Italia, la izquierda y las fracturas de Europa

Participo en Trento, la ciudad del Concilio por antonomasia, en su Festival de la Economía. El tema es “El papel de las clases dirigentes en el crecimiento económico y en el bien común”. Muy de actualidad en una Europa sin crecimiento, con las clases dirigentes cuestionadas, el populismo en alza, la izquierda tradicional en retroceso y con las fracturas que muestran los resultados de las elecciones europeas.

Trento, a mitad de camino entre la Roma papal y la Germania protestante, centinela sobre el paso del Brennero, la principal ruta que unía esos dos mundos, fue un lugar adecuado para el Concilio de la Contrarreforma. Hoy también lo es para discutir sobre las fracturas que amenazan la unidad europea y el desencuentro entre las clases dirigentes y las clases populares en una Europa en la que los populismos de derechas y de izquierdas, cuestionan la polarización bipartidista heredada de la revolución industrial.

Impulsado por los buenos resultados en las elecciones europeas del Partido Democrático, el verdadero protagonista del encuentro de Trento ha sido el Presidente del Consejo de Ministros, el joven Renzi, Matteo para los amigos y los fans.

El PD, es el resultado de una extraña amalgama entre socialistas y democratacristianos. Hoy lo capitanea Renzi, después de haber accedido al puesto de secretario general en unas primarias abiertas a toda la población simpatizante. Un proceso exitoso del que tanto se habla, y tan poco se practica, en España.

En las europeas, Renzi se ha consagrado sacándole más de 10 puntos al populismo invertebrado de Grillo. Este no ha quedado tan mal, con un 21 %, a fin de cuentas solo 5 puntos por debajo del Frente Nacional en Francia. Pero allí el Partido Socialista se hunde, mientras que el Partido Democrático italiano es el único, junto con la derecha de Orban en Hungría (51%), que supera el 40 % del voto. Lo que hace palidecer de envidia a los socialistas franceses, por debajo del 14 %, o a los españoles, incluso a los alemanes, que han vuelto a perder, aunque mejorando, frente a la señora Merkel.

Eso permitirá a la Italia de Renzi jugar un papel importante en la dirección del socialismo europeo. Atrás quedan los años en los que Berlusconi la había llevado a la irrelevancia, cuando no a la irrisión. Renzi puede ser determinante a la hora de escoger el candidato a la Presidencia de la Comisión que el Consejo va a proponer al Parlamento Europeo. (¿O va a ser al revés y será el PE el que, en la práctica, propondrá al Consejo el candidato que tenga la llave de la mayoría?). De momento, Renzi se limita a recordar que lo importante no son las personas sino los programas, y que lo que realmente cuenta son las políticas que van a permitir sacar a Europa de la recesión.

Cierto, pero eso no es independiente de quien vaya a ser el Presidente de la Comisión. Al menos así se lo hemos contado a los electores. No se puede a la vez pretender que la Comisión debe cambiar las políticas que se han aplicado hasta ahora en Europa, y al mismo tiempo oír como los Comisarios se escudan en que ellos, a fin de cuentas, no hacen sino velar por la aplicación de las decisiones que toma el Consejo Europeo.

¿En qué quedamos? Si la Comisión solo fuera un cuerpo técnico que vigila la aplicación de unas políticas que no decide, no tendría mucho sentido que la elección de su Presidente fuese una cuestión democrática fundamental. Pero sí lo es, porque la Comisión podría haber jugado un papel distinto del de una secretaria técnica del Consejo. Que lo haga ò no, y de cómo lo haga, depende de quién sea su Presidente.

Renzi, como buen florentino, puede salirse por la tangente en esa y otras cuestiones. Es un comunicador nato para el que lo importante es tener una historia que contar, un relato que genere esperanza y que haga soñar. Renzi quiere sbloccare l’Italia, un país que tiene hoy el mismo PIB per cápita que hace 16 años y con la tercera deuda pública más alta de los países de la OCDE. Un país paralizado por su administración y su clase política, envuelta día sí y día también en escándalos de corrupción. Renzi fustiga a los políticos profesionales, apuntando a la gerontocracia de su partido. No llega a utilizar el término “casta” porque ese es en Italia copyright de Grillo. Pero promete no estar en política dentro de 10 años.

Justo antes de las elecciones repartió 80 euros mensuales a los millones de los italianos más pobres mediante rebajas de sus impuestos. Algunos dicen que es una compra del voto. Otros que es un relanzamiento keynesiano a la chita callando que es lo que la izquierda europea debe hacer. El coste es de 16.000 millones anuales. En Bruselas querrán saber de dónde van a salir. Su respuesta es que con la austeridad no basta, y tiene toda la razón. Es el primer dirigente político europeo que se atreve a citar a Keynes y pedir un cambio en las normas que rigen la política fiscal europea.

Pero aunque en Europa pueda ganar influencia, en casa tiene muchos problemas. Hará falta mucho trabajo para sbloccare el país. Pocos días después de Trento explota la trama de corrupción en Venecia entorno a las obras para construir el dique que debería proteger la ciudad de los envites del mar. Parece ser que se había convertido en una nueva tangentòpolis cuyas ramificaciones afectan a todos los partidos políticos y a instituciones públicas tan prestigiosas como la Guardia de Finanzas. El alcalde la ciudad entra en la cárcel esposado. Los jueces registran la sede del Estado Mayor de la Guardia de Finanzas y su segundo general jefe parece implicado en la red de corrupción.

Mientras, una lectura más sosegada de los resultados de las elecciones al PE muestran las fracturas del sistema político europeo. La primera es la que separa a los países de la eurozona, obligados a profundizar en su integración política para poder gobernar la eurozona, y a los que solo están interesados en una cooperación exclusivamente económica y en una zona de libre cambio. Entre ellos están el antieuropeismo declarado de los británicos y daneses, que explica el éxito del UKIP. Y el antieuropeismo indiferente de los países del Este, reflejado en tasas de participación bajísimas, entre el 13 y el 25 %.

La segunda fractura se manifiesta en el interior de la eurozona, rompiendo el equilibrio entre Francia y Alemania. La crisis del euro ha puesto de manifiesto que Francia ya no es capaz de equilibrar el papel de Alemania en Europa. Alemania ya no necesita a Francia para legitimarse políticamente. Y esta situación ha provocado en Francia el crecimiento de una derecha coherentemente nacionalista y explica el éxito del Frente Nacional.

La tercera fractura es la que contrapone los países del norte y del sur dentro de la eurozona. El contraste es mayúsculo entre las políticas que favorecen a Alemania y sus satélites del norte y las que necesitaría un país como Grecia. En Alemania los resultados reflejan el apoyo a los partidos que apoyan las políticas de austeridad. En Grecia se produce un éxito sin precedentes de la crítica radical a esas políticas representadas por Syriza, que se convierte en el primer partido con el 30 % del voto, y al partido neofacista Alba Dorada que obtiene l 10 %. O en España con el éxito de Podemos que representa el rechazo a esas políticas de forma más creíble de lo que han sido capaz de hacer los socialistas.

La UE que emerge de esas elecciones tiene ya poco que ver con la UE que conocíamos antes de la crisis. La izquierda debe promover una nueva agenda para hacer frente a esas fracturas. Pero para ello tiene que tener apoyos electorales. Renzi los tiene más que nadie. Italia puede jugar un gran papel en su próxima Presidencia de la UE.