La otra crisis

Además de la crisis financiera/del euro/de la Deuda/del bajo crecimiento y del alto paro y de la deflación que viene, la otra gran crisis es la del clima. Pero parece que nos hayamos olvidado de ella y las urgencias económicas la han borrado de la agenda política.

Que no le demos la prioridad que merece no quiere decir que se haya resuelto. Al contrario, los científicos y las catástrofes climáticas nos recuerdan que no ha hecho sino agravarse. Pero lo que está ocurriendo estos días en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático en Varsovia muestra la incapacidad del sistema político global para reconocerlo y actuar.

En realidad, sin los muertos del tifón Haiyan en las Filipinas, la Cumbre de Varsovia hubiera pasado bastante desapercibida. Los negociadores expresaron su emoción ante la catástrofe, como lo hicieron hace un año por la víctimas del ciclón Bopha. Pero esta nueva catástrofe climática no cambiará el guión de Varsovia del que solo se esperaba seguir preparando el terreno para alcanzar en el 2015 en París un acuerdo global de carácter vinculante para evitar que la temperatura media de la Tierra aumente mas de 2°C. Y, siendo realistas, eso depende fundamentalmente de un acuerdo entre China y EE.UU., más de lo que se avance en Varsovia desde una perspectiva multilateral.

Parece que ni siquiera eso, porque los países emergentes y las dos grandes ONG que canalizan la preocupación ciudadana por el cambio climático están a punto de abandonar la Conferencia, si no lo han hecho ya cuando se publique esta crónica digital.

La percepción del problema del cambio climático ha cambiado mucho desde la fallida cumbre de Copenhague en el 2009. Esa fue la última vez que los gobiernos del mundo acudieron en masa a una Conferencia sobre Cambio Climático. El premier británico Brown la calificó como “la última oportunidad de salvar el planeta”. Esperemos que haya otras, porque en Copenhague no nos pusimos de acuerdo sobre como salvarlo. Y desde entonces las cosas no han mejorado. En la Cumbre de Doha solo se pudo acordar prorrogar Kioto hasta el 2020 pero con una obligaciones muy reducidas a las que solo están sometidos los países de la UE, Australia y Noruega.

O incluso han ido a peor porque ahora Australia está en pleno desmantelamiento de sus instrumentos de lucha contra el cambia climático. Su primer ministro no irá a Varsovia, se queda en Camberra para defender su primer proyecto de Ley que propone suprimir el emblemático impuesto sobre el carbono que estableció el anterior gobierno socialista. Además de recortar el presupuesto de apoyo a las energías renovables y suprimir la Clean Energy Finance Corporation. En su lugar un sistema de subsidios directos para reducir emisiones permitiría alcanzar un 5 % de reducción en el 2020. Un objetivo paupérrimo frente al 25 % previsto.

Y por si fuera poco, Japón anuncia que aumentará sus emisiones un 3 % con respecto a 1990 como consecuencia del apagón nuclear post Fukushima que ha relanzado el consumo de carbón. Lejos queda también la ambición japonesa planteada en Copenhague de reducir un 25 % las emisiones.

Paradójicamente, el país que más va a reducir sus emisiones es EE.UU., uno de los más opuestos al protocolo de Kyoto que no llego a ratificar. Pero su virtud proviene de la shale gas revolution que le ha permitido substituir masivamente carbón por esa nueva fuente de gas de la que no se tenía noticia hasta hace poco.

Pero el carbón que ellos no queman nos lo exportan a Europa donde el consumo está aumentando enormemente y compensando con las mayores emisiones que produce la disminución generada por la caída de la actividad. En Europa la crisis ha planteado necesidades más acuciantes y la UE parece dispuesta a priorizar la competitividad reduciendo costes de producción energética a cambio de menores exigencias en la reducción de emisiones El mercado de los derechos de emisión se ha derrumbado hasta llegar a 3 €/Tn de CO2 cuando para penalizar adecuadamente las emisiones debería estar, como se esperaba en los 30 €/Tn.

El impulso a las energías renovables disminuye mientras el mundo se gasta 545.000 millones de dólares en subvencionar las energías carbonadas. El carbón sigue representando el 27 % de la energía consumida en el mundo. China consume ya la mitad del carbón mundial y aumenta su uso a un ritmo del 6 % anual.

De manera que entre unos y otros las emisiones siguen aumentando y en mayo pasado alcanzaron las 400 partículas por millón (ppm). ¿Cuánto tiempo se puede seguir así?. Por primera vez el PCC (órgano científico de la ONU sobre cambio climático) nos ofrece un cálculo del tiempo que nos queda para reaccionar antes de que sea demasiado tarde.

Según el IPCC, para tener una probabilidad del 50 % de evitar que la temperatura media de la Tierra no aumente mas de 2°C , hay que limitar las emisiones futuras a un máximo maximorum de 1.450 miles de millones de toneladas equivalentes de CO2. Y teniendo en cuenta que actualmente cada año emitimos 50 miles de millones, al ritmo actual en 30 años habremos agotado el límite máximo de emisiones. O antes, si el ritmo sigue aumentando como ahora.

Para mantenernos dentro del “carbón budget” del que está dotada la Humanidad, habría que proceder a cortes agresivos en las emisiones. Pero para ello hace falta una gran voluntad política y una cooperación internacional que brilla por su ausencia. Hace años se podía esperar que fuese la escasez de los recursos lo que nos obligarían a cambiar de comportamiento. Pero con las nuevas fuentes de combustibles carbonados desde el shale gas al petróleo del Ártico o las arenas bituminosas de Canadá y con una economía mundial que parece asimilar bien un coste del petróleo a 100 $/barril , el planeta puede contar con un siglo de energía carbonada para seguir aumentando su consumo energético y sus emisiones. Para evitarlo haría falta poner un precio a la externalidad negativa que representa la emisión de CO2 de forma a penalizarla y equilibrar los costes reales de las diferentes fuentes de energía. Pero en eso han fracasado los mecanismos de cap and trade, para que fuese el mercado el que asignase un precio al CO2 emitido. Habrá que volver a los mecanismos fiscales que en su día fueron rechazados por la confianza en el mercado como forma de orientar las decisiones económicas.

Pero tampoco la vía fiscal parece muy prometedora a la vista de lo que está pasando en Australia, de la incapacidad de la UE de ponerse de acuerdo y del rechazo a las iniciativas tomadas en solitario como en Francia.

Frente a la crisis climática la Humanidad esta prisionera de la contradicción ente la lógica cortoplacista de la acción política y el largo plazo en el que se plantea el problema. Vivimos pendientes de la decima de crecimiento del último trimestre, la prima de riesgo de mañana y de las próximas elecciones. Hay formas de actuar que responden a la vez a las exigencias del corto y el largo plazo, como los programas de ahorro y eficiencia energética a través de la renovación térmica de los edificios que crean empleo, reducen la factura energética y ahorran emisiones. Pero en estos tiempos de restricciones presupuestarias también estos programas carecen del apoyo que necesitan.

En el fondo, la gran cuestión que plantea el cambio climático es la de la equidad en un mundo cada vez más desigual dentro y entre los países. El discurso de la lucha contra el cambio climático se convierte en inaudible cuando los ricos derrochan y los pobres no acceden a los niveles mínimos de una vida digna. Si a la atmósfera solo le queda una capacidad limitada y escasa de almacenar CO2 sin que se provoque una catástrofe que nos afecte a todos, aunque a unos más que a otros, es lógico que se planee quién tiene más responsabilidad porque en el pasado usó más esa capacidad de almacenamiento. Y la pugna entre los países emergentes y los desarrollados no se resuelve porque una solución justa implica un esfuerzo muy diferenciado entre ellos y/o trasferencias de renta compensatorias que se prometen pero no se realizan.

No se esperaba que Varsovia fuese el éxito necesario que no se alcanzó en Copenhague. Pero al paso que vamos puede ser un nuevo fracaso y marcar un nuevo retroceso en un acuerdo global que reparta equitativamente los costes de la adaptación climática del planeta. Para conseguirla hace falta un cambio en las actitudes políticas y mucha más cooperación de la que los agentes económicos y estatales están dispuestos a ofrecerse mutuamente. Pero desgraciadamente nuestro mundo esta más predispuesto y preparado para competir para apropiarse del crecimiento que crea empleo para la gente y poder para las naciones, que para cooperar incluso ante una crisis de la gravedad que se nos anuncia.