¿Otra vez Grecia?

Más o menos por estas fechas se cumplen cinco años del inicio de la crisis del euro. Fue en Grecia. Después de ganar las elecciones en septiembre del 2009, Papandreu tuvo que reconocer que su país tenía un déficit publico tres veces superior al permitido por las normas del Pacto de Estabilidad. Y allí fue Troya. Los inversores que durante muchos años habían prestado dinero a Grecia al mismo tipo de interés que a Alemania, sin preocuparse de que el gobierno griego emitía sus bonos en una moneda que no controlaba, y que llegado el caso no podría devaluar , entraron en pánico.

El resto es de sobras conocido. Las políticas de austeridad aplicadas por todos los gobiernos, cualquiera que fuese su color político, han llevado a las económicas europeas al borde del precipicio. Se han hecho muchas reformas, pero insuficientes para retomar el crecimiento y evitar el actual riesgo de deflación. El objetivo fundamental de esas políticas era disminuir el endeudamiento, pero tampoco eso se ha conseguido y menos aún en Grecia cuya ratio de endeudamiento público se ha doblado. El de España, considerada hoy la alumna virtuosa de la Sra. Merkel, ha pasado del 40 % a casi el 100 %. Cualquiera que sea el punto de vista que se adopte, deuda, inflación, crecimiento, empleo, los resultados no son buenos. Y en este fin de año, el nerviosismo de los mercados financieros ha vuelto a reflejar los muchos temores con los que despiden el 2014 y anuncian una mayor volatilidad para el 2015.

Grecia esta entre estos temores. No se entiende muy bien porque el primer ministro Samaras ha decidido adelantar para este fin de año la elección del Presidente de la Republica. Qué más da, se puede pensar, a fin de cuentas ese cargo es puramente ceremonial en Grecia. Sí, pero si ningún candidato reúne suficientes votos, el gobierno está obligado a convocar elecciones legislativas para dentro de dos meses. De manera que podemos tener elecciones en Grecia en febrero/marzo, coincidiendo con el programado lanzamiento del QE por el BCE. Y aunque no sea así, y las elecciones griegas se retrasen unos meses, los mercados anticipan el triunfo de Syriza , lo que haría difícil la continuidad de Grecia en el euro.

Estas perspectivas son un buen aliciente para volver a considerar la forma en la que los europeos hemos gestionado una crisis que va camino de costarnos una década perdida, al estilo sudamericano o mejor japonés. Los gobiernos europeos han perdido el control de sus políticas monetarias y de cambio, que fueron supra nacionalizadas explícitamente, y conscientemente (aunque quizá la conciencia de las consecuencias de esa decisión no estaba tan clara). Y han limitado mucho el de sus políticas fiscales e industriales. Y con los recientes elementos añadidos a la arquitectura del euro, más todavía. Sin armonización, se han hecho la competencia fiscal y social entre ellos. Y con la crisis se han visto empujados a buscar la competitividad en el corto plazo disminuyendo los costes laborales unitarios. Para ello han bajado salarios, disminuido cargas sociales a cambio de aumentar impuestos indirectos, aumentado la precariedad en el empleo y reducido la protección social.

Y como además, las restricciones fiscales y el desendeudamiento de todos los agentes económicos al mismo tiempo, han reducido la inversión a mínimos históricos, el resultado es una caída de la demanda que empuja a la deflación. Difícilmente hubiera podido ser de otra manera, porque la competitividad es un concepto relativo y todos los países no pueden ganar competitividad, es decir partes de mercado, a la vez.

Ahora los dirigentes europeos se alarman de esa caída de la inversión y tratan de reanimarla con el plan Juncker. Es mejor que nada. Pero sí surte efectos tardará más de lo que las sociedades golpeadas por la crisis, y la griega muy en particular, pueden e esperar. Draghi puede continuar aportando soluciones transitorias, y todos esperamos que en primavera, por fin, venza la resistencia de Alemania y otros países que piensan como ella y lance su política de compra de activos públicos. No resolvería el problema, pero echaría aceite a la máquina de la economía europea. Para que le dejen hacerlo tiene como aliado la caída del precio del petróleo, que va a hacer que la inflación siga bajando, previsiblemente en terreno negativo.

El riesgo es que se repita la situación del 2010, cuando los mercados que desconfiaron de un pequeño país le crearon una crisis de liquidez que se convirtió en una crisis de solvencia porque no había ningún mecanismo corrector o equilibrador. Ni devaluación, ni creación de moneda ni solidaridad. La amenaza de insolvencia de un Estado que no controla su moneda, y por eso no la puede ni fabricar ni hacerla cambiar de valor, se trasfiere al sistema bancario porque los títulos públicos que tiene en su balance se deprecian y los depósitos bancarios se reducen. Y el BCE tenia, y todavía tiene, limitadas sus capacidades de intervención.

Hemos aprendido que si Trichet hubiera dicho en los albores de la crisis griega, allá por el 2010, las mismas palabras mágicas que Draghi pronunció en el verano del 2012, seguramente nos hubiéramos ahorrado la crisis, o esta no hubiera sido tan violenta. La solución correcta, como nos recuerda otra vez el profesor Fitoussi , es dar un soberano a la moneda europea. El euro puso fin a la especulación entre las monedas europeas. Pero hubiera hecho falta profundizar en la integración creando de una deuda pública europea, los famosos eurobonos ya olvidados. En vez de ello se ha optado por la austeridad fiscal, con un mecanismo de ayuda financiera para ayudar a un Estado con problemas de acceso al mercado.

Esto puede funcionar para un pequeño país como Grecia, al coste de enormes sacrificios sociales. Pero es dudoso que funcionase si el afectado fuese una gran economía como Italia. Por eso, más que por lo que pueda ocurrir en Grecia, con Tsipras o sin él, deberíamos preocuparnos más por cómo le vaya a Renzi. La suerte de Europa parece estar en manos de dos italianos.