Entre Roma y Kiev

En Ucrania, pagando su precio en sangre, una revolución popular ha conseguido derrocar una dictadura. La idea de Europa ha jugado un importante papel como catalizador de ese movimiento popular. El régimen derribado proponía la aproximación a la Eurasia de Putin, presentada como una unión aduanera pero que en el fondo es una forma de reconstituir la Rusia dominante sobre sus vecinos (“Rusia contra Maidan” de T. Snyder en New York Review of Books).

Frente a esta alianza de sátrapas a las ordenes de Moscú, los estudiantes que en noviembre del pasado año empezaron a concentrarse en Maidan preferían una unión de democracias gobernadas por leyes e instituciones representativas, con sistemas judiciales independientes, donde la corrupción, ciertamente no inexistente, pueda ser denunciada y perseguida y donde la libre iniciativa coexista con sistemas de protección social.

Esta es la idea de Europa que ha servido de faro a muchos pueblos, entre ellos el nuestro, cuando han salido de la noche de sus dictaduras. Una idea que no se reduce a la construcción de un mercado donde cada uno busca únicamente su propio interés. Lo ucranianos levantados contra Yanukóvich no se jugaban la vida para conseguir de Europa un tratado de libre cambio ni fondos estructurales. Les movía la ambición más profunda de compartir un modelo de sociedad que, con todos sus defectos y carencias, ha conseguido la mejor combinación de libertad política, progreso económico y solidaridad social.

Esperemos que la UE ofrezca al nuevo gobierno ucraniano una perspectiva más ambiciosa que el acuerdo de asociación que hasta ahora les habíamos propuesto. Y que la experiencia ucraniana sirva para que los europeos superemos nuestras pequeñas rencillas y entendamos que nuestro objetivo no puede ser construir un mercado perfecto pero que permite a los oligarcas del mundo colocar impunemente el fruto de su rapiña en nuestras plazas financieras desreguladas y opacas.

Los ucranianos aprenderán que esa Europa que ha catalizado sus ansias de libertad no se entiende igual en todos sus Estados miembros. Que hay países euroescépticos y una creciente tentación de repliegue nacional en otros muchos. Que la inmigración es una de las preocupaciones mayores de los europeos asediados desde el Sur y el Este y que el cierre de las fronteras vuelve a estar en el orden del día como demuestra lo ocurrido en Suiza. Que el gran mercado al que reducen la idea de Europa dirigentes como el británico Cameron (cuyo ministro de exteriores por cierto no acompañó a sus colegas franceses, alemanes y polacos a Kiev) favorece la movilidad de capitales y mercancías pero es cada vez más reticente a la de las personas.

Valga el ejemplo del ucraniano Jan Koum, uno de los fundadores de WhatsApp vendido ahora por la friolera de 14.000 millones de euros, cuando llegó a los EE UU hace 20 años, pasó un tiempo comiendo gracias a las food stamps, los tickets comedor para los más desfavorecidos. En el Reino Unido hubiera sido considerado como uno de esos inmigrantes que vienen para aprovecharse del sistema de protección social europeo. Y tal como están las cosas lo más probable es que ni siquiera hubiera podido entrar.

Y mientras en el Este de Europa una revolución popular y sangrienta derriba una dictadura, como hace poco hicieron nuestros vecinos árabes del Sur con las suyas, en Roma una maniobra política palaciega provoca un cambio de gobierno. Es el tercer primer ministro que llega al puesto sin pasar directamente por las urnas.

Cuando Monti reemplazó a Berlusconi, el Presidente del Consejo Europeo H. Van Rompuy, contestaba a las interpelaciones de los estudiantes del Instituto Universitario Europeo de Florencia diciendo: “no hay tiempo para elecciones”. Había que proceder rápido para hacer frente a la presión de los mercados financieros que desconfiaban de la capacidad de Berlusconi de sacar al país de su crisis económica. Dos años y dos primeros ministros después, se argumenta que tampoco hay tiempo para elecciones y que hacerlas con la actual Ley electoral no aportaría mucha más gobernabilidad a un país paralizado por su sistema político.

Después de conquistar, democráticamente a través de unas primarias abiertas, la dirección del Partido Democrático, Renzi no ha querido jugar a la bicefalia, él en el partido y Letta en el Gobierno. Con la decisión que le caracteriza, le ha señalado la puerta a su colega alabando sus 10 meses de Gobierno de coalición pero retirándole el apoyo político de forma tajante. Ni el Presidente de la República ni el propio Renzi querían volver a pasar por las urnas. Demasiado arriesgado con un 5 Stelle que todavía tiene el 20 %de intención de voto. Han preferido practicar lo que los italianos llaman la stafetta que consiste en cambiar de primer ministro dentro de la actual mayoría, aunque el nuevo no se haya presentado a las elecciones.

Es un juego arriesgado. El último caso de stafetta entre dos miembros del mismo partido o coalición fue cuando d’Alema defenestró a Prodi en 1998. Y en realidad abrió la puerta a Berlusconi. Ahora Renzi se va a encontrar con el mismo apoyo parlamentario que tenia Letta, que se ha ido despechado y de cuyos amigos no puede Renzi esperar mucho apoyo. Como mucho puede conseguir algunos votos de la gente de Grillo pero ningún cambio substancial en la aritmética parlamentaria.

Pero quizás las prisas de Renzi están justificadas. Quedarse en la dirección del Partido viendo como otros gobiernan, reducido a tratar de influir su acción podría esterilizarle. Habrá pensado que más vale ponerse una vez colorado que cien amarillo y sentarse en la silla de mando aun a costa de aumentar su fama de dinamitero de la política. Y seguramente tiene razón. Ahora empieza para él lo más difícil. Por el bien de Italia, esperemos que consiga llevar adelante las reformas institucionales que el país necesita, empezando por la de la Ley electoral. En un sistema político en el que la media de duración de los gobiernos es inferior al año, no tiene mucho tiempo para hacerlo.