Carta de París. Europa ante el drama de los refugiados

De nuevo en París para asistir al Comité de Orientación de la Fundación Jacques Delors Notre Europe. Una excelente oportunidad para compartir análisis con personalidades que acumulan una enorme experiencia en los asuntos europeos. En la cena, el orador de honor, el guest speaker como dicen los anglosajones, es Joshka Fisher, el que fue líder de los verdes alemanes y ministro de Asuntos Exteriores en los gobiernos de coalición con la socialdemocracia de Schröder.

De eso hace ya 10 años y el tiempo no ha pasado en balde. Pero Fisher conserva la capacidad de análisis político y también la astucia dialéctica del que no quiere entrar en los temas que no le interesan. Le pido que profundice en su advertencia de que Alemania no debería utilizar el euro como instrumento de reeducación económica de los países del sur. Pero no fue más lejos en ese tema. El objeto central de los debates fue el problema de los demandantes de asilo que se dirigen hacia la apacible Europa desde el conflictivo Oriente.

Fisher bromea diciendo que nunca pensó que tuviera que defender a la Señora Merkel en París, frente a las críticas que ha recibido del gobierno francés, y también de su propio partido en Alemania, por sus decisiones ante la avalancha de refugiados que se agolpaban en las fronteras de Alemania.

Fisher argumenta que no es cierto que sus decisiones fuesen una invitación a que viniesen los refugiados, ese efecto llamada tantas veces utilizado contra las políticas aperturistas en materia de emigración y asilo. Los refugiados estaban ya allí, en Budapest. Y lo que Merkel hizo fue evitar una tragedia humanitaria. El acuerdo de Dublín, según el cual los demandantes de asilo tienen que hacerlo en el primer país europeo en el que ponen el pie, no fue anulado por la voluntad de Merkel, fue invalidado por los masivos flujos de refugiados que han emprendido un largo camino para llegar a donde quieren ir, teniendo para ello que atravesar otros países donde no se quieren quedar ni quieren que se queden.

Tiene razón Fisher cuando dice que el acuerdo de Dublín en el fondo era un mal trato que los países del norte y del centro impusieron a los del sur. Y que Grecia no puede hacer frente a la avalancha de gente que huye de la guerra en Siria y la desestabilización de Irak, que son el equivalente para los musulmanes de lo que fue para los europeos la guerra de los 30 años.

Enrico Letta, el que fue el primer ministro italiano que fue defenestrado por Renzi, recuerda que Italia ha estado implorando ayuda desde hace años y que la UE no se la ha concedido, o lo ha hecho con cuentagotas y solo cuando la intensidad del drama impactaba en las conciencias de los telespectadores.

Cuando en el 2012 su gobierno pidió ayuda ante los primeros grandes naufragios frente a Lampedussa la reacción se limitó a un par de líneas de condolencia en las resoluciones del Consejo Europeo. Hizo falta que el número de muertos alcanzase proporciones insoportables y concentrados en el tiempo, para que se empezase a aceptar que aquello era un problema que requería la solidaridad europea, sin que el esfuerzo haya estado a la altura del problema.

Pero la actitud de la UE ha cambiado cuando los flujos que se dirigen hacia Europa han llegado a las fronteras de los países centrales sin tener que pasar por Italia. En el último año, el porcentaje de refugiados que entran en Alemania, Austria y Hungría se ha doblado, pasando del 25 al 50 % del total. Lo que ha hecho cambiar la actitud de esos países, y en particular la de Alemania, no ha sido la imagen del niño ahogado en una playa turca, devuelto por el mar en su intento de llegar a Grecia, sino el efecto directo sobre Alemania que tiene la avalancha de personas en sus fronteras.

Y hay que reconocer, como hacía Fischer en Paris, que la reacción de Merkel le honra como líder político y como gobernante de una Alemania que ha sido hasta ahora muy remisa a asumir liderazgo en Europa. De igual manera que es muy positiva la reacción de la sociedad civil alemana apoyando a los refugiados. También se han producido casos de rechazo y de xenofobia pero el balance es positivo. No sabemos el impacto que va a tener el problema de los refugiados en la política interior alemana. Pero sea lo que sea tendrá consecuencias sobre toda Europa. Lo que es seguro es que no va a desaparecer. Para ello habría que resolver sus causas. Al menos, como se reconocía en París, ahora los europeos somos conscientes de la gravedad del problema