¿Clima, China y EE.UU, un acuerdo histórico?

EE.UU y China son los dos grandes países emisores de gases de efecto invernadero. Las emisiones mundiales de Co2 alcanzaron los 36,3 GTn. en el 2013. (36.300 millones de toneladas). Y de ellas, el 27,3 % fueron emitidas por China y el 14,3 % por EE.UU. Entre los dos países suman el 40 % (41,6 %) del total. Ante estas cifras, es evidente que ningún compromiso de reducción de las emisiones será capaz de detener el calentamiento atmosférico sin la participación de China y EE.UU.

Por eso es tan importante el acuerdo anunciado el pasado 11 de noviembre por ambos países para reducir sus emisiones y cooperar en la transición hacia una energía baja en carbono, dado a conocer en el marco de la visita de Obama a Pekín y en vísperas de la reunión del G-20 en Melbourne,(www.whitehouse.gov/the-press-office/2014/11/11/fact-sheet-us-china-joint-announcement-climate-change-and-clean-energy-c).

Cinco años después del fracaso de la cumbre de Copenhague, este acuerdo cambia radicalmente la dinámica de las negociaciones internacionales que se están desarrollando cara a decisiva la cumbre de Paris en Diciembre del 2015.

La preparación de esa cumbre se produce en un contexto marcado por el aumento del consumo de energía y la caída del precio del petróleo. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que el consumo mundial va a crecer un 37 % de aquí al 2040, lo que conduciría, si nada cambia, a un aumento de temperatura de 3,6 grados. Y la IEA también estima que de aquí a entonces no se va a producir ninguna penuria en el suministro de petróleo y que su precio se va a mantener establemente por debajo de los 80 $/barril.

En estas condiciones tendenciales, solo un gran acuerdo político puede evitar una catástrofe climática. En el marco de la reunión del G 20, el Presidente francés Hollande ha hecho referencia a esas sombrías perspectivas con una frase pensada para la Historia: “Hay que hacer que cesen las guerras de hoy, pero en el clima se está preparando otra gran guerra”.

Hollande, al que nunca se le habían conocido excesivas preocupaciones por los temas climático/ambientales, se expresa así porque Francia, como país anfitrión, tiene especial interés en el éxito de París-2015. Quizás también para recomponer sus relaciones rotas con los ecologistas, que no han querido participar en el gobierno Valls. Y puede que para intentar colorear un final de mandato bastante gris, aunque sus críticos, un tanto sorprendidos de esta reconversión de Hollande en defensor planetario del clima, piensan que le harían falta varias capas de verde para conseguirlo. Sea o no sincera la voluntad mostrada por Hollande de comprometerse políticamente para conseguir un gran acuerdo internacional, y a fin de cuentas esa es su obligación, lo cierto es que ese acuerdo EE.UU-China le pone las cosas más fáciles.

El acuerdo ha sido calificado de “histórico” y no faltan razones para ello. ¿Pero es realmente un acuerdo “histórico”, en el sentido de que es suficiente para conseguir el objetivo de evitar un calentamiento por encima de los 2 grados, que es la voluntad manifestada en Copenhague y repetida desde entonces en todas las Cumbres anuales? Seguramente no.

Es desde luego el primer fruto tangible de la cooperación China/EE.UU en materia de energía/clima. Y se inscribe en el marco de la nueva aproximación a las negociaciones y acuerdos internacionales en la materia. No se trata ya de alcanzar un gran acuerdo en un solo día. Eso ya se intento y no funcionó. Ahora las negociaciones tratan de construir escenarios de descarbonificación en el medio plazo con las contribuciones que ofrezcan cada país o grupo de países. Se puede decir que eso equivale a que cada cual propone lo que puede o lo que le conviene. Y que eso es lo que han hecho los llamados miembros del G-2 (China y EE.UU). Eso es también lo que practica la UE al fijar sus propias estrategias y compromisos de reducción de emisiones antes de llegar a París.

En realidad el acuerdo China-EE.UU es sobre todo una declaración conjunta de lo que cada país se compromete hacer por su lado. Tan es así que ni siquiera usan las mismas referencias temporales, EE.UU el 2025 y China el 2030.

China se compromete, y eso es una importante novedad, a fijar una fecha, para que sus emisiones de gases de efecto invernadero alcancen el máximo, el pick, y a partir de entonces empiecen a decrecer. Esa fecha es el 2030, y además anuncia su voluntad de que hacerlo antes, si “es posible”. Evidentemente los chinos han hecho sus cálculos y saben que ese objetivo es perfectamente posible. Para ello tendrán que construir 1.000 Gigawatios adicionales de energías no carbonadas (nuclear y renovables) .Pasada la emoción provocada por el anuncio del acuerdo, varios centros de análisis han señalado que China podría conseguir ese objetivo bien antes del 2030, pero que se han querido curar en salud. Además, en el 2030 las energías renovables aportaran el 20 % de su consumo energético. Un objetivo que la UE se propone conseguir ya en el 2020.

EE.UU por su parte, reducirán sus emisiones entre un 26 y un 28 % en el 2025 con respecto al 2005. Eso equivale a una reducción de sólo el 16 % con respecto a 1990, a comparar con el 20 % que la UE conseguirá ya en el 2020 y del 40 % que se propone para el 2030. Aunque no sea mucho comparado con los objetivos europeos, es bastante más del 17 % que los EE.UU aceptaron en Copenhague. Para conseguirlo tendrán que acelerar el ritmo de reducción de las emisiones americanas desde el 1,2 % en media durante el periodo 2005-2020 al 2,5 % en media en los 2 años posteriores 2020-2025.

Posiblemente, Obama ha querido señalar con este acuerdo que la derrota electoral en las elecciones del mid term no ha cambiado su determinación de actuar en el frente del cambio climático. La decisión tomada pocos días después de proceder a una regularización masiva de inmigrantes ilegales muestra que también está dispuesto a seguir actuando en este otro frente con o sin el acuerdo de los republicanos. Estos ya han puesto el grito en el cielo acusando a Obama de que ese acuerdo va a significar más paro y una energía más cara. Su discurso de siempre.

Pero Obama no necesita el acuerdo de un Congreso que le seria hostil para conseguir ese objetivo. Puede conseguirlo con la reglamentación que ya está en vigor y que Obama ha reforzado en los últimos meses antes del mid term.

Con el acuerdo chino-americano no se conseguiría mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2 grados. Pero no es el punto final de las negociaciones y ayuda a crear un ambiente favorable a la marcha hacia Paris-2015 con parada intermedia en Lima dentro de pocos días. A Lima se llegara con tres importantes pasos positivos: el acuerdo del G-2, el de la UE para el horizonte 2030 y el éxito de la Cumbre convocada en Septiembre pasado en Nueva York por el Secretario General de la ONU. Es la primera vez después de Copenhague que el Secretario General de la ONU se anima a convocar a gobiernos y actores de la sociedad civil a una reunión previa preparatoria. Y parece ser que el mundo empresarial reunido en Nueva York tenía una actitud mucho más positiva que en anteriores encuentros.

El G-20 reunido en Australia (20 países que suman el 90 % del PIB mundial) el pasado 16 de Noviembre ha querido también sumarse a esta dinámica a favor de una acción fuerte y eficaz sobre el cambio climático. Para recoger esta voluntad en su declaración final ha hecho falta retorcerle el brazo al anfitrión, el primer ministro australiano T. Abbot, gran apóstol del carbón que anulo el impuesto sobre las emisiones del gobierno anterior.

Pero hay que aplicar un coeficiente de descuento a estas declaraciones del G-20. Lo dicho en Australia es poco más o menos lo que ya se dijo en San Petersburgo a finales del 2013, que a su vez repetía el objetivo proclamado en la Conferencia de la Convención de las Naciones Unidas en Durban en el 2011.

Es bueno pavimentar de buenas intenciones el camino hacia Paris-2015. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. La primera ocasión de darlo será en Berlín donde los países más ricos deben encontrar 10.000 millones de dólares para ayudar a los más pobres a hacer frente a las consecuencias, ya inevitables, del cambio climático. Un objetivo que parece más posible hoy que a la vuelta del verano.