El Papa verde

De nuevo he estado ausente muchas semanas de estas página digitales. Sirvan de excusa la intensidad con la que he seguido, a través de diversas actividades académicas y políticas, la crisis de Grecia, el proceso independentista (el process por antonomasia) en Catalunya, y las negociaciones preparatorias de la cumbre del clima en París. Al final resulta difícil encontrar tiempo para escribir sobre lo que vas aprendiendo sobre estos tres temas cruciales de nuestro tiempo, a nivel estatal, europeo y global.

Pero miento, en realidad he escrito mucho, muchísimo y contra reloj sobre uno de ellos. Acabo de mandar a imprenta el texto de un libro que lleva por título “Las cuentas y los cuentos de la independencia de Catalunya” que debe estar en las librerías a primeros de septiembre. Es mi contribución al debate de las próximas y atípicas elecciones autonómicas, en las que los catalanes están llamados a pronunciarse a favor o en contra de la independencia.

El objetivo del libro es analizar críticamente las razones que esgrimen Mas y Junqueras para exigir la secesión de Catalunya de España, o del Estado, como por mi tierra es obligado decir. Y, créanme, hay muchas razones para ser crítico. Más de las que ya sabía cuando empecé a escribirlo.

Lo que vaya a ocurrir en septiembre en Catalunya será muy importante para su futuro y el de España. Pero como ya he escrito mucho sobre este tema, no voy a dedicarle este artículo. Tiempo habrá en las próximas semanas. Tampoco les voy a contar más cosas de las que ya habrán leído sobre Grecia, aunque no deja de sorprenderme la popularidad que sigue teniendo Tsipras. Si es que no ha aumentado, a pesar de no haber conseguido gran cosa de sus acreedores y tener que hacer frente a una división en sus propias filas. En realidad, frente a la opinión pública de sus países, hay dos personajes que emergen de esta nueva tragedia griega: Tsipras y Schäuble en su papel de “duro” ante la sociedad alemana.

Pero entre el Grexit evitado y el Brexit por evitar, dejemos Europa para la reflexión veraniega y abordemos el tercer tema, el global, el del que menos se habla porque es el más lejano y distante: el calentamiento atmosférico y la forma de evitarlo. La canícula de estos días nos lo ha recordado un poco más de lo habitual, pero no lo suficiente como para que nos demos cuenta de que entre un aumento de 2 grados de la temperaturas media del globo, que ya no parece posible evitar, y uno de 4 grados, que es hacia lo que parece que nos dirigimos, hay la misma diferencia que entre la vida y la muerte.

En este tema nos ha salido un nuevo actor, tan potente como inesperado: el Papa. En efecto, después de su encíclica al respecto y de su gran reunión de la semana pasada con más de 60 alcaldes de grande ciudades como Nueva York, Sao Paulo y Teherán, y de muchas otras mucho más pequeñas, al Papa Francisco se le empieza a llamar el Papa verde por su compromiso con la conciencia ecológica de la humanidad.

Falta hace, porque las negociaciones para preparar la cumbre de Paris, la COP 21, no van bien. La presidencia francesa está bajo presión y, al mismo tiempo que el Papa se reunía con los alcaldes en una operación de abajo arriba, el ministro de Exteriores francés, L. Fabius, se reunía en París con unos 40 países para intentar relanzar las negociaciones de arriba abajo.

Oficialmente, solo queda una etapa intermedia antes de que se levante el telón, en París el 30 de noviembre, de la COP21. Esta etapa tendrá lugar entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre en Bonn, pero ya se sabe que no será suficiente y la presidencia francesa tendrá que convocar una pre-COP a mediados de septiembre para tratar de la financiación de las políticas contra el cambio climático, en particular las de la adaptación a sus consecuencias ya inevitables. Sería una buena idea que invitaran al Papa.

Hasta ahora, solo 47 de los 195 países que han firmado la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CCNUCC), han presentado sus compromisos para reducir las emisiones. Representan el 55 % del total de las del 2014, año en el que por primera vez, con los efectos recesivos de la crisis económica ayudando, han disminuido ligeramente. Y con lo que tenemos, estamos lejos de evitar superar los 2 grados de aumento de la temperatura.

Por eso tiene tanta importancia el compromiso del Papa “verde”. Aunque él rechaza ese calificativo y dice que su encíclica y su compromiso son más “sociales” que “verdes”. Y puede que tenga razón, porque ambas cosas están profundamente relacionadas, tanto como el ser humano lo está con su medio ambiente. Por esta relación, el daño infligido a la naturaleza corroe nuestro tejido social. Los problemas ecológicos lo sufren los más pobres, desde los cinturones marginales de las grandes ciudades a los países más vulnerables del área subsahariana del Pacifico. Ciertamente, el enfoque ecológico del Papa Francisco podría también convertirse en un enfoque social, para escuchar tanto el grito de la tierra como el grito de los pobres.

No es el primero que llama a reconocer la interdependencia de la naturaleza y la sociedad humana. Y a denunciar que la humanidad está causando la degradación del clima, el principal de los "bienes comunes" de la humanidad. Pero no deja de ser extraordinario que un Papa lo diga tan alto, tan fuerte y tan claro.

En sus palabras textuales: "El problema se agrava por... el uso intensivo de combustibles fósiles... la contaminación por dióxido de carbono aumenta la acidificación de los océanos y compromete la cadena alimentaria marina. Si continúan las tendencias actuales, este siglo puede presenciar un cambio climático extraordinario y una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos... [el cambio climático] representa uno de los principales desafíos que enfrenta la humanidad”.

El problema de equidad no se refiere solo a los pobre de hoy. Se plantea también en una dimensión intergeneracional. No hay que pensar solo en las necesidades inmediatas de hoy, sino en el mundo que estamos dejando a las generaciones futuras, a las que “podríamos estar dejando escombros, desolación, y suciedad,... la solidaridad intergeneracional no es opcional, es una cuestión básica de la justicia, ya que el mundo también pertenece a los que nos seguirán”.

Desde el punto de vista de las invocaciones morales, y el Papa tiene una gran autoridad en este terreno, no se puede pedir más. Pero para bajar de las musas al teatro hay que cambiar las formas de producir y consumir energía. Y para eso hay que desarrollar tecnologías eficientes de energías renovables y hacer que los que generan CO2, paguen el precio de la externalidad negativa que producen. Una externalidad grave, porque el carbón en la atmósfera no solo provoca el cambio climático que puede afectar gravemente a las vidas de mañana, sino que simplemente mata a las de hoy. El tabaco mata, decimos ya en los anuncios con los que prevenimos a los fumadores. Habría que decir, que el carbón también.

Y en este campo tampoco vamos bien. Nos lo advierte, ya no el Papa, sino la Agencia Internacional de la Energía y un reciente estudio del MIT. La inversión en energías renovables está disminuyendo, en buena medida debido a cambios regulatorios, además con efectos retroactivos en España. Si no se hace un esfuerzo muy grande en investigación y desarrollo, y si no se crea el marco en el cual inversores privados estén dispuestos a jugarse su capital para producir energía por fuentes no carbonadas, y no son penalizados retroactivamente por haberlo hecho, las palabras del Papa “verde” no habrán sido sino la voz del que predica en el desierto de los intereses dominantes.