De septiembre 2001 a enero 2015

Poco más de 14 años después de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre del 2001, el mundo occidental vuelve a sufrir un grave ataque del extremismo islámico. No tan grave, desde el punto de vista del número de víctimas o de la destrucción material, como lo fue la voladura de dos grandes rascacielos y sus centenares de víctimas.

Pero el asesinato de la redacción de Charlie Hebdo tiene toda la gravedad que le confiere su valor simbólico. Más que un ataque indiscriminado como en Nueva York, que trata de hacer cuantos más muertos mejor, poco importa cuales fuesen las víctimas, para los inspiradores y ejecutores de los asesinatos de los periodistas en París se trataba de un ajusticiamiento de personas muy concretas, condenadas a muerte por una fatwa. Como la que también condenó al escritor de origen hindú Salman Rushdie, hace ya más de 25 años, y también por haber criticado el Islam, esa vez mediante versos en vez de caricaturas.

Curiosamente, la fatwa contra Rushdie la dictó la República Islámica de Irán, que ahora ha condenado duramente los asesinatos de París. Una buena muestra de la trasformación del yihadismo, cuya violencia extrema ha pasado de ser una creación de organizaciones chiitas, como Hezbollah, en los años 80, a ser ejercida fundamentalmente por la rama sunita del Islam. Una trasformación larga y compleja que tiene mucho que ver con el apoyo occidental a los regímenes sunitas autocráticos del Golfo, o a las dictaduras laicas del Mediterráneo, desde Argelia a Egipto. Y por supuesto, a la invasión americana de Irak.

Esa gravedad es la que ha hecho decir, con razón, al presidente Hollande, que “Francia había sido golpeada en su corazón”. Y más precisamente, como añade el filosofo Edgar Morin, “en su corazón y en la naturaleza laica de su libertad”, precisamente por dirigirse contra una publicación irrespetuosa contra todas las formas de lo sagrado y con todas las religiones.

También como ha dicho Morin estos días, la emoción no debe paralizar nuestra razón e impedirnos analizar el porqué esas cosas ocurren, ni la razón debe atenuar la emoción que producen esos injustificables atentados contra la vida humana y la libertad de expresión. Recordemos que la historia de lo ocurrido viene de lejos. En septiembre del 2005 el periódico danés Jyllands-Posten publicaba una caricatura de Mahoma con el turbante en forma de bomba. Su autor fue acusado de blasfemo y amenazado de muerte. En febrero del 2006 varios periódicos europeos, entre los primeros Charlie Hebdo, publicaron esas caricaturas en solidaridad y en defensa de la libertad de expresión fuese esta satírica.

Entre octubre del 2005 y febrero del 2006 se producen manifestaciones, que generan varias decenas de muertos, y ataques a las embajadas europeas en varios países árabes. Lo recuerdo muy bien, yo era entonces Presidente del Parlamento Europeo y de la Asamblea Parlamentaria Euro-Mediterránea que se esforzaba en tender puentes entre las dos orillas. Hubo que hacer muchos esfuerzos diplomáticos para preservar esos puentes y hacer frente a la agitación del mundo musulmán, bien espoleada por algunos de sus regímenes que echaron toda la leña al fuego para distraer la atención de sus problemas interiores.

Si la crisis se apaciguó, en realidad nunca se apagó. En el 2008 se producía un atentado contra el dibujante danés y en el 2011 se incendian los locales de Charlie Hebdo. El hebdomadario insiste con nuevas sátiras sobre Mahoma y el dibujante Charb pasa a ser considerado como el enemigo público de Al-Qaeda. Aquí y allá, los manifestantes del mundo musulmán amenazan a los europeos con que nuestro 11 de septiembre va a llegar. La víspera de su asesinato, Charb publicaba una premonitoria viñeta en la que un yihadista anunciaba que pronto nos presentarían sus felicitaciones de Navidad en forma de un atentado.

Antes de su muerte, a los redactores de Charlie Hebdo se les había criticado por provocadores, tanto por las autoridades francesas como de otros países. En particular desde la izquierda francesa se les había acusado de islamofobia. Incluso Zapatero y Erdogan, en un artículo conjunto, defendían la libertad de expresión, pero advertían de sus límites y llamaban a la responsabilidad para no agredir sensibilidades y creencias. Muy probablemente, en EE.UU. Charlie Hebdo no hubiese podido publicar sus caricaturas, por considerarse una injuria racial o religiosa. Lo mismo de lo que fue acusado en Francia por las principales organizaciones musulmanas y absuelto por los Tribunales.

Recuerdo en aquellos días tensos de 2005 y 2007, el debate en el Parlamento Europeo sobre la libertad de expresión y la necesaria retención para no encender un barril de pólvora. ¿La libertad de expresión debe primar sobre cualquier otra consideración, como así lo estimaron los Tribunales franceses en la demanda contra Charlie Hebdo? ¿En nombre de esa libertad, se puede ofender la fe de unos creyentes degradando la imagen de sus líderes religiosos, en este caso el profeta Mahoma? ¿Se puede caricaturizar al Papa, al Arzobispo de Canterbury y a los rabinos, pero no a Mahoma? Citando de nuevo al filosofo Morin, que de esto entiende más que yo, se trata de una contradicción insuperable que cada cual interpreta según su sensibilidad, y las circunstancias del lugar y el momento histórico del que se trate.

Pero nada justifica el horror de esos asesinatos y menos aún su pretendido carácter de cumplimiento de una sentencia dictada por un tribunal religioso. Como decía Freud cuando quemaban sus libros, “en la Edad Media me hubieran quemado a mi”. En efecto, esos asesinos viven en la Edad Media y en vez de contestar a las caricaturas con caricaturas, matan a sus autores.

Así, la guerra, la guerra civil de Oriente Medio y las guerras internacionales en las que Occidente toma parte, desde Afganistán a Mali, ha irrumpido en el corazón de Francia, que es tanto como decir en el corazón de Europa. El riesgo de fragmentación de una sociedad que ha acogido a millones de inmigrantes musulmanes aumenta. La “unión nacional” que Francia ha querido mostrar en esas magnificas movilizaciones del 11 de enero, aunque debilitada por la ausencia del Frente Nacional, tendrá que durar para evitar la estigmatización de una parte importante de la población, que es más numerosa que la de origen judío. Y no olvidemos como los civilizados europeos, tan alejados de la Edad Media estilo yihad, tan recientemente estigmatizamos hasta la muerte a los judíos por el simple hecho de serlo.

La razón nos obliga a plantearnos muchas preguntas. ¿Por qué tantos jóvenes europeos, nacidos en países europeos, a veces miembros de una tercera generación de inmigrantes, o a veces europeos “de toda la vida”, se alistan en la yihad y se van a las guerras de Oriente Medio? ¿Basta la explicación que da mi antiguo colega del instituto de Florencia, el profesor Olivier Roy, diciendo que “los jóvenes de entonces, militábamos en la extrema izquierda, y esos jóvenes de hoy militan en la yihad?, porque representa la máxima contestación a un orden que no es capaz de integrarles”. Ninguna de esas especulaciones exime de condena y repulsa a esas atrocidades que, es cierto, nos golpean en el corazón de los valores de la sociedad europea. Pero, como dice el propio ministro francés de Exteriores, no nos las podemos ahorrar.

Los atentados de París han servido para que dejemos de preocuparnos por lo que puede pasar en Grecia, y de rebote en la Eurozona, dentro de unos días, cuando los griegos voten. Su voto tendrá consecuencias sobre todos nosotros. Una hipotética salida de Grecia del euro tendría un elevado coste para el resto de los países de la Eurozona. Y aunque Tsipras no quiere salir del euro, buena parte de las políticas que propone harían imposible su permanencia. ¿Debe eso limitar la libertad de los griegos de escoger a sus gobernantes? Ciertamente no, pero en este caso como en todos, hay que saber lo que se quiere y sobre todo lo que cuesta conseguirlo

Pero este es un tema para el siguiente artículo en estas páginas digitales.