Más integración política para Europa

En mi último artículo en estas páginas digitales expresaba mi temor de que la magnitud de los problemas a los que se enfrenta la UE le impida salir reforzada de su actual crisis, como siempre ha ocurrido en el pasado.

Los problemas del euro se han quedado por un momento ocultos por el de los refugiados, pero están lejos de resolverse. Dos de los grandes activos de la UE, la unión monetaria y la libre circulación de personas, están en cuestión. Y el abandono de algún país importante como el Reino Unido, plantea que ser miembro de la UE ya no sería algo adquirido para siempre, debilitando inevitablemente la dimensión política del proyecto.

Ante estos riesgos, y aunque sea difícil ser optimista sobre Europa, creo que es precisamente la dimensión política de la integración la que hay que reforzar, de lo contrario esos avances no perdurarán y volveremos a cerrar las fronteras nacionales en un repliegue identitario que no puede ser la solución, por mucho que a corto plazo parezca reconfortante para los espíritus y un alivio para los temores que despierta el mundo global.

Por ejemplo la crisis de los refugiados. Hemos visto como los 28 Estados miembros de la UE han estado discutiendo sobre cómo distribuirse 120.000 refugiados, cuando en realidad, solo en los 9 primeros meses de este año han cruzado el Mediterráneo un numero 3 veces superior. El plan del presidente Juncker no está a la altura de la actual crisis ni de la que está por venir. Casi 3.000 muertos en nuestras costas en lo que va de año, y 4,5 millones de sirios desplazados fuera de su país buscando quien les acoja, son cifras que ilustran la magnitud del drama al que Europa tendrá que hacer frente.

No hay acuerdo sobre cómo hacer frente a esta marea humana. Pero es poco creíble que los gobiernos europeos puedan llegar a deportar, o "repatriar", a una parte significativa de la misma. La canciller Merkel primero declaró que su país tenía una obligación histórica para absorber refugiados, antes de tener que dar marcha atrás ante las críticas. Hungría abrió sus fronteras, con la esperanza de que la marea humana siguiera hacia delante y no se quedaría en su territorio. Pero cuando vio que no era así, construyo a todo correr un muro para contenerlos. Los países de Europa del Este al principio se resistieron a recibir su parte de los 120.000, pero acabaron aceptándolo ante las presiones financieras de los países del Oeste, creando de paso una nueva división en la UE.

Esta crisis ha puesto en cuestión el Acuerdo de Schengen que hace posible el libre tránsito de las personas. Pero dada la incapacidad de los Estados participantes de ese acuerdo en controlar sus fronteras con países no pertenecientes a la UE, Alemania y otros miembros de Schengen han restablecido temporalmente los controles fronterizos. Voces muy influyentes piden ahora que esta decisión sea duradera, lo que implicaría la desaparición de Schengen. Y eso tendría un impacto económico muy negativo.

Para resolver el problema de la seguridad transfronteriza es imprescindible que los países europeos trabajen juntos. Más de lo que lo han hecho hasta ahora, si quieren evitar que las acciones unilaterales de algunos países produzcan desviaciones en los flujos de refugiados, trasladando el problema de un país a otro.

La creación de instituciones para mejorar la seguridad fronteriza y el reasentamiento de los refugiados requerirá que Europa de un paso más hacia la integración política, tomando decisiones al nivel de la UE y no en el nivel nacional. Es la única solución para resolver el problema, sabiendo que una competición para ver qué país es más capaz de poner más alambre de púas en su frontera no resuelve nada.

Algo parecido pasa con el euro. En mi anterior artículo decía que cada vez son más las voces que se preguntan por la pervivencia del euro, concebido como un instrumento al servicio de una prosperidad compartida y que habrá que escucharlas y analizarlas, porque no se puede defender la permanencia en el euro simplemente por los costes que tendría la ruptura.

Por ejemplo, a pesar de todos sus problemas, los griegos parecen convencidos de que es mejor seguir en el euro porque salir de él les provocaría una crisis financiera y económica muy grave. Pero tampoco los países acreedores, especialmente Alemania, Holanda y Finlandia, están satisfechos, porque temen que el euro acabe generando un sistema de trasferencias fiscales permanentes hacia los Estados del sur de Europa.

Entre las voces a las que antes me refería destaca la de J. Fisher que considera que “será un error peligroso, intentar utilizar el euro como un instrumento de reeducación económica del sur de Europa, y no solamente en el caso de Grecia”. Y europeístas convencidos, como Jean Pisani-Ferry, antiguo director de Bruegel, uno de los mejores think tank de Bruselas, reconoce que el euro no ha cumplido sus promesas y que “si fuésemos a hacerlo otra vez, tendríamos que hacerlo de otra manera”.

Es evidente que con el euro, las economías europeas, en vez de converger han divergido más que nunca. Y que en vez de crear la confianza mutua que impulsara la unión política ha creado una nueva división y una mayor desconfianza entre el norte y el sur de Europa. En el euro, el método Monnet de los pequeños pasos, que hasta entonces fue un motor eficaz de la construcción europea, no ha funcionado. Desde 1999 hasta el 20010, no se construyeron ninguna de las instituciones necesarias al buen funcionamiento del euro. En los trabajos de la Convención quedo claro que no había ninguna voluntad de hacerlo. Y solo lo hicimos cuando las urgencias de la crisis lo hicieron imprescindible.

El aumento de los euroescépticos es debido a que en algunos países estos comprenden mejor las preocupaciones de una parte importante de la población. Y a estas alturas debería ya estar claro es que no se puede pretender construir una unión monetaria con libertad de movimiento de los factores de producción y al mismo tiempo negarse a disponer de los mecanismos que permiten prevenir y corregir los desequilibrios que esos movimientos producen y hacer frente a situaciones de excepción que pueden afectar a uno de los miembros de la unión.

En otras uniones monetarias, estos desequilibrios también se producen, pero existen impuestos a nivel de la federación y trasferencias de recursos a través del presupuesto federal que contribuyen a corregir estos desequilibrios. Es lo que ocurre en los EE. UU y en la propia RFA, pero no en la eurozona.

De una forma u de otra, una mayor dosis de solidaridad institucionalizada y automática será imprescindible. Y ello exige más integración política. Este es el verdadero objetivo y desde esta perspectiva es como hay que juzgar la demanda de revisión de los Tratados que pide el Reino Unido para no salir de la UE. Si nos quedamos a mitad de camino iremos de crisis en crisis hasta que la Unión de los europeos se resquebraje por la fatiga de los ciudadanos o la desconfianza de los mercados.