La hora de las alabanzas

Una vez le oí decir a una campesina andaluza: “líbrenos Dios del día de las alabanzas”. Ahora nos anuncian que a Adolfo Suárez le ha llegado esa hora y las alabanzas van a caer sobre la memoria que él hace tiempo que perdió. Nada mejor que morir o dimitir, que es una forma menor del passing by como dicen los ingleses, para que las lanzas se tornen cañas y se reciban reconocimientos superlativos a virtudes y méritos que nunca se reconocieron o se habían olvidado. En España, y en general en la cultura de raíz católica, somos especialmente dados a las loas postreras proclamadas con congoja por los lapidadores de ayer.

A Adolfo Suárez le llegaron algunas alabanzas y reconocimientos antes de su definitiva muerte. Pero cuando ya no podía recordar muy bien por qué ni quién se las daba. Quizás su definitivo apagón sirva para recordarnos lo que fue y significó esa Transición de la que él fue su principal artífice. Y cómo y por qué dejó el puesto de mando, devorado por las tensiones que generó su obra y víctima del canibalismo que habita en los partidos políticos.

Para ello nada mejor que leer la entrevista que le hizo en 1980 la periodista de ABC Josefina Martínez del Álamo, y que no se llegó a publicar, porque entonces se consideró demasiado franca para un Presidente de Gobierno. Se publicó en 1997 cuando su mente ya se había cubierto de niebla. La voz de ese Suárez agotado y acosado por Tirios y Troyanos, que más que a un periodista parece hablar a un psiquiatra, resuena hoy con acentos de ultratumba. Lo que dice bien podría aplicarse a nuestras actuales circunstancias. Su cansancio impotente hacia las críticas sin fundamento; su hastío ante la ignorancia de los entrevistadores, que más que conocer tus opiniones y razones pretenden convencerte de las suyas; su sensación de desamparo ante el acoso y la incomprensión de la derecha que le reprochaba haber traicionado el sistema político en el que creció, y de la izquierda por no haberlo cambiado drásticamente; su amargura ante las conspiraciones de muchos de los suyos que ya habían pactado su defenestración con Alianza Popular.

Hay en esa, más que entrevista, confesión, algunas frases memorables: “en España las cosas nos entran por el oído y nos salen por la boca, sin pasar por el cerebro”. O, “luché por lograr la convivencia entre los españoles, conciliando intereses y principios, y en caso de duda me incliné por los principios …”. Se sentía “desprestigiado”, y ciertamente fue ridiculizado sin tregua por los que se reían de su ignorancia de la gran política internacional, y le reprochaban su procedencia de las cloacas del franquismo. ¿Recuerdan como se mofaron por su reiterada preocupación por la vulnerabilidad estratégica del Estrecho de Ormuz, paso obligado de los suministros de petróleo a Europa?. Pues no andaba tan desencaminado, y me dicen que los documentos que la administración americana ha desclasificado revelan interesantes conversaciones entre Suárez y el presidente Carter al respecto.

Poco después de esa “non nata” entrevista, Suárez dimitía. En su sucesión estuvimos a punto de embarrancar en el difícil tránsito pacífico desde una dictadura a una democracia “pasando de la Ley a la Ley a través de la Ley”. A punto estuvimos de repetir lo que en su discurso de dimisión nos dijo que quería evitar: “que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España”.

Era tan difícil que entonces parecía imposible. Desatar, bajo la mirada vigilante del Ejército, en medio de la crisis económica y la tormenta terrorista, lo que ése suponía bien atado sin volver a caer en el enfrentamiento civil; conseguir que las Cortes franquistas se hiciesen hara kiri, recuperar a la Generalitat catalana del exilio, legalizar por sorpresa al partido comunista, y sobre todo redactar una Constitución que sentaba las bases de un sistema democrático y de un Estado descentralizado. Pero fue posible, aunque ciertamente no fuera perfecto. No lo hizo solo, aunque en la simplificación épica hayan quedado las figuras de Suárez y el Rey como los únicos autores de la Transición. Hubo muchos más agentes que contribuyeron a ese éxito. Y sobre todo influyó, como dice el propio Suárez, el temor de la mayoría de los españoles de volver a ser de nuevo víctimas de nuestros propios demonios. “Se pusieron tras de mí y se volcaron en el referéndum del 76 porque yo les alejaba del peligro de una nueva confrontación tras la muerte de Franco…”.

Esa posible confrontación tenía sus raíces en tres problemas históricos que parecían irresolubles: el militar, el religioso y el territorial. Por aquel entonces un famoso historiador inglés vaticinaba que serían de nuevo imposibles de resolver. Para intentarlo hacía falta alguien del propio sistema, que lo conociese por dentro y estuviese animado de la voluntad casi temeraria de dinamitarlo también desde dentro. Su nombramiento no fue ese “gran error, inmenso error” con el que fue saludado por las expectativas insatisfechas de quien lo dijo, sino un gran acierto histórico que hoy hay que reconocer.

Cuando tomé posesión de la Presidencia del Parlamento Europeo me definí como un español de la generación que había protagonizado la Transición a la democracia. Era una buena carta de presentación en Europa, y se podía comparar a la liberación de los países del Este en la que había tenido un relevante papel mi contrincante, el ex ministro de exteriores polaco Geremek. Fui uno de los jóvenes socialistas españoles que llegamos a los ayuntamientos en las primeras elecciones municipales democráticas de junio del 79, que fueron también la primera gran derrota de un Suárez que acababa de ganar sus segundas elecciones legislativas. Le vi por primera vez desde la tribuna de las Cortes en el debate de la moción de censura que le presentó González. Los socialistas le acosamos sin cuartel, como un precedente del “váyase Sr. González” que sufrimos 15 años después. No lo llegamos a pronunciar, pero de eso se trataba. Y los suyos nos ayudaron mucho a conseguirlo. Después, entre el 86 y el 91 tuve ocasión de conocerlo y tratarlo en las bancadas y pasillos del parlamento, cuando ambos éramos diputados y yo un joven secretario de Estado de Hacienda. El dejó el escaño poco después de que yo fuera nombrado ministro.

Le recuerdo como una persona afable que me distinguió con su aprecio y cordialidad. Quizás por esa cordialidad y su inteligencia emocional merecía ser considerado un “encantador de serpientes”. Tuvo sin duda que serlo, y afortunadamente lo fue, pero sin llegar a ser un “tahúr del Missisipi” . Y tampoco entró en el Congreso “a lomos del caballo de Pavia”, más bien cuando esa imagen histórica entró en el Congreso bajo el tricornio de Tejero, se enfrentó físicamente a él, y esa imagen caracteriza su figura.

La pregunta relevante en el adiós a Suárez es ¿qué queda hoy de la Transición de la que fue artífice fundamental?. ¿Cuáles de esos tres problemas históricos hemos resuelto y cuáles siguen pendientes, o incluso se presentan de forma más virulenta hoy que ayer? Su agonía coincide con la marcha sobre Madrid de miles de españoles que protestan por las consecuencias sociales y económicas de una crisis que nos ha convertido en el país más desigual de Europa . En Cataluña las tensiones separatistas están más vivas que nunca. La política esta más desprestigiada que en su tiempo. Y el desencanto es mayor, mucho mayor que el que se empezó a acuñar como categoría sociológica, casi inmediatamente después de estrenar democracia.

No lo sabemos. Como Suárez dijo en uno de sus discursos en las Cortes:

“Está el hoy abierto al mañana, mañana al infinito.

Hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana ni el ayer escrito”.