La crisis olvidada

Las urgencias de la crisis nos han hecho olvidar el problema del cambio climático. ¿Para qué preocuparse de una causa que tendrá efectos allá para mediados de siglos cuando los problemas se presentan en plazos cada vez mas cortos y de forma cada vez mas grave? Hablar de cambio climático en medio de las tormentas inmediatas de las black cards y de los referéndums alternativos organizados por los independentistas en Catalunya, o cuando las perspectivas de crecimiento económico a corto plazo se vuelven a debilitar de forma alarmante, puede parecer hasta exótico. Hoy no toca.

Reconozco que preocuparse por lo que puede pasar dentro de unas decenas de años cuando los problemas del inmediato hoy provocan peligrosas tensiones puede parecer propio de un marciano, de alguien que vive fuera de la realidad. Hoy no toca, que diría Pujol en sus buenos tiempos, cuando se presentaba como ejemplo de comportamiento ético frente a la intolerante España, perdón quiero decir el Estado español. Pero a pesar de ello me asomo de nuevo a estas paginas digitales para hablar de esa crisis olvidada ,y sin embargo peligrosa y urgente, que es el cambio climático , porque dos acontecimientos la ponen de nuevo de actualidad.

Primero el nuevo informe del GIEC, o IPCC en ingles, (grupo de expertos intergubernamentales sobre evolución del clima), presentado en Copenhague el pasado domingo 2 de Noviembre por el propio Secretario general de las Naciones Unidas Ban Ki-moon. Segundo, el acuerdo del Consejo Europeo sobre la estrategia energía/clima de la UE en el horizonte 2030 alcanzado el pasado 23 de octubre.

Este es el quinto informe del GIEC (después de los de 1990,1995,2001 y 2007).Y en cada uno de ellos los 800 científicos que trabajan para el CIEG han ido aumentando la probabilidad de que la actividad humana sea la responsable del calentamiento observado de la atmósfera terrestre. Desde el 66% hasta el 95% actual. Con ese 95% queda considerado como “extremadamente probable” de que los humanos estemos provocando el calentamiento de la atmósfera con nuestras formas de producir y consumir energía. No debería haber más discusiones de café sobre esta constatación científica, y los negacionistas que tanto abundan en el partido republicano en los EE.UU. o tipo Sr Aznar aquí por Europa deberían tomar buena nota.

El CIEG también ha aumentado su estimación del aumento de temperatura que se podría alcanzar a final de siglo. En el escenario más pesimista, el de considerar que las emisiones de Co2 siguen aumentando al ritmo actual, en el 2100 el aumento sería de 4,8° con respecto a la media del periodo 1986-2005. En sus anteriores informes este aumento se empezó estimando en 3° y fue aumentando gradualmente hasta los 4,8°. Hay que recordar que en Copenhague en el 2009, cuando el tema del cambio climático estaba de máxima actualidad (“ésta es la ultima ocasión de salvar la Tierra” decía retóricamente el entonces Premier británico Gordon Brown), los gobiernos decidieron reducir las emisiones para limitar el aumento de temperaturas en 2 °C en el 2050.

También se ha aumentado la estimación del aumento previsible del nivel de los océanos, hasta un metro en el escenario mas pesimista.

Y las emisiones de Co2 siguen aumentando, un 54% mas en el periodo 2002-2011 con respecto a 1990. Y desde el 2010 aumentan todavía mas deprisa que en los años precedentes. El Protocolo de Kyoto, aprobado en el 2007 pero que entro en vigor en el 2005 , preveía una reducción del 5 % en el 2012 con respecto a 1990. En realidad se ha producido un aumento mundial del 34 %, a pesar de que la UE en su conjunto las ha disminuido un 18 % en el 2011. Pero cada vez más el peso de las emisiones de los europeos son irrelevantes con respecto al total mundial.

Y frente a esta situación, ¿qué habría que hacer?. La respuesta del CIEG es clara y contundente : si se quiere reducir el aumento de temperaturas medias por debajo de 2 °, hay que reducir un 70 % las emisiones de gases de efecto invernadero (no solo Co2) en el 2050 con respecto al nivel alcanzado en el 2010.

Para ello hay que actuar de manera enérgica y rápida si se quiere evitar los “efectos severos e irreversibles sobre las sociedades humanas y el ecosistema”, en palabras de Ban Ki-moon. Con el horizonte puesto en alcanzar emisiones cero en el 2100 para conseguir la estabilidad climática del planeta.

Son malas noticias. Pero esto es lo que hay. “Los científicos han hablado” , nos dice Ban ki-moon, ahora los gobiernos deben actuar, todavía hay tiempo pero deben actuar contra reloj y seria irresponsable no hacerlo. De aquí a la cumbre de Paris en diciembre del 2015, pasando por la de Lima de este año, hay que ponerse de acuerdo sobre un acuerdo mundial obligatorio y verificable que permita conseguir ese objetivo. El tema no despierta hoy por hoy ninguna emoción en la opinión publica, pero constituye uno de los mayores retos geopolíticos y geopolíticos de nuestro tiempo. Y la solución que se adopte, con todas las medidas que tendrá que incorporar y el reparto de las cargas y esfuerzos entre países, tendrá grandes consecuencias socioeconómicas , sobre las cuales las opiniones publicas deberían estar alertadas. Y la ignorancia ya no puede ser esgrimida como una excusa para la inacción.

¿Tenemos los medios de evitar ese cambio climático y sus efectos?. La respuesta es, afortunadamente, que sí. Hemos alcanzado un nivel de desarrollo tecnológico en energías renovables y en eficacia energética que lo hacen posible. No sin grandes cambios ,por supuesto. Y tampoco sin costes. Pero hay que combatir el mito de que la lucha contra el cambio climático y lo que hay que hacer para evitar un aumento de temperatura superior a los 2° C es muy caro, inasumible mente caro, y que hay otras prioridades en las que invertir esfuerzos y capitales. En realidad el coste de la inacción seria mucho mayor. Las estimaciones del CIEG calculan un valor mediano del 0,06 % de la perdida de crecimiento mundial (con un máximo del 0,14 5%) como consecuencia de una ambiciosa política climática.

Soy el primero en valorar la dificultad en calcular estas estimaciones, habida cuenta de las numerosas hipótesis que hay que introducir en los modelos y el alto grado de incertidumbre que afecta a numerosas variables. Pero ya ahora tendremos que hacer frente a los elevados costes ya inevitables que el cambio climático esta produciendo, y cuanto más esperemos peor y mas caro será.

Lo mas importante son los cambios en los estilos de vida y los comportamientos que la lucha contra el cambio climático implica y exige. Hará falta mucha cooperación internacional y mucha concienciación ciudadana. Por eso esa crisis no puede quedar en este momento de la Historia como la crisis olvidada por las urgencias de un presente, por mucho que sean graves los problemas del corto plazo.

¿Y la Unión Europea en todo esto? ¿Cuál es el alcance de sus recientes acuerdos? ¿Están a la altura del problema? ¿Van a permitir a la UE seguir manteniendo su liderazgo en la lucha contra el cambio climático que tiene desde los tiempos de Kyoto? La respuesta es ambigua, como casi todo en Europa, depende de si el observador quiere ver la botella medio llena o medio vacía. Puede ser un tema para la próxima crónica digital, mientras ahora, prisioneros del presente, nos fijamos en el desarrollo del n0 referendum-no consulta- supuesto proceso de participación ciudadana en Catalunya.