Recuperación, dinero fácil y euro débil

Mientras los “hombre de negro” de la Troika vuelven a Atenas con otro nombre, el escenario económico-monetario europeo está cambiado radicalmente gracias a la puesta en práctica, el pasado lunes 9 de marzo, del QE del BCE.

De momento el dinero fácil con el que el BCE está inundando de liquidez los mercados ha provocado un subidón en las bolsas europeas que están, con excepciones, en sus niveles máximos desde 2008. Relanzar la especulación bancaria ha sido el primer efecto del programa de compra de títulos por más de 1.000 millones de euros anunciado por Draghi a finales de enero. Pero está por ver que la caída de los tipos de interés que ese plan debe producir, impulse la economía real, aumente la inversión y disminuya el paro. Buena falta haría, porque la inversión en Europa está todavía un 15 % por debajo de su nivel del 2007.

Al BCE no le quedaban ya más armas para enfrentarse a la deflación, y no le vamos a criticar por aplicar una política largo tiempo demandada, pero mientras la renta disponible de la gran mayoría de la población no aumente, el efecto de arrastre de la política monetaria puede ser muy limitado. Aunque las empresas se puedan endeudar a tipos muy bajos, mientras no haya un aumento de la demanda que lo justifique no van a invertir y emplear para aumentar su producción.

Por eso muchas voces alertan del riesgo de que el primer efecto de esa política monetaria sea hinchar nuevas burbujas especulativas. Un relanzamiento de la demanda por medios de política fiscal hubiera sido más eficiente y socialmente más equitativa. Pero esto sigue siendo imposible en Europa. A pesar de que hay signos de que esa política de austeridad a ultranza empieza a relajarse, como lo prueban los dos años de margen adicional concedidos a Francia e Italia para que cumplan con sus objetivos de reducción del déficit, y las medidas de flexibilización que el comisario Moscovici ha presentado al PE. Hasta el punto de que muchos creen que el Tratado que reforzaba las medidas de disciplina presupuestaria, el llamado “fiscal compact”, está en la práctica muerto, aunque nadie lo vaya a reconocer.

En todo caso, muchas cosas han cambiado. Los tipos de interés nunca han estado tan bajos en la eurozona y el euro se dirige a toda velocidad a la paridad con el dólar. A 1,0532 $, está en el punto más bajo de los últimos 12 años, habiendo caído ya por debajo de su tipo de cambio inicial. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES), creado para ayudar a los Estados en dificultad, se está financiando en los mercados a tipos de interés negativos. Pedía 3.000 millones a los mercados y estos le han ofrecido 9.000 al -0.07 % de interés. ¡¡Un mundo extraño este en el que los detentadores de capital se pelean para colocarlo perdiendo dinero…!! Y extraño también cuando el Bundesbank se va a convertir en el primer comprador de Deuda pública alemana…

Todos estos cambios comparten el mismo origen: el QE del BCE. Por supuesto hay otros factores que son ajenos a la voluntad de las instituciones europeas, como la buena salud de la economía americana, muy superior a la nuestra, que empuja al alza el dólar. Si los diferenciales de crecimiento entre las dos orillas del Atlántico continúan, algunos opinan que el euro estará a 0,85 $ a finales del 2016. La zona euro, que tiene ya un elevado excedente de ahorro y va a producir importantes salidas de capital buscando activos más remuneradores. La liquidez que el BCE va a dar a las instituciones financieras europeas puede acabar en obligaciones americanas, canadienses o de los países emergentes.

Por otra parte, el dinero fácil del BCE, que dadas las circunstancias bienvenido sea, desconectará la esfera financiera de la economía de su esfera real, dando una ilusión de recuperación que se asienta sobre bases débiles.

Y esto en particular es lo que nos pasa aquí en España. El optimismo del Gobierno, con su 2,4 % de crecimiento previsto para este año, después del 1,4 % del 2014, parece anunciar un nuevo milagro español. Como cuando éramos la envidia de Europa, cabalgando sobre la burbuja inmobiliaria de antes de la crisis. Es desde luego una previsión muy alta, comparada, por ejemplo, con la situación de nuestra vecina Francia. ¿Pero cuáles son sus bases reales?

La devaluación interna aplicada después del estallido de la burbuja y del inicio de la crisis del euro, ha reducido el coste del trabajo y aumentado nuestra competitividad-precio exterior. Si queremos reconocer algunos aspectos positivos, hay que señalar que, según UNCTAD, España fue en el 2013 el primer país destinatario de inversión extranjera directa (IDE), con 39.000 millones de euros. Y las exportaciones, aunque disminuyeron su ritmo, acabaron el 2014 con un nuevo récord de 240.000 millones de euros. Hoy representan el 34 % del PIB versus el 25 % de antes de la crisis.

Pero, al mismo tiempo, hemos reducido tanto nuestro gasto en educación y en I&D, que hemos debilitado nuestras bases de crecimiento futuro. Nuestra recuperación se corresponde con un modelo de país lowcost, una denominación que empieza ya a consagrarse en los análisis que se hacen de la economía española post-crisis. Y este lowcost tiene límites porque no es así como podremos competir de forma duradera con los países de Europa del Este y con los países emergentes. Y además, lógicamente, los trabajadores exigirán su parte del pastel mediante aumentos salariales a medida que la recuperación se afiance. Y eso sería bueno para recuperar la demanda interior.

Por otra parte, los contratos temporales continúan representando el 30 % del empleo y el tiempo parcial no deseado sigue aumentando. Así es difícil que crezca la productividad, que es la verdadera base de un crecimiento sostenido. La productividad creció durante la crisis, pero lo hizo de forma mecánica como consecuencia de la caída del empleo. En cambio ahora vuelve a decrecer, el -0,4 % en el 2014. Y los nuevos empleos se han concentrado en los sectores de bajo valor añadido, como el turismo.

Esto muestra que el modelo lowcost nos impide repensar nuestra economía hacia un modelo de mayor valor añadido. Un buen ejemplo de ello es la reforma energética, que ha cercenado las perspectivas de desarrollo de un sector tecnológico en el que teníamos una carrera de adelanto. La inversión en I&D ha caído desde el 1,35 % del PIB en el 2009, ya muy baja, al 1,24 en el 2013. Hemos reducido los gastos en educación en todas las partidas, incluida la de las becas Erasmus.

Hemos reducido algo nuestros déficits contables, lo que sin duda era necesario, pero a costa de crear un gran déficit de futuro. El dinero fácil del BCE y la caída del euro, largo tiempo demandada, nos puede dar un respiro para reorientar la incipiente recuperación. La que tenemos es desequilibrada, de mala calidad social y temporalmente incierta. Ya tuvimos algo parecido en el 2011 hasta que se retiraron los estímulos fiscales que la habían provocado.