De Lima a París

El pasado lunes 1 de diciembre empezó en Lima la conferencia anual del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. A la cita han acudido 195 países y su objetivo no es tanto conseguir resultados tangibles y concretos sino preparar la siguiente conferencia en París dentro de un año. Allí sí que se deberían obtener acuerdos que permitan alcanzar la “neutralidad carbono-clima”  para el 2100, es decir, que en esa (distante) fecha los terrícolas tengamos un nivel de “emisiones cero” de los gases que causan el efecto invernadero.

En este sentido, Lima se presenta como una antesala y París como el escenario de lo que en Copenhague, en el 2009, pudo ser y no fue: un acuerdo  vinculante entre todos los países, tanto los desarrollados (Anexo B, en la jerga de la política del clima) como los en vías de desarrollo (No Anexo B) para limitar sus emisiones.

Se trata de repartir los esfuerzos necesarios para conseguirlo, teniendo en cuenta la responsabilidad común, pero bien diferenciada, de unos países y otros en la generación del problema. Actualmente, los EEUU, la UE28 y China representan ellos solos más del 50 % de las emisiones mundiales. En términos per cápita, que es lo que realmente cuenta, un ciudadano norteamericano emite casi 17 toneladas de Co2 al año, un chino 7,2 , un europeo 6,8, un ciudadano hindú solo 1,9 toneladas y uno del Bangladesh no llega a la tonelada anual.

Obsérvese que China ha superado a la UE28 en emisiones per cápita. Pero en términos acumulativos desde el principio de la Revolución Industrial (1870-2013), que es también lo que se saca a relucir en las negociaciones, se estima que los europeos hemos emitido el 28 % del total, los EEUU el 26 %, China el 11 % y la India el 3 %. No es de extrañar que, se mire por donde se mire, las negociaciones sobre el clima sean un inevitable campo de batalla entre los países desarrollados, ‘el Norte’, y los emergentes ‘del Sur’.

Hay otros dos aspectos que hay que tener en cuenta a la hora de entender lo que puede ocurrir entre Lima y París. El primero es la estructura actual y la evolución previsible del consumo de energía, que ya eran bien conocidas antes de que empezara la conferencia de Lima. El segundo es la bajada del precio del petróleo, y eso sí que constituye una novedad que va a cambiar el terreno de juego y, si dura, va a modificar muy substancialmente la geoeconomía mundial.

En 1990 éramos 6.000 millones de seres humanos y cada uno consumía, de media, 9 toneladas de equivalente petróleo. Actualmente somos 7.200 millones y el consumo medio ha aumentado a 14 tep. Y si las previsiones no se equivocan, en el 2050 seremos 9.400 millones consumiendo 22 tep per cápita. El acceso a  la energía de una parte creciente de una Humanidad creciente es algo difícilmente evitable. La solución no puede venir de congelar el consumo energético mundial en sus valores actuales. Además, actualmente las energías carbonadas, carbón, petróleo y gas, aportan el 85% del total de la energía consumida. Y son las que causan el 70 % de las emisiones. Es evidente que hay que proceder a una dramática reducción del peso de las energías carbonadas y sustituirlas por energías ‘limpias’ o renovables. Pero actualmente las energías renovables sólo aportan el 21 % del consumo energético mundial, y dentro de ese porcentaje, el 17 % lo aportan la energía hidroeléctrica y la biomasa. Las nuevas energías renovables, solar y eólica, sólo contribuyen con el 3 % del mix energético mundial. Es evidente que cambiar un mix tan desequilibrado es una cuestión de mucho tiempo.

Hasta hace poco se consideraba que la escasez de los recursos carbonados, sobre todo el petróleo, sería una fuerza que obligaría a su sustitución, guste o no hacerlo. Pero ahora parece que el horizonte de la escasez se aleja y, buena muestra de ello, los precios del petróleo están en caída libre. El precio del barril ha caído un 40 % en 6 meses,  actualmente cotiza a 70 $ y los precios de los mercados de futuros no parecen mostrar una recuperación rápida del precio del crudo.

Evidentemente esto va a tener importantes consecuencias geopolíticas. Para empezar, si el precio del barril cae 20 $, el PIB ruso cae 3,5 puntos. No voy a entrar aquí y ahora en lo que esto está implicando para la economía rusa, basta con ver la caída del rublo para entenderlo. También va a cambiar la estructura de los precios relativos de las distintas fuentes de energía y, a corto plazo, puede perjudicar el desarrollo de las energías renovables al ser menos precio-competitivas. Pero si el mundo se embarcara, como debiera, en una fuerte climate-accion , que llevase consigo una reducción de la demanda de petróleo, sus precios deberían caer más todavía, hasta 40 o 50 $ el barril. Una acción decidida para combatir el cambio climático obligaría a dejar bajo tierra una cantidad enorme de las actuales reservas petroleras, con las consecuencias que ello tendría sobre los balances de las empresas que poseen esos activos que habrían perdido valor.

Eso no es una ensoñación. El Banco de Inglaterra ha iniciado una investigación para evaluar el riesgo de una ‘carbon bubble‘, es decir el riesgo de un crash económico, si las futuras reglas climáticas cambian el valor de los stocks de carbón, petróleo y gas detentados por las grandes compañías energéticas mundiales. La actitud de Arabia Saudita, de negarse a disminuir la producción para hacer bajar los precios puede interpretarse de acuerdo con estas perspectivas. Aunque también hay quien opina que es una estrategia arabo-americana para causar graves problemas a las economías de Rusia, Irán y Venezuela.

Así pues, al compás de las negociaciones climáticas que se han iniciado en Lima y que deben concluir en París, tenemos abierto un vasto campo de debate sobre el futuro de la economía y los equilibrios políticos mundiales. Escucharemos grandes declaraciones y encendidos discursos. Algunos rutinarios, como el reciente artículo de nuestro flamante nuevo Comisario europeo de la materia y la nueva Alta Representante de la UE28,  haciendo votos sobre lo que va a pasar en Lima y el gran papel que los europeos tendremos allí. Otros mas líricos como el del presidente  Hollande , al que no se le conocía especial preocupación por el tema, alertando de que el clima será el causante de las guerras del futuro. Su predecesor Chirac también se inflamó en Johanesburgo en el 2002  con una frase que se hizo celebre : “la Tierra arde y nosotros miramos para otra parte…”.

La política climática es un campo privilegiado para las palabras vanas y las promesas huecas, casi nunca cumplidas. En el año que ahora empieza tenemos una oportunidad de cambiar esta actitud. Me propongo seguir con atención, desde estas paginas digitales, el camino de Lima14 a París15.