Algunas buenas noticias

De malas noticias tenemos demasiadas. Hay donde escoger. Por ejemplo la persistente sequía del crédito que atenaza a la economía española y le impide retomar el crecimiento. La financiación bancaria, después de haber caído un 17 %de julio 2012 a julio 2013, seguirá bajando hasta finales del 2015 según la Troika que nos visita. Hemos gastado una fortuna de dinero público en el salvamento de parte de nuestro sistema financiero sin conseguir que el crédito arranque de nuevo. Y ni en cantidad ni en precio volverá a ser como antes de la crisis.

Pero de cuando en cuando conviene ver el lado bueno de las cosas y resaltar las (escasas) buenas noticias que se producen en medio de la crisis político-económica general. Además se acerca el fin de año y hay que tener algo que celebrar. Y algunas cosas positivas han ocurrido recientemente en la escena europea e internacional.

Primero, el acuerdo, todavía interino, firmado entre Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, más Alemania, sobre la cuestión nuclear. En cierto modo una sorpresa y en todo caso un acontecimiento cuya importancia geoestratégica se compara a la apertura de EE. UU. a China en 1972. El mundo empezó a cambiar porque los EE. UU. querían salir de su cenagoso campo de batalla del sudeste asiático y aislar a la URSS. Pero entonces nadie se sintió traicionado como ahora se sienten Israel y Arabia Saudita que hasta la víspera del acuerdo lo creían imposible

Parece que, por primera vez desde el fin del apartheid en África del Sur (gracias, Mandela) una política de sanciones tiene éxito. Pero además cuenta que los EE.UU. están a punto de conseguir su independencia energética gracias al shale gas y los asuntos de Oriente Medio ya no son tan estratégicos.

Segundo, en la escena europea tenemos dos buenas noticias. Merkel ha aceptado instaurar un salario mínimo legal y Bruselas llama la atención a Alemania por sus superávits comerciales excesivos. Lo primero es parte del precio a pagar para el acuerdo de coalición con el SPD. Lo segundo es consecuencia de lo dispuesto en la vigilancia europea de los desequilibrios macroeconómicos excesivos. Y un superávit puede ser un desequilibrio a corregir tanto como un déficit, aunque estemos mas acostumbrados a la segundo que a lo primero. La regañina de Bruselas no ha sentado bien en Berlín. Para su ministro de Hacienda es como si se exigiese al Bayern “jugar menos bien y marcar menos goles”. Pero no se trata de que Alemania exporte menos sino que importe más. Para lo cual hace falta que los alemanes consuman más y para ello que tengan más renta disponible. A ello debe contribuir el salario mínimo (8,5 €/ hora). La economía europea en su conjunto puede aprovechar el estímulo de la demanda interior alemana. En el fondo lo que Bruselas le pide a Berlín es que ponga un poco de política económica europea en su economía y que ajuste su gestión económica a las ventajas que le reporta su “supercompetitividad” en un régimen de cambios fijos que impide a los países deficitarios ajustar la suya.

Pero no es seguro que el salario mínimo alemán sea la tabla de salvación de Europa. Primero porque se va a implantar en el 2015 y segundo porque sus efectos pueden ser más moderados de lo que se espera. Al menos esta es la opinión de muchos de mis amigos alemanes con los que he tenido estos días ocasión de debatir al respecto.

La decisión de implantar el salario mínimo en Alemania es fundamentalmente política. Pero con importantes consecuencias económicas. Se estima que la industria exportadora alemana aumentara sus costes salariales un 2%, menos que el objetivo de inflación media en la Eurozona. Además la industria alemana ya ha deslocalizado en el Este la parte de su producción con menos valor añadido. Y en ello reside parte de la recuperación de la competitividad coste alemana desde mediados de los años 2000. Por ello el sobrecoste para los grandes grupos industriales, según el instituto alemán DIW, será inferior al 1 %.

Pero los proveedores de esos grandes grupos y las empresas de servicios sufrirán más el impacto de la medida. Si consiguen trasladar el sobrecoste a sus clientes la industria alemana perderá un poco de competitividad/precio. Los sectores en los que el precio cuenta más que la calidad, la innovación o la imagen de marca, como la agricultura, sufrirán más.

Su efecto sobre el consumo de los alemanes también es objeto de debate. El 17 % de los asalariados alemanes gana hoy menos de 8,5 €/hora. De ellos debe venir el aumento del consumo. Se estima que su salario medio bruto deberá aumentar un 37 %. Pero el aumento del salario neto será mucho menor porque el impuesto sobre la renta es muy progresivo. Teniendo en cuenta la precariedad del trabajo mal pagado alemán (los ya famosos minijobs) y el aumento que puede producir en los precios de los bienes de consumo, el efecto sobre la demanda neta será limitado.

El efecto sobre el empleo dependerá de la capacidad de las empresas de absorber este sobrecoste. La controversia es grande y algunos economistas anuncian que la medida acabara con el “milagro alemán”. Una gran exageración defendida por la visión neoclásica de que el salario mínimo destruye empleo. En realidad Alemania no da un salto en el vacío. En los últimos 15 años se han establecido salarios mínimos en muchos sectores sin que el desempleo aumentase en ellos. El salario mínimo legal para todos no destruirá el modelo alemán pero tampoco reducirá las desigualdades crecientes ni la pobreza.

Pero aunque el impacto sobre la economía europea sea menor de lo anunciado, estamos ante un cambio significativo en la política económica alemana desde que hace 10 años Schroeder empezase a apretar el cinturón salarial. Junto con la llamada de atención de Bruselas, configura un cambio de escenario en Europa como el acuerdo con Irán cambia el escenario geopolítico mundial. No es el principio del fin de la preponderancia del modelo alemán pero no deja de ser una buena noticia.