Entre Edimburgo y Barcelona

Las capitales europeas, o al menos las más importantes, han recibido con alivio y satisfacción el resultado del referéndum en Escocia. En Bruselas, las instituciones comunitarias lo han expresado claramente a través de las declaraciones del Presidente de la Comisión, del Parlamento y del Consejo. Se comprende; se han ahorrado enfrentarse a muchas incertidumbres. ¿Cómo gestionar la petición de adhesión de un nuevo Estado que surge escindiéndose de un Estado miembro?.

A corto plazo, el resultado quita presión al proceso secesionista que se vive en otros países. Y a medio plazo, se evita que un Reino Unido sin Escocia, y con clara mayoría conservadora, fuese más propenso a salir de la UE. Pero sobre todo, porque  lo que la UE necesita ahora no es más desmembración, sino un impulso federal para mantener y completar su unión. Como el que el Reino Unido va a tener que hacer ahora, para cumplir los compromisos adquiridos durante la campaña del referéndum escocés.

Washington y las grandes capitales mundiales también han dejado claro que prefieren un Reino Unido que permanezca unido y contribuya con su fuerza y dimensión a estabilizar un mundo cada vez mas turbulento.

Los laboristas británicos también han respirado aliviados. En un Reino Unido sin Escocia nunca gobernarían. Lo mismo puede decirse de las perspectivas electorales del PSOE en una España sin Catalunya. En Escocia se vive un rechazo hacia los conservadores británicos análogo ,aunque por diferentes razones, que en Catalunya al PP. El partido nacionalista escoces, (SNP) no pasó de ser un partido folclórico hasta que en 1970 se descubrió petróleo en el mar del Norte  Fue Thatcher la que dio alas al nacionalismo al rechazar compromisos con una Escocia laborista en la que aplicaba sus políticas de liberalización y privatización. En 1997, los escoceses contribuyeron a la victoria de Blair no eligiendo ni a un solo diputado conservador. Y Blair se lo agradeció creando el Parlamento escoces, en el que desde el 2007 tiene mayoría relativa el SNP.

Desde entonces, los gobiernos del SNP han desarrollado políticas populares y de bienestar social que les han permitido ganar las ultimas elecciones legislativas por mayoría absoluta y con un programa claramente independentista. Nada de eso es comparable a los de Catalunya. Los gobiernos de CiU no pasaran  a la historia por su eficacia como gobernantes ni por sus políticas progresistas. Y CiU nunca se ha presentado a las elecciones proponiendo la independencia.

Pero, a pesar del alivio porque los escoceses hayan decidido no romper el Reino Unido, no todo esta resuelto. Hay quien se pregunta cuan unidos sigue estando los que llamamos, por abuso de lenguaje, los “ingleses” , que es como si a los españoles nos llamasen los “castellanos”. En realidad, los ingleses son solo una parte, importante, el 85%, de los británicos. Y por lo visto los británicos tienen la misma dificultad existencial en saber lo que significa ser británico que nosotros ser español.

Como decía Gordon Brown, escoces y laborista, y probablemente el artífice del rechazo a la independencia escocesa, el referéndum no era acerca de sí Escocia es o no una nación. Eso que por aquí discutimos con ardor en el caso de Catalunya, mezclando emociones, interpretaciones de la Historia y de los textos constitucionales, ellos lo tiene claro. Hayan votado ‘sí’ o ‘no’, para los escoceses Escocia es una nación, lo era y lo seguirá siendo. Así lo reconocía sin problemas el laborista Brown . Más  difícil  es que un socialista español asuma con la misma tranquilidad que Catalunya también lo es.

Pero ni en Escocia ni en el Reino Unido ,ese no es “el” problema, porque ni siquiera es “un” problema. Lo que el referéndum quería medir era el sentimiento de pertenencia a una identidad británica compartida con las otras naciones, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte, que componen el Reino Unido. En otras palabras, se trataba de medir la intensidad del compromiso de seguir viviendo juntos.

A esa identidad británica,(“britanicidad” podríamos decir), forjada a lo largo de la  Historia, compartiendo sin problemas el mismo idioma, (no hay en Escocia nada parecido a la cuestión lingüística catalana) y la  aventura imperial, y luchando en las dos guerras mundiales contra un enemigo común,  Escocia ha contribuido mucho.

El Reino unido ha tenido 10 primeros ministros escoceses. España, con alguna excepción transitoria, ningún primer ministro catalán. Otra diferencia y no por casualidad. Siempre recordaré a Pujol, advirtiéndome el día de San Jordi de 1998, pasando por Barcelona camino de Sevilla para cerrar la campaña  de las primarias socialistas que gané contra el Secretario General del Psoe, que los andaluces (en realidad debía pensar en los españoles), nunca aceptarían que les gobernara un catalán.

Si el liberalismo político-económico y el pragmatismo-empiricismo son rasgos de lo “británico”, a la forja de ambos han contribuido decisivamente dos escoceses: Adam Smith y David Hume. La construcción de una democracia liberal y del  Estado del bienestar, en los que el Reino Unido ha sido pionero, son aventuras políticas en las que los escoceses han participado plenamente. Los 300 años transcurridos desde el acuerdo de libre asociación de 1707, no han sido testigos de conflictos territoriales, guerras civiles y dinásticas e inestabilidad política, como han sido para nosotros los 300 trascurridos desde el decreto de la Nueva Planta borbónica de 1714. Por eso, en Escocia no abundan las apelaciones a la recuperación de la “dignidad”  y a los “300 años  de espera para volver a ser libres” con las que los Junqueras y Forcadells  alimentan su retorica independentista.

Pero los tiempos cambian. El imperio ,y las colonias ,ya no están ahí, los enemigos históricos, franceses, españoles y alemanes, se han convertido en excelentes vecinos, el Estado de Bienestar esta puesto en cuestión, y buena parte de las amenazas viene de Londres, donde la clase política esta desprestigiada. Algo de esto nos ocurre también por aquí. Si en  España  le echamos la culpa a Bruselas por los recortes, en Barcelona se los echan a Madrid, que además nos expolia fiscalmente y nos presta a cuentagotas el dinero que “nos roba”.

Y la globalización ha debilitado el Estado nacional, que ya no tiene la fuerza protectora –coercitiva que tuvo. En buena parte, la ha perdido en beneficio de uniones mas amplias, como la UE. ¿Para qué ir a Bruselas pasando por Londres, o por Madrid, cuando se puede ir directamente a defender los particularidades intereses de cada parte de un Estado con suficiente personalidad político-histórica?. De paso, eso también sirve para dar a las elites políticas locales mas ocasión de actividad y protagonismo.

No, no todo ha quedado resuelto.  Y la prensa británica destila un poso de preocupación y hasta de pesimismo. Salmon ya anunciado que el sueño de Escocia no ha muerto, es decir que habrá que volver a probarlo. Poco importa que el 55 % de los escoceses no parezca compartirlo. Es el sueño de Escocia, mal que les pese. Y si no lo comprenden es que no deben ser verdaderos escoceses. Ese es uno de los problemas de esa clase de referéndums. Si los independentistas no ganan, prepárense para la próxima. Si hubieran ganado, hubieran considerado la cuestión definitivamente cerrada.

Además, ahora Cameron tiene que llevar a cabo una profunda reforma política- territorial. En el calor de la campaña, Cameron prometió mas delegación de poderes y mas autonomía fiscal, la maximum devolution. Una opción intermedio entre el status quo y la independencia que se negó a plantear en el referéndum, pero que es la que los electores han escogido implícitamente. Y ahora Cameron ha propuesto hacer lo mismo con las otras tres naciones del Reino. Para que la max-dev no sea solo para Escocia, tendrá que dar dar cuerpo y forma a una profunda trasformación de la estructura política territorial del Reino Unido.

Algunos lo interpretarán como una versión británica del café para todos que aquí tanto denostamos, pero que puede ser un impulso federalizante para actualizar el sistema político británico. Para revivir la idea británica, hay que Repensar el Reino Unido, dice el premier británico, seguramente sin medir las dificultades del envite. Pero a lo mejor resulta que, después de haber rechazado y ninguneado las concepciones federales, y haber conseguido que la palabra federal fuese prohibida en Bruselas, el Reino Unido es el que las aplica de forma pragmática.

Ojala fuese posible hacerlo también por aquí, donde tenemos buena parte del camino andado en ese horizonte federal. Pero de momento, las emociones son más movilizadoras que la búsqueda de soluciones practicas. Y eso es parte del problema. Los integracionistas, a escala europea, o los unionistas, como se les llama ahora en los países afectados por tendencias separatistas, como el Reino Unido o España, no tenemos un relato movilizador. Mientras que los que están contra la integración o a favor de la separación, si lo tienen. Tienen  una épica, banderas, himnos y entusiasmos. Creen, con un fervor casi religioso, que la independencia les abre la puerta a un futuro lleno de esperanzas y a la superación de los traumas de la Historia, inventada si es necesario.

La prueba es de Escocia. Comparen la reacción de alivio, discreta y sin casi manifestaciones, con la que se ha recibido el triunfo del “no”, con la explosión de jubilo, el ondear de banderas, los discursos encendidos  y las manifestaciones exultantes con las que se hubiese festejado el triunfo del “sí”. Tanto en Edimburgo como en Barcelona.