Vísperas europeas

Hasta ahora hemos vivido una curiosa, y políticamente decepcionante, experiencia con respecto al Parlamento Europeo. A medida que sus poderes han ido aumentando, la participación electoral ha ido disminuyendo (62 % en 1979, 43 % en 2009). Votaban mucho más los europeos cuando el PE era poco más que una gran cámara de debate, que cuando se ha convertido para muchas de las políticas de la UE (aunque todavía le faltan), en un legislador con igual peso que el Consejo Europeo.

Hasta ahora, en España las elecciones europeas se jugaban en un contexto de acuerdo básico entre las fuerzas políticas acerca de la construcción europea. Hasta el punto de que en las anteriores el gobierno socialista español declaró que su candidato a presidir la Comisión era el Sr Barroso, miembro del PP europeo. Aquel error contribuyo a despolitizar las elecciones y a aumentar la abstención.

Pero ahora las cuestiones europeas ya no parecen tan distantes. Con la crisis, los ciudadanos europeos han tomado conciencia, a veces en el dolor, que la UE no es solo una burocracia que decide de cuestiones poco relevantes, sino que lo que se decide en Bruselas tiene consecuencias directas e importantes sobre sus vidas. Ahora sabemos que la interdependencia entre países europeos es real y que, a veces, resulta más correcto hablar de la dependencia de unos países con respecto a otros.

Por estas razones, estas elecciones europeas son las primeras que se pueden considerar europeas en el sentido pleno de la palabra. Ya no pueden considerarse como unas elecciones de “segundo orden” donde se ventilan de forma indirecta cuestiones nacionales, se puede castigar sin costes al gobierno de turno y nada importante está en juego. La formación de la Comisión Europea se verá influenciada por el resultado electoral y a su través se podrá influir sobre la continuidad o el cambio de las políticas económicas que la UE viene aplicando para hacer frente a la crisis.

Además, ahora el consenso básico acerca de la integración europea se ha debilitado y las actitudes con respecto a la Unión Europea han cambiado radicalmente. Europa se encuentra más dividida que nunca entre el Norte y el Sur, entre el centro que impone sus disciplinas a la periferia a cambio de una solidaridad financiera limitada.

Las elecciones del 2009 tuvieron lugar antes de que empezara la crisis del euro y la UE aparecía todavía como una protección contra la crisis financiera mundial. Ahora los europeos sufren los problemas de la unión monetaria y de las políticas de austeridad impuestas para hacerle frente. Se percibe la trascendental importancia de las políticas que se deciden en “Bruselas”. Los ciudadanos sienten que pueden cambiar su gobierno, pero al final no cambian de políticas porque estas se deciden en el ámbito europeo.

Ello debería incentivar la participación electoral. Pero el temor es que aumente la abstención y el voto a los partidos contrarios a la construcción europea. Según las últimas encuestas, en Francia el Frente Nacional podría ser el partido más votado. Y en el Reino Unido el UKIP, que propone la salida de la UE. Incluso en Alemania, los que piden volver al marco pueden conseguir escaño en Estrasburgo. Por cierto, representados por un serio profesor de economía, en las antípodas del populismo de Grillo en Italia Y en los nuevos Estados miembros del Este, no afectados por la crisis del euro, la abstención puede ser mucho mayor.

En España, el exabrupto machista con el que el Sr. Cañete intentó justificar su debilidad dialéctica en el debate, habrá tenido al menos el efecto de animar la campaña electoral. Y demostrar que en cuestiones fundamentales, como la igualdad hombre mujer, las diferencias son grandes y profundas.

Pero, en una visión del conjunto, parece que el proyecto de integración europea se enfrenta, no sólo al desinterés sino también a la desconfianza de los europeos. Esta desconfianza tiene mucho que ver con la crisis y las políticas que se han aplicado para hacerle frente. Para superar esta desconfianza y seguir construyendo Europa, hace falta dotar a la UE de una mayor legitimidad democrática.

El problema es que la UE se ha ido trasformando desde una entidad de naturaleza básicamente económica a una entidad política .Con el euro trasferimos a la escala europea un elemento fundamental de la soberanía de los Estados. Pero no reforzamos esa integración con otros elementos políticos y económicos para estabilizar la unión monetaria frente a las crisis. La crisis ha puesto de relieve la necesidad de una mayor legitimidad democrática porque ha exigido por un lado más solidaridad y por otros más sacrificios. Ambas exigencias son de naturaleza fundamentalmente política y solo pueden ser reclamadas por órganos dotados de una fuerte legitimidad representativa.

Hoy, tras cuatro años de crisis, muchos de los problemas fundacionales del euro se han resuelto, pero al coste de aplicar una política deflacionista generalizada, con la explosión del paro y la perdida, en varios países, de casi todo el bienestar ganado durante los años de expansión.

Y la crisis no está superada. Los últimos datos de Eurostat son decepcionantes y preocupantes: el crecimiento sigue siendo débil y se reparte de forma cada vez más desigual. En el primer trimestre del 2014, el PIB de la eurozona ha crecido la mitad de lo esperado: un raquítico 0,2 %. Alemania crece un modesto 0,8 %, pero Francia (0%) e Italiana (-0,1%) están paradas. España está por encima de la media (0,4%), pero Grecia (-1,1%) y Portugal (-0,7%) siguen cayendo. E incluso la virtuosa Finlandia (-0,4%) entra en recesión.

Para superar la crisis hace falta profundizar en la integración y cambiar el rumbo de las políticas económicas. Por eso es positivo que el debate electoral entre los 5 candidatos a la Presidencia de la Comisión nominados por los partidos políticos se haya concentrado en las alternativas a las políticas de austeridad impuestas por el liderazgo incontestado de la Alemania de Merkel. Para cambiar una política contraproductiva que ha hecho explotar el paro (en el 2008 la eurozona tenía 3,6 millones de empleos más que en los EE.UU. y ahora tiene 2,4 millones menos), sin ni siquiera ha sido capaz de disminuir el endeudamiento. Para combatir el fraude a escala europea, y para evitar el dumping social y fiscal entre los países europeos.

La politización de las elecciones que representa tener candidatos para Presidir la Comisión, parece que está reforzando el carácter transnacional de estas elecciones y su dimensión ideológica. Algo imprescindible para conseguir el interés de los ciudadanos.

Pero está por ver como el Consejo Europeo administrará la obligación de tomar en cuenta los resultados electorales.

El Consejo no tiene porque presentar al candidato de la fuerza política que obtenga más escaños. El Consejo podría preferir presentar a quien crea que puede conseguir más fácilmente la mayoría del PE. Y sí, como es de prever, nadie tiene mayoría absoluta, se abrirá un amplio campo a la formación de coaliciones y alianzas. Tanto en el seno del Consejo, con una clara mayoría de gobiernos de derechas, como en el PE, cuya composición será previsiblemente más heterogénea que la actual, con un peso mayor de los partidos euroescépticos o eurofóbicos.

En teoría, tampoco tiene el Consejo que proponer necesariamente a uno de los candidatos escogidos por los partidos políticos. Pero ello deterioraría la credibilidad de las elecciones europeas y disminuiría todavía más la participación en las siguientes. Para que el Consejo Europeo no pueda evitar tener que proponer, de entre los candidatos en liza, al que mejor pueda conseguir la mayoría del PE, es fundamental que los electores le refuercen con una amplia participación.

Si esta cae por debajo del 40 %, el Consejo puede también considerar que la politización de las elecciones no ha dado el resultado esperado. Y si los partidos euroescépticos de distinto corte ideológico, superan el 30 % de los escaños, la convergencia hacia el centro de los dos grandes partidos será inevitable.

Por estas razones, la participación en las elecciones europeas se considera, con razón, como un test critico para la democracia europea. Y su resultado mostrará cual grande es la percepción por los ciudadanos de la crisis existencial por la que atraviesa la Unión Europea.