Nueva comisión y nuevas inquietudes sobre Europa

La UE se ha dotado de nuevos dirigentes. Hay un nuevo Parlamento, elegido en mayo, y desde hoy (22 de octubre) una nueva Comisión. En efecto, mientras escribo estas líneas el Sr. Juncker estará en Estrasburgo presentando su equipo de Comisarios, una vez que el PE los ha pasado por el filtro, no muy fino, de sus hearings.

Habrá que estar atento a lo que diga, y comentarlo en las próximas ventanas en estas páginas digitales. Pero de momento déjenme expresar mi opinión de que la falta de leaderschip en la UE puede no haber sido nunca tan grave. Si nos hemos salvado del hundimiento del euro ha sido gracias al BCE, sobre todo a partir de que Mario Draghi tomase las riendas de una institución muy limitada por su mandato para hacer frente a la crisis. Pero es evidente de que el BCE solo no lo puede hacer todo. No puede a la vez hacer bajar el euro, garantizar la solvencia de las Deudas públicas, relanzar el crédito, que sigue sin fluir a las empresas y familias, y combatir el fantasma de la deflación.

Veremos que es capaz de hacer la Comisión Juncker para financiar el gran plan de inversiones, 300.000 millones de euros, prometido. De momento se enfrenta al no de Alemania. En esto como en tantas otras cosas en las que la Sra. Merkel no ha cedido sino hasta el último momento. La pareja franco-alemana está parada, cada uno de sus componentes negándose en hacer concesiones al otro, sea sobre la reducción del déficit o sobre las políticas de relanzamiento de la demanda. Veremos que da de sí un comisario de Asuntos Económicos francés y un ministro en París que no para de escupir sobre las antiguallas de la izquierda y proclamar su amor por las empresas.

De momento la UE sigue avanzando sin nadie al timón y sin una visión preacordada por la tripulación acerca del rumbo a seguir. Y, si sigue así, las actuales turbulencias en los mercados no harán sino ampliarse, amenazando la muy débil recuperación de la que tanto presume en España el gobierno de Rajoy.

En realidad, la recuperación económica en la zona euro ya parece muy comprometida, y a ello se debe que los mercados hayan manifestado estos días sus nuevos temores sobre el euro. Italia, con un crecimiento negativo en el 2014 estimado en el -0,3 % del PIB, está ya en su segunda recesión. El voluntarioso Renzi pretende combatirla a golpe de bajadas de impuestos. Las mayores de la historia fiscal italiana, 18.000 millones, que se financiarán con aumentos del déficit y 15.000 millones de recortes que no se han precisado. Veremos qué dice la Comisión sobre esta maniobra expansiva de Italia.

Francia no consigue cumplir con sus objetivos de reducción del déficit y su Presupuesto es una rebeldía frente a la Comisión. Veremos qué dice Alemania, donde la actividad económica ralentiza ostensiblemente sin que Merkel abandone su propósito de déficit cero. Es una actitud económicamente irracional, que tiene que ver mucho más con la psicología que con la economía. Está claro que para los alemanes esto del endeudamiento público es un pecado. Claro que para un país como Italia, donde va a llegar al 132 % del PIB, también es un exceso a corregir.

Pero ha sido de nuevo Grecia el país que ha puesto fuego a la mecha. La voluntad manifestada por Atenas de salir antes de lo previsto del plan de ayuda del FMI ha provocado gran desconfianza en los mercados de bonos que ha contribuido a la caída del de acciones. Han tenido que ser de nuevo los Bancos centrales los que han tranquilizado a los inversores, al dejar caer la Reserva Federal que iba a retrasar el fin de la compra de activos privados y el BCE que iba a empezar a hacerlo.

Pero Europa, con su inflación prácticamente cero y con el temor de una larga recesión, ahora se le llama estancamiento secular que suena más fino pero no menos grave, inquieta de nuevo. Y el euro aparece de nuevo desnudo a pesar de los avances de estos últimos años en las instituciones que lo gobiernan.

Para hacernos idea de la gravedad de la situación, conviene distinguir los aspectos coyunturales de los estructurales, en estas turbulencias otoñales de los mercados financieros. Como se diría en términos más poéticos, distinguir la ola de fondo por debajo de la espuma. La espuma han sido los indicadores coyunturales negativos que se han encadenado uno tras otro. Una caída de la producción industrial alemana del 4 % y una inflación casi en 0 %, los tipos de la Deuda griega que aumentan otra vez…, no es para no inquietar en una Europa dividida en dos, Norte y Sur, en sus mercados de la Deuda.

Pero no es por azar que esas malas noticias coyunturales se concentren en la zona euro. Y la ola de fondo es la constatación de que, aparte de la (incipiente e incompleta) Unión bancaria, la UE no ha sido capaz de dar una respuesta eficiente a los grandes problemas que han causado la crisis y han emergido con ella. El crecimiento económico no llega a pesar, o causa, de los intentos de eliminar déficits y reducir endeudamientos públicos. Estos últimos no han disminuido sino que han aumentado en casi todos los países. Y las tensiones políticas están de nuevo aquí, y van a estallar según la respuesta que la Comisión dé a los proyectos de presupuestos de Francia y Alemania.

Si en este principio de curso echamos la vista atrás desde que en octubre del 2009, hace ya 5 años, Papandreu reconoció un déficit 3 veces superior al permitido y declarado, la UE ha ido capeando el temporal como ha podido. Ha dejado que el BCE se sitúe al borde de su mandato para calmar los mercados de Deuda. Ha acabado aceptando un default parcial de la Deuda griega y ha estado inventando fondos de salvamento de última hora cada vez que se ha abierto un nuevo frente.

Es verdad, como dice el presidente saliente del Consejo, H. Van Rompuy, que se han encontrado con que el barco no tenía botes salvavidas cuando la tormenta estalló y han tenido que fabricarlos sobre la marcha con los medios de a bordo. Pero sigue sin estar claro cuál es el sistema de gobierno de la zona euro, qué medidas hay que tomar para que países con economías tan divergentes puedan compartir una misma moneda, y cómo garantizar que esos países cumplan las medidas presupuestarias a las que se comprometen. Y si para eso hace falta o no modificar los Tratados. Por no decir la espinosa cuestión del lugar que va a tener el Reino Unido en la UE.

A la nueva Comisión Juncker le espera mucho trabajo. Deseémosle suerte.