la temperatura sube de -2 a -1 grados, no se percibe ninguna diferencia. Pero si se calienta un poco más y pasa encima de 0 grados, el bloque de hielo empieza a fundirse… Un grado más hace toda la diferencia. Es lo que le pasaría al “bloque de hielo” que representan los Polos, que acabarían desapareciendo. Tardarían tiempo, pero el aumento del nivel del mar sería catastrófico.

¿La diferencia que puede producir esos cambios “no lineales” está en entre los 2 y los 3 grados? No lo sabemos con certeza, pero la probabilidad de que ocurra es mucho más grande con 3 que con 2 grados de aumento de la temperatura terrestre media. Una diferencia de 1 grado no es poca cosa, es algo muy, muy, importante . El Comisario no debería consolarse diciendo que lo que importa es conseguir descarbonificar al 100% la producción de energía en el 2100. Las sendas de aproximación a ese objetivo a lo largo de los próximos 85 años pueden ser muy diferentes. Se podría alcanzar ese objetivo de muchas maneras, pero con efectos muy diferentes sobre la cantidad acumulada de gases GEI emitidos a lo largo de ese periodo. Y si se rebasan los aumentos de temperatura máximos permisibles para los equilibrios atmosféricos, de nada serviría haber alcanzado esa completa descarbonificacion.

¿De quien depende finalmente que nos quedemos en 2 o 3 grados más?. De todos, por supuesto. Pero de unos más que de otros. Y de quien depende sobre todo es de China. Este país es ya el mayor emisor de GEI del mundo, aunque sus emisiones per cápita (que es lo que cuenta a efectos de equidad en el esfuerzo) sean todavía la mitad de las de EEUU. Y una parte importante de ellas se deban a la producción de bienes que nosotros consumimos. Al convertirse en la “fábrica del mundo”, China a concentrado las fuentes de emisión global de GEI y las áreas de contaminación locales. Lo que ha permitido a los países de la OCDE poner cara de alumnos aplicados y lucir reducciones de emisiones que en realidad han exportado a los países de donde importamos la producción que genera esas emisiones. Un estudio señala que las emisiones del Reino Unido, en realidad no han bajado un 18% (con respecto al 1990) sino que habrían subido un 20% si se le atribuyen las emisiones ligadas a sus importaciones, la mayoría provenientes de China.

Por eso se plantea la necesidad de atribuir a cada país las emisiones de GEI “consumidas” en vez de las realmente emitidas desde su territorio. Pero eso implica una dificultad adicional insalvable antes de la COP de París. Bastante haremos si conseguimos que China convence al grupo de países llamado G77, una coalición de 133 países entre los que están casi todos los en vía de desarrollo, de plantearse políticas que permitan controlar el aumento de la temperatura.

China ha hecho ya una contribución importante al anunciar que sus emisiones alcanzarían el pico máximo en el 2030 y disminuirían después. China ya no es el ogro que devoraba los recursos del planeta sin ningún respeto por los equilibrios climáticos , que es como quedo conformada su imagen caricatural en la COP de Copenhague. Hoy esta buscando un nuevo modelo de desarrollo que pasa por dos grandes transformaciones : más sobriedad energética y más distribución de renta que permita basar el crecimiento en el consumo y menos en la inversión. Para ello, entre otras muchas trasformaciones que afectaran a la economía mundial, China va a poner en marcha el mayor mercado del carbono del mundo , calcado sobre el que funciona (más mal que bien ) en la UE desde el 2005, y lanza un impresionante plan de desarrollo de las energías renovables.

Lo que ocurra esta por escribir. Pero hace bien el presidente Hollande, cuyo país asumirá la presidencia de la COP21, de visitar en estos días Pekín. Allí esta la llave de que la conferencia de París sea un éxito o un nuevo fracaso que Hollande no se puede permitir. Tendrá que conseguir una síntesis entre la posición europea, favorable a un sistema de revisión quinquenal y a un acuerdo jurídicamente vinculante, y el rechazo chino a de todo sistema coercitivo que imponga obligaciones cuantificadas y verificables.

Pero lo que es seguro es que habrá que revisar al alza los compromisos presentados hasta ahora y resumidos en ese informe del 30 de octubre pasado. No son suficientes para evitar que la COP de Paris sea un nuevo fracaso como fue el de Copenhague en el 2009. No es solo Hollande, por razones de imagen política personal, es toda la humanidad, por razones de supervivencia, quien no se lo puede permitir.