Entre Atenas y Londres

El debate político en Europa, o mejor dicho en la UE, gira y se concentra entorno a lo que ocurre en el Reino Unido y Grecia. Entre el Grexit y el Brexit, la forma de llamar, respectivamente, a una posible salida de la Unión de esos países.

Se trata sin duda de dilemas importantes, pero, como muy bien ha dicho Martin Schultz en la recepción del premio Carlomagno, no son temas que afecten a la vida cotidiana de los europeos de los demás países. Y por tanto enmascaran el verdadero potencial de la UE como ente que les afecta, para bien o para mal, de forma determinante. Aunque no habría que minusvalorar las consecuencias que un Grexit desordenado y caótico tendría para el resto de la zona euro, lo cierto es que Grexit o Brexit nos parecen sobre todo problemas de los griegos o de los británicos.

Es inevitablemente que sea así, porque la UE no es una federación y cada Estado guarda unos amplios márgenes de decisión política, correspondientes a la soberanía que han conservado. Pero tampoco los resultados electorales son de importancia exclusivamente nacional. Los partidos antieuropeos de todo el continente se miran en los resultados del UKIP en el Reino Unido. Que no están nada mal, con un 13 % del voto, aunque con el sistema electoral británico eso se haya convertido en un solo diputado. Los liberales alemanes ponen su barba a remojar cuando ven el desastroso resultado de sus colegas británicos. Y que ni decir dice que los conservadores, es decir la derecha, de todos los países, empezando por el nuestro, echan las campanas al vuelo con al victoria sorpresa de Cameron. Y alguna razón tienen, porque ,después de la Alemania de Merkel, es el segundo gran país en el que los ciudadanos votan a favor de un partido que ha aplicado intensos recortes en el gasto publico y que se presentaba con un programa que proponía todavía más austeridad.

La primera consecuencia del resultado de las elecciones británicas será poner a Europa en el centro de la política. Ya influyó poderosamente en la campaña electoral, en la que se votaba también a favor o en contra de celebrar un referéndum sobre el Brexit. Hasta el punto, que se dice en Londres que los electores han preferido escoger el riesgo de salir de la UE al riesgo que para la economía significaba un gobierno laborista con propuestas keynesiano-redistributivas. Y que además hubiera tenido probablemente que gobernar en coalición o bajo la dependencia de los independentistas escoceses. Riesgo económico o riesgo europeo, así titulaba The Economist en su front page antes de las elecciones.

Cameron quizás no quiera salir de la UE. Tsipras tampoco lo quiere. Pero ha abierto la caja de Pandora con su promesa de un referéndum , a la que no podrá faltar. Su primera tarea será intentar de modificar la relación del Reino Unido con la UE, de forma que los británicos se sientan suficientemente cómodos dentro para no recurrir al Brexit. Tarea difícil. Primero porque no será fácil contentar a los británicos euroescépticos. Y segundo porque será más difícil todavía conseguir de los otros 27 Estados miembros modificaciones sustantivas en los Tratados. Como las que pondrían al Reino Unido fuera del esfuerzo común en los problemas de la emigración, la energía o las políticas exteriores necesarias para hacer frente a los nuevos riesgos geopolíticos. Con los laboristas, claramente opuestos al referéndum, hubiera en la practica una serie de acuerdos bilaterales entre el Reino Unido y los demás Estados. Con Cameron es todo una gran negociación europea la que se nos viene encima.

Quizás sea tan positivo como inevitable. Ya era hora de aclarar las cosas. Cuando el Reino Unido entró en la UE, se contrapuso el diseño de Jean Monnet de unión política, a pequeños pasos pero con ese fin ultimo, al de una gran zona de libre cambio desprovista de ambiciones políticas Y cuando cayó el Muro de Berlín, el Reino Unido se empleó a fondo para la ampliación y el big bang que permitió que los nuevos Estados entrasen rápidamente, sin esperar a desarrollar las instituciones creadas por el Tratado de Maastrich. Ello implicaba necesariamente retardar la unión política. Ahora, cuando se celebre el referéndum, todos los europeos sabremos hasta que punto se puede contar con el Reino Unido para dar mayores poderes al PE, para mantener y perfeccionar la libertad de movimiento de las personas, para luchar conjuntamente contra el terrorismo y también contra los paraísos fiscales y los excesos de la finanza.

Pero en el Reino Unido no van a tener un solo referéndum, sino dos. Uno sobre la salida de la UE y el otro sobre la permanencia de Escocia. Este ultimo es inevitable, después del espectacular triunfo de los independentistas escoceses, que han contribuido a cavar la tumba de los laboristas y a reclamar algo más que la alternancia entre los dos partidos de siempre, ese bipartidismo que parece contestado en todas partes. Lo demuestra el hecho de que una joven estudiante de 20 años haya ganado a un peso superpesado del laborismo como Douglas Alexander, shadow ministro de exteriores y director de la campaña laborista. Nos dicen que es la diputada más joven en Westminster desde 1667 .Y uno no puede por menos de sentir una sana envidia por un país que guarda esta clase de datos desde fecha tan temprana para la representación parlamentaria.

Pero no creo que los escoceses exijan celebrar su referéndum cuanto antes. No se pueden arriesgar a perderlo por segunda vez. Y no está claro que todos los que han votado por ellos en las legislativas votarían por la independencia. Preferirán que se plantee primero la cuestión europea. Porque si ganasen los partidarios del Brexit en el conjunto del país, aunque fuese por la mínima, y en Escocia hubiese una clara mayoría a favor de la permanencia en la UE, entonces el divorcio sería la única solución posible. Escocia se iría del Reino Unido para quedarse en Europa. Sería un cambio mayor en la geografía política europea, pero no hay que excluirlo. Y podría no ser el único, si no se llega cuanto antes a un acuerdo que evite el Grexit, que abriría la puerta a una posible reacción en cadena contraria a la mayor integración . Esa que nunca quiso el Reino Unido