Cementerio azul

El drama de la inmigración ilegal domina hoy la política europea. No es nada nuevo. Cada vez que el número de ahogados en el Mediterráneo rebasa un cierto umbral y la tragedia traspasa la barrera mediática, los líderes europeos se agitan tratando de encontrar en cumbre improvisadas en la urgencia, una respuesta coyuntural a un problema cada vez más estructural.

Y es lo que ha vuelto a ocurrir en la reunión del Consejo Europeo de este jueves 23 de abril. Una respuesta mínima de la que lo más concreto ha sido la decisión de triplicar los recursos de la operación Tritón de Frontex, para volver a los 9 millones de euros mensuales que costaba la operación Marenostrum promovida y financiada exclusivamente por el Gobierno italiano. Con ellos, en menos de un año, se efectuaron 600 salvamentos y se sacaron del mar a nada menos que a 120.300 náufragos. Son unas cifras que dan vértigo.

Pero el gobierno italiano la abandonó por su excesivo coste y por las críticas que recibía de algunos países europeos que pensaban que con una mayor protección, más grande sería la tentación para atreverse a intentar llegar a Italia desde Túnez o Libia.

Antes del Consejo, convocado por la presión de Renzi, todos los responsables políticos europeos han declarado lo mismo que en otras ocasiones: “esto no puede seguir así, Europa tiene que hacer algo, las mafias que organizan el tráfico de emigrantes ilegales son unos criminales, terroristas”, etc……

Todo suena a viejo y repetido, pero es cierto que Europa debería estar a la altura de su pretensión de ser a la vez una zona de riqueza material y portadora de valores éticos incompatibles con lo que está ocurriendo en sus costas mediterráneas.

Pero los hechos desmienten esta pretensión. La supresión de Marenostrum y su substitución por Tritón, muestra una grave negligencia por parte de los responsables políticos europeos. Algunos la han calificado incluso de negligencia criminal, porque era previsible que esa suspensión, ante la explosiva situación en el norte de África y Siria, iba a costar muchas vidas.

Tritón no se propone efectuar misiones de salvamento y además no tendría medios para ello, Sus medios navales y aéreos no pueden actuar a mas de 30 millas de las costas europeas, cuando, en realidad, si se quiere evitar los naufragios habría que imponer un cordón de vigilancia e interceptación marítima cerca de los puertos de salida, en aguas libias y tunecinas. Pero eso plantea problemas de mayor coste y de voluntad política

Reforzar los medios de Tritón está bien, pero no son “unos pocos barcos de más” los que van a cambiar la situación. Guste o no, hay que actuar más cerca de Libia, en la que el hundimiento del Estado, junto con la situación en Siria e Irak y la desestabilización yijadista, está provocando una oleada migratoria sin precedentes desde hace un siglo

Lo mismo ha ocurrido en otras ocasiones. Hay un pico de indignación y de exigencias de responsabilidad, pero poco se hace hasta la siguiente tragedia. Fíjense en el siguiente texto: “Los centenares de muertos y de desaparecidos nos recuerdan que el Mediterráneo es una olla a presión y que en su ribera sur hay millones de personas dispuestas a jugarse la vida para intentar llegar a El Dorado europeo . A sus ojos y desde su situación, lo sigue siendo a pesar de la crisis económica que sufre la eurozona, porque su situación es infinitamente peor”.

“Todos los días algunos mueren intentándolo. Solo cuando la cifra pasa de un cierto umbral crítico se convierte en noticia que turba nuestras conciencias al menos el tiempo de un par de telediarios .El Mediterráneo se ha convertido en un cementerio azul. Se calcula que son más de 18.000 los que en el yacen. Según Frontex, en lo que va de año lo han atravesado unos 30.000 inmigrantes hacia las costas de Italia o de Malta. El doble que el año pasado. Y a medida que la situación en África y Oriente Medio se siga pudriendo, serán muchos más”.

Este texto podría haber sido escrito hoy en referencia a los últimos 700, o quizás 900 ahogados al hundirse su frágil embarcación. Pero no. Es parte de un artículo con el mismo título que este, Cementerio Azul, que publiqué en la revista El Siglo en octubre del 2013, poco después de una tragedia parecida, aunque sólo con 280 víctimas, en las costas de la isla de Lampedusa. Tiene toda la actualidad porque poco o nada ha cambiado desde entonces. Si acaso lo que ha cambiado es la gravedad del problema y la creciente desproporción entre el número de personas que intentan la travesía y los que mueren en el empeño

Hace años, siendo presidente del Parlamento Europeo estuve en Lampedusa visitando el centro de “retención “de los inmigrantes ilegales que allí llegan. La UE ayudo a reformarlo y ampliarlo. Dimensionado para acoger 250 personas, antes de la aquella tragedia rebosaba con más de 1.000. Y ahora ya muchos más. El gobierno italiano no sabe dónde poner a los sobrevivientes. Y ni siquiera en los cementerios de Sicilia hay sitio suficiente para los muertos que no yacen en el fondo del mar.

Recuerdo que en aquella ocasión se pretendió que los sobrevivientes de Lampedusa fueran juzgados acusados del delito de inmigración ilegal. Porque en Italia la inmigración ilegal, y quienes les socorran, estaba tipificada como delito por la Ley Bossi (jefe de la xenófoba Liga Norte)-Fini (jefe de los postfascistas de Alianza Nacional), votada en el 2002 en pleno berlusconismo y reforzada en el 2009 cuando la primavera árabe lleno Lampedusa de inmigrantes tunecinos

Aquel drama puso la Ley Bossi-Fini en cuestión. Pero Europa ha permanecido inmóvil frente al problema de los flujos de inmigrantes cada vez más numerosos y cada vez más desesperados. Tendrá que acabar tomándose en serio lo que ocurre en el Mediterráneo. Pero no solo en el Mediterráneo. Las fronteras del sur y del este de la UE forman un sistema que concentra la presión sobre las rutas de acceso en función de su grado de apertura. A medida que se han cerrado por tierra las de Grecia y Bulgaria con Turquía y a medida que Libia se ha convertido en un territorio sin ley y la presión del África subsahariana ha ido creciendo, las costas del sur de Italia se han convertido en el punto crítico del sistema.

En estas condiciones, más inmigrantes, desde luego, van a llegar. La Unión Europea, es una zona de estabilidad política y de bienestar material sin común medida con el infierno del que escapan esos inmigrantes, y ejerce sobre ellos un inevitable efecto llamada. En el 2008, la inmigración ilegal a las puertas de la UE se estimaba en 80.000 personas. En el 2014 alcanzó la cifra record de 240.000. Y los 3.200 muertos en el mar fueron también un record que este año vamos camino de superar. Sumen a las 700 víctimas recientes, las 400 de una tragedia parecida ocurrida el anterior domingo 12 de abril y las de otras de menor cuantía y estamos ya en los 1.500 muertos en lo que va de año.

No hay soluciones milagrosas ni rápidas, porque como decía, estamos ante un grave problema estructural que no se puede resolver con parches coyunturales. Es imprescindible una política de emigración, de asilo y refugio común. Hace ya más de 10 años que el Consejo Europeo en Tempere, Finlandia, proclamó la urgencia de esa política común. Más recientemente ha sido una de las diez prioridades enunciadas por la Comisión Juncker. Ahora se reconoce como la emergencia principal. Pero Bruselas depende de la buena voluntad de los Estados: sin voluntad política y sin recursos financieros, sólo quedarán, de nuevo, las palabras huecas ante el cementerio azul.