Sobre el acuerdo entre Grecia y la UE

Decía en mi anterior crónica, que el acuerdo del 20 de febrero entre Grecia y el Eurogrupo, que prolonga por cuatro meses el plan de ayuda de la UE, del BCE y del FMI, la hasta ahora denominada “troika”, ha evitado males mayores para todos y que sería interesante analizar cuánto y en qué han cedido las partes para llegar a ese acuerdo.

El tema ha ganado en interés por al menos dos razones. Porque dicho acuerdo ha sido en general presentado como una total derrota del nuevo Gobierno griego, que habría tenido que desdecirse de su fantasioso programa electoral y plegarse a las exigencias de sus acreedores sin obtener nada a cambio. Y porque ha producido un encontronazo con los gobiernos español y portugués, al acusar Tsipras a Rajoy de haber dificultado las negociaciones y buscar la caída de su Gobierno.
Aunque esas acusaciones estén fuera de lugar en las relaciones entre los gobiernos europeos, la reacción del Gobierno español ha sido en exceso epidérmica, llegando a pedir el “amparo” de la Comisión Europea, como si estuviésemos ante una incorrección verbal en un debate parlamentario. Esas cosas hay que tomárselas con más flema habrán pensado en Bruselas.

Pero más allá de la oportunidad política de este tipo de ataques entre líderes europeos, es objetivamente cierto que Alemania, España, Portugal y Finlandia han sido los países que más exigentes se han mostrado con Grecia durante las negociaciones. Y ha sido así por comprensibles razones de política interior, cada vez más influenciada por la política europea. En España para no dar alas a Podemos, en Finlandia para no dar razones a la extrema derecha antieuropeista, en Portugal para no parecer que otros han conseguido un mejor trato, y en Alemania para atender a una opinión pública fuertemente contraria a las ayudas a los “perezosos” mediterráneos.

La opinión pública alemana sigue estando en contra de la ayuda a los “perezosos“ del sur y ,según las ultimas encuestas, solo el 21 % de los alemanes aprueba esa extensión del plan de ayuda a Grecia. Lo que explicaría la posición radical y el lenguaje público anti griego, que también merecería calificarse de “populista”, del ministro de Hacienda alemán Schäuble. Durante el voto en el Bundestag, que aprobó la extensión del plan por 542 votos a favor y 32 en contra, no se privó de acusar a los griegos de abusar de un Estado del bienestar superior al de otros países europeos.

Quizás no sea el Sr. Schäuble, que 15 años atrás tuvo que dimitir por estar involucrado en la financiación ilegal de su partido, el más adecuado para dar lecciones de moral. Aunque ya sabemos que, visto lo visto, esos pecadillos no se sancionan demasiado en las laboriosas y responsables democracias europeas. Y puestos a comentar los ataques personales, no tiene mucho sentido criticar los supuestos desacuerdos de la pareja Tsipras/Varoufakis, cuando Schäuble y su colega de Economía, el socialdemócrata Gabriel han discrepado públicamente, el uno declarando inaceptable el plan griego mientras el otro lo consideraba una buena base de discusión. Gabriel ha recordado que desde la crisis el gasto público en gracia ha disminuido un 24 %, y se preguntaba que habría pasado si ello hubiese ocurrido en Alemania.

Parece que al final ha sido la propia Canciller Merkel la que ha pasado por encima de la obstinación de su ministro para que el acuerdo se pudiese firmar. Sin ello se habría provocado una salida desordenada de Grecia del euro que hubiese costado muy cara precisamente a esos países que mas parecen haberse opuesto al acuerdo.

En Grecia la gran mayoría no quiere salir del euro, quizás porque son conscientes de los costes que tendría. Puede que los costes de quedarse sean todavía mayores y que al final no les quede más remedio que salir, como Giscard d’Estaing les recomendaba públicamente. Pero Tsipras no fue elegido para salir del euro sino para conseguir unas condiciones que les permitan quedarse sin que una exagerada austeridad no sea una medicina mortal para su economía y su sociedad. Y eso, en mi opinión, lo puede conseguir mejor la rompedora pareja Tsipras/Varoufakis que el sumiso Samaras.

Pero no ha sido solo desde la derecha o los medios de prensa conservadores que el acuerdo se ha presentado como una humillante derrota de Tsipras. En Grecia también lo ha hecho el ala izquierda de Tsipras. Y en toda Europa, especialmente en España, muchos comentaristas emparentados con los partidos socialdemócratas.

La batalla de cifras, conceptos, imágenes y valores, que de todo hay en la interpretación del acuerdo, muestra que de lo que se trataba no era solo de un problema entre deudores y acreedores, sino también o incluso mas, del crédito político de Syriza entre sus electores griegos y de los partidos llamados “populistas” o de izquierda radical ,entre los electores europeos.

Cierto que si se compara el programa electoral de Syriza y las reformas que el Gobierno griego propuso al Eurogrupo para llegar a un acuerdo, la diferencia es enorme. Pero no será la primera vez que un gobierno se hace elegir con un programa inaplicable… Y en todo caso no es el Sr. Rajoy, el más adecuado para reprochárselo, recuerden sus promesas de no subir el IVA ni los demás impuestos, no financiar con dinero público los bancos en crisis, no recortar la Sanidad ni la Educación, etc… O al Gobierno francés y su promesa de invertir la curva de un paro que no deja de crecer.

Pero a pesar de todas las dificultades y de una huida de depósitos bancarios que no le dejaban margen de maniobra, el acuerdo no es, como se ha presentado, una rendición. Ya no se fija un objetivo cuantificado del 3 % este año y del 4,5 % para el próximo para el superávit primario (antes del pago de intereses) como exigía Schäuble, y solo se habla de un superávit “apropiado” que tenga en cuenta las “circunstancias económicas”, es decir de la situación real de la economía griega. Una ambigüedad calculada que abre un margen de maniobra. Donde Samaras estaba al pie del muro, Tsipras ha ganado tiempo. Y las medidas de ayuda a los griegos más pobres, a las familias sin calefacción (300.000 no tienen electricidad), la distribución de cupones de alimentos, y ayudas al alquiler, también se han salvado, aunque tengan que tener un impacto presupuestario neutro.

Lo que será un incentivo para la lucha contra el fraude fiscal, que es la parte más importante de los compromisos que Tsipras asume. Pretende conseguir en el corto plazo 7 500 millones, 1/3 aumentando los impuestos a los más ricos, 1/3 por mejor gestión y 1/3 por la lucha contra el contrabando de tabaco y petróleo. Construir un sistema fiscal legitimado y respetado, que es la madre de todas las reformas estructurales que Grecia necesita, mejor confiar en Syriza, sabemos que los demás no lo han conseguido.

El nuevo Gobierno griego se compromete a no cuestionar las privatizaciones ya efectuadas o en curso. El incremento del salario mínimo se retrasa sin fecha. Pero se restablecen las negociaciones colectivas, que se habían suprimido progresivamente durante la crisis. Y no hay rastro en el documento firmado de las nuevas medidas de austeridad que se habían exigido a Samaras a finales del 2014, una buena manera de ayudarle a ganar las elecciones… Al menos de esa vuelta de tuerca adicional en las medidas de austeridad ya no se habla. Sobre la reforma de las pensiones hay mucha ambigüedad, con razón se quejaba de ello la Sra. Lagarde y el Sr. Draghi.

Ahora hay por delante dos meses para precisar esas medidas, y quizás para empezar a negociar un tercer plan de ayuda, como de forma demasiado prematura e imprudente ha anunciado ya nuestro ministro de Economía, quizás por aquello de donde las dan las toma.

Las espadas siguen pues en alto. Pero Tsipras ha ganado tiempo, un tiempo precioso, y esperemos que se haya también acabado la retirada de depósitos de los bancos griegos, que es el verdadero talón de Aquiles de su Gobierno.

Políticamente, tampoco es despreciable que para la opinión pública griega, su Gobierno ha recuperado un cierto control en el planteamiento de las reformas que debe acometer. Vuelve a ser un sujeto activo para el futuro de su país y ha dejado de parecer como la víctima pasiva de una troika todopoderosa. Por algo será que el apoyo a Tsipras ha aumentado hasta el 75 %, el doble casi del porcentaje del voto que obtuvo en las elecciones.

Desde una perspectiva más amplia, el acuerdo es otro símbolo de un cierto cambio en el enfoque de la política económica en Europa. La austeridad mortífera como la forma de resolver los déficits públicos empieza a retroceder en Europa. Los que han combatido esos excesos de austeridad no deberían criticar en exceso los resultados obtenidos por Grecia en una desigual negociación con Bruselas-Berlín.