Pon tu parte...

“Pon tu parte”, era el eslogan de la Conferencia de Lima sobre el Clima, que ha acabado, a reloj parado, 36 horas después de su final oficial. La prolongación ha sido necesaria para alcanzar un acuerdo de mínimos, que no oculta las grandes divergencias que quedan por superar de aquí a la Conferencia de París en el 2015.

Este slogan resume bien el cambio que se ha producido, desde la Conferencia de Copenhague, en la forma de abordar las negociaciones internacionales sobre el cambio climático. Copenhague-2009, la COP 15 como se la designa en el argot de las Naciones Unidas, significó el abandono programado del Protocolo de Kioto por la presión conjunta de EE.UU. y China. Aunque la UE decidió unilateralmente seguir aplicándose las exigencias de reducción de emisiones de dicho Protocolo, esa forma de abordar las negociaciones climáticas se había demostrado tan ambiciosa como inefectiva.

Desde entonces las negociaciones han tratado de substituir un acuerdo basado en objetivos vinculantes y verificables, por compromisos unilaterales de los Estados que guardasen una cierta coherencia y que, sumados, permitiesen conseguir los objetivos de reducción de emisiones necesarios para no rebasar el aumento de 2°C en la temperatura media del globo. Ello implica dividir por dos las emisiones en el horizonte 2050 y conseguir la neutralidad climática en el 2100.

El riesgo es que la suma de las “partes que cada uno ponga” unilateralmente, este lejos de ser suficiente para conseguir ese objetivo. Y lo ocurrido en Lima hay que juzgarlo en función de esta frágil arquitectura de las actuales negociaciones, y no de la abandonada ambición de Kioto.

Aunque fuese tan querido por la UE, hay que dejar de llorar sobre la nostalgia de Kioto. Los dos grandes países emisores, EE.UU. y China, no aceptaron nuca esta forma de abordar la solución al problema. Rusia y Japón la abandonaron en Copenhague y Australia después. Al final el protocolo de Kioto solo cubría algo menos del 10 % del total de emisiones. Y aunque era un acuerdo jurídicamente vinculante, nunca se tuvieron los medios de hacer efectiva esa obligación porque nunca se aceptó un sistema de sanciones.

En la nueva forma de negociar, al menos EEUU, China y los países emergentes, con India a la cabeza, sí que están dispuestos a “poner su parte”. Y para que las partes sumen el todo, hará falta un proceso interactivo que comparare y modifique las partes que cada uno se propone aportar. Y un proceso de verificación de la credibilidad de esos compromisos, porque ya sabemos que una cosa es predicar y otra dar trigo, sobre todo si hay que entregarlo mucho mas tarde de cuando se promete.

El compromiso de la UE de reducción de un 40 % en el 2030, puede parecer creíble a la luz de los datos de hoy, incluso conservador, como el del que se guarda cartas en la manga, pero no se puede decir lo mismo de otras cifras anunciadas por otros países.

Aun considerando creíbles los anuncios hechos hasta la fecha, no suman para llegar a dividir por dos las emisiones en el 2050. Y tampoco se está cerca de conseguir los 100.000 millones de dólares al año, a partir del 2020, para ayudar a los países pobres del Sur a adaptarse a las consecuencias ya inevitables del cambio climático.

El acuerdo de mínimos alcanzado en Lima no parece haber correspondido al ambiente favorable creado por la cumbres de jefes de estado organizada por Ban Ki-moon en Nueva York en septiembre ni por el recientemente anunciado acuerdo bilateral EEU.UU China al que me refería en mi anterior crónica en estas páginas digitales.

Al menos el proceso de negociación sigue vivo, pero más viva sigue aún la enorme desconfianza entre países acerca del reparto equitativo de los esfuerzos necesarios para reducir las emisiones. Todos comparten la urgencia de actuar, seguramente más que nunca, pero no se fían que la parte que cada país se propone aportar sea la apropiada a sus responsabilidades pasadas y sus capacidades presentes.

En Lima, el acuerdo bilateral entre EE.UU. y China ha alcanzado sus límites. Como era de proveer, China ha preferido aliarse con los países pobres y emergentes y mostrar su solidaridad con los más vulnerables. Se ha reiterado el principio de que la responsabilidad es “común pero diferenciada” entre países, pero habrá que esperar al mes de marzo para conocer si las “partes “que cada país “que pueda hacerlo” aporte, se corresponden con ese principio.

En noviembre se hará una síntesis de lo significan que esos esfuerzos individuales. Suena un poco tarde para corregir lo que sea necesario y preparar correctamente la Conferencia de París en diciembre.

Tampoco hay ningún acuerdo sobre un mecanismo de evaluación, al que China se ha opuesto frontalmente. La buena noticia es que la capitalización del Fondo de acción climática supera los 10.000 millones de dólares, aunque cinco años después de Copenhague no se sabe todavía cómo llegar a los 100.000 millones de dólares anuales de ayuda prometidos entonces. Lo que naturalmente sigue alimentando la desconfianza de los países en desarrollo. Tampoco ha habido ninguna respuesta concreta a la cuestión de los esfuerzos adicionales necesarios para reducir las emisiones de aquí al 2020, antes de que entre en vigor el futuro acuerdo.

Es cierto que en Lima no se pretendía escribir el borrador del futuro acuerdo de París 2015. El texto de 37 páginas aprobado deja abiertas todas las opciones, desde la más ambiciosa, lograr una evaluación global de las emisiones clima-neutrales para el final del siglo, hasta la más minimalista.

Después de este nuevo episodio caótico de las negociaciones climáticas, Francia toma el timón. Todas las puertas siguen abiertas, como antes de Lima. Pero la caída de los precios del crudo no va a poner fácil renunciar a energías carbonadas que aparecen como abundantes y más baratas de lo que se pensaba. Todo dependerá de la voluntad política de los gobiernos y de la presión de los ciudadanos, como los 400.000 que se manifestaron por la justicia climática en septiembre pasado en Nueva York.