Una semana europea

La pasada semana del 22 al 29 de enero ha sido intensa en acontecimientos en la UE. El jueves 22, el presidente del BCE anunciaba la puesta en aplicación de un ambicioso programa de activos públicos y privados (¡¡por fin el QE europeo!!), el domingo 25 el partido llamado de izquierda radical Syriza ganaba las elecciones en Grecia con su programa anti-austeridad, el martes 27 se conmemoraba el 70 aniversario de la liberación de Austwitch, y el jueves 29 el nuevo gobierno griego enseñaba los dientes a Bruselas al vetar la adopción de nuevas sanciones contra Rusia.

Todos esos acontecimientos están relacionados, práctica o simbólicamente. El QE de Draghi puede interpretarse como un amortiguador de la anunciada victoria de Alexis Tsipras. Su primera toma de posición en las decisiones comunitarias muestra que Grecia tiene algunas armas en su mano a la hora de renegociar su deuda. Y el recuerdo del horror de la guerra debería invitar a no poner en peligro el proceso de la integración europeo y a evitar una salida forzada de Grecia del euro.

Como decía en mi artículo previo a las elecciones (“Vísperas griegas”), cualquiera que fuese a ser el nuevo gobierno griego habrá que llegar a una solución negociada para reestructurar su deuda e impulsar su economía. Pero esta necesidad económica, que defienden muchos economistas de prestigio, será difícil de aplicar porque algunos teman que ceder a las pretensiones de Syriza abriría la vía a los populismos en Europa, especialmente en España. Pero no es menos cierto que si fracasan las negociaciones entre Bruselas-Berlín y el nuevo Gobierno griego, se estará alimentando a los partidos de derechas o de izquierdas, según los países, que se oponen a la UE.

El recuerdo de Austwich debiera servir para entender que todos los esfuerzos para preservar la integración europea son pocos. Hace 10 años, en enero del 2005, estaba en Austwitch como Presidente del Parlamento Europeo en la ceremonia que conmemoraba los 65 años de la liberación de ese campo de concentración y exterminio. Recuerdo el viento helado, con varios grados bajo cero, que soplaba sobre esa vivencia emocionante.

Pensaba entonces, y pienso ahora mientras Merkel y otros dirigentes europeos han vuelto a Austwich, ¿cómo fue aquello posible? ¿Cómo pudo ocurrir, hace tan poco, en el corazón de la civilizada Europa, que unos seres humanos cultos y educados, exterminaran a sus vecinos por la culpa de pertenecer a una “raza” supuestamente maldita? Nos puede parecer increíble, pero ocurrió. Y conviene no olvidarlo para evitar que vuelva a ocurrir. Ahora nos parece imposible que Europa vuelva a ser destruida por otra guerra entre europeos. Y, en este sentido, el proceso de integración europea ha cumplido con su objetivo histórico. Tanto, que la paz parece tan consolidada entre nosotros que ya no es un elemento movilizador para las nuevas generaciones.

Pero es más fácil de lo que parece, soplar sobre las brasas de un fuego que se creía apagado para volver a provocar un incendio. En la ex-Yugoslavia, hace bien poco, a una hora de vuelo de Roma o Viena, volvió a ocurrir, a pequeña escala, el mismo horror que en la última guerra civil entre europeos. Y sin la Unión Europea, que ha tejido lazos de solidaridad y compromisos entre los enemigos de ayer, el brasero yugoeslavo hubiera podido extender su fuego al resto del continente, como ya ocurrió una vez.

Recordando a Austwich y ante la actual situación de la UE, me vienen a la memoria las palabras de Joshua Fisher, exministro “verde” de Exteriores de Alemania en los gobiernos de coalición de Schroeder, temiendo que Alemania, “por tercera vez, y esta vez con las mejores intenciones, volviera a destruir Europa… Los griegos son por supuesto responsables de sus errores, que son muchos, y de la incapacidad de sus gobiernos a lo largo de 40 años de alternancia bipartidista a la que ahora ha puesto fin la victoria de Tsipras. Pero la Historia se preguntará como pudo ser que la crisis fiscal de un pequeño país, que pesa menos del 3 % del PIB de la zona euro, se haya convertido en una crisis del conjunto de la unión monetaria y en una crisis existencial de la unión europea.

Ha sido debido a numerosos errores sobre la naturaleza de la crisis y las políticas aplicadas para hacerle frente, que cinco años después del inicio de la crisis griega, son un completo fracaso, como reconoce el propio FMI.

Habrá que ver si Tsipras tiene los medios de su ambición a la hora de aplicar su programa, lo que ya ha empezado a hacer aumentando el número de funcionarios, especialmente en el sector sanitario destrozado por los recortes, el salario mínimo y las pensiones. Pero todo dependerá de la marcha de las negociaciones que ya ha solicitado abrir para reestructurar su Deuda. Y de la confianza o desconfianza que estas medidas despierten en la población griega y en los mercados financieros.

Entre los propios griegos, primero. Al aumentar las rentas y el empleo público, el gobierno pretende relanzar la demanda y la actividad. Pero si los ciudadanos no confían en que las cosas vayan a ir mejor, pueden preferir guardar ese surplus de renta y entonces las medidas del gobierno no habrán servido sino para aumentar el déficit. Es el clásico dilema que se plantea ante cada expansión fiscal.

También dependerá de si se produce o no una fuga de capitales ante el temor de una salida forzada del euro. En una reciente cena en Atenas, la broma con mis amigos era preguntar quién no había retirado parte de sus depósitos bancarios para llevarlos a Alemania o ponerlos bajo el colchón. Deben ser muchos, porque el nivel de depósitos bancarios ha caído al del 2012, cuando Draghi tuvo que decir su abrakadabra particular, aquello de que iba a hacer todo lo que hiciese falta para salvar el euro. Y parece que lo está haciendo…

Los mercados financieros europeos por el momento no han reaccionado al resultado de las elecciones griegas. El acontecimiento estaba ya descontado, aunque el triunfo de Tsipras haya sido mayor de lo esperado. Y además, los mercados están eufóricos con el anuncio del QE del BCE y la expansión de su política monetaria. Al garantizar la inyección de liquidez en la economía europea, el BCE neutraliza el temor a las consecuencias de una salida del euro y al caos que ello podría generar.

Mientras esperamos que eso no ocurra, es interesante considerar algunos aspectos del QE anunciado por Draghi, que sin duda será reconocido por su capacidad de acción, dentro de sus limitaciones, y por su habilidad comunicativa frente a los mercados, que dicen que es la mayor cualidad de un banquero central. El BCE, aunque no pueda ser el prestamista de última instancia que son los Bancos Centrales, se consagra definitivamente como el último recurso de la política económica europea. Se puede decir que llega tarde y que no es suficiente, pero los 60.000 millones al mes hasta septiembre del 2016 como mínimo, y la posibilidad de prolongar las compras si la inflación no se acerca al objetivo del 2 %, han sido más de lo esperado.

Por otra parte, los rumores acerca de la exclusión de los títulos griegos, no se han confirmado. El BCE podrá seguir comprándolos, aunque no antes del verano. La razón es que el BCE no puede tener en su balance más de 1/3 de la Deuda de un país, lo que ya ocurre con Grecia. A partir del momento de que una parte de esta Deuda vieja haya sido reembolsada, lo que debería ocurrir en julio, el BCE podrá volver a comprar Deuda griega. Esta disposición habrá contribuido mucho a la tranquilidad de los mercados.

Draghi ha tenido que pagar un precio para lanzar su programa. Y este es la muy limitada mutualizacion del riesgo entre países. Para obtener el acuerdo alemán, se ha aceptado que el 80 % de los títulos de deuda pública de cada país que se compren a través del QE, quedaran en el balance del Banco Central de ese país. En caso de problemas, cada país deberá recapitalizar su Banco Central.

Ello implica un alto grado de fragmentación monetaria y el reconocimiento de una desconfianza sobre la solvencia de algunos miembros de la eurozona. Pero es lo que hay por el momento. Se trata de un compromiso entre Franckfurt y Berlín cuyo coste seguramente nadie es capaz de calcular, aunque este alimentando interesantes debates académicos. El QE fortalece a la moneda única y al mismo tiempo la debilita. Un tema interesante al que habrá que volver… observando de cerca lo que ocurre en Atenas.