Lampedusa, la indignación y la acción

En el debate parlamentario en el que le ganó la partida a Berlusconi, el primer ministro italiano Letta recordó que las dos próximas presidencias de la UE del 2014 serían las de Grecia e Italia. Y que, aprovechando esa circunstancia, entre los dos países harían que Europa se acordase de que existe el Mediterráneo.

Mal le valía no haberlo dicho. No ha hecho falta esperar al 2014 para que otra tragedia relacionada con la inmigración ilegal le recuerde a Europa que el Mediterráneo es una olla a presión. Pocos días después de las palabras de Letta, 230 cadáveres de emigrantes ilegales procedentes de Egipto y del cuerno de África (Eritrea y Somalia) flotaban en las aguas de Lampedusa. Otros tantos han desaparecido. Y la tragedia se repetía dos días más tarde.

El Mediterráneo es un sistema económico y social desequilibrado por las políticas de austeridad impuestas a los países en crisis de su ribera norte. Y también porque en la ribera sur hay millones de personas dispuestas a jugarse la vida para intentar llegar a El Dorado europeo. Para ellos, visto desde su dramática situación y la sus países, Europa lo sigue siendo a pesar de la crisis.

Todos los días algunos mueren intentándolo. Pero solo cuando la cifra pasa de un cierto umbral crítico se convierte en noticia que turba nuestras conciencias al menos el tiempo de un par de telediarios. Y entonces surge la emoción porque nadie pude quedarse insensible al drama de centenares de víctimas, hombres mujeres y niños, ahogados a pocos centenares de metros de la costa. La emoción y la cólera, que nos hace decir que eso no se debe repetir. Como tantas veces lo hemos dicho en el pasado sin que nada cambie.

Y si cambia es a peor. Se calcula que en los últimos diez años unos 18.000 emigrantes ilegales se han ahogado en el Mediterráneo intentando cruzarlo. Y según Frontex, en lo que va de año lo han atravesado unos 30.000 inmigrantes hacia las costas de Italia o de Malta. El doble que el año pasado. Y a medida que la situación en Siria, Eritrea y Egipto se siga pudriendo, serán muchos más.

Hay cosas que no cambian. Hace años estuve en Lampedusa visitando el centro de “retención” de los inmigrantes ilegales que allí llegan. Los había, es verdad, peores como el de Malta. Una misión de parlamentarios europeos denunció esa situación bastante generalizada en la que los centros españoles eran la honrosa excepción. La UE ayudo a reformarlo y ampliarlo dadas las penosas condiciones del centro. Pero después la llegada de inmigrantes ha vuelto a desbordar su capacidad. Dimensionado para acoger 250 personas, antes de la última tragedia rebosaba con más de 1.000.

Cuando empezó la primavera árabe, de la que ya queda poco, unos cuantos miles de tunecinos desbordaron Lampedusa. Entonces no murió nadie, pero el gobierno de Berlusconi aprovechó la situación para excitar el sentimiento antiinmigrante y trató de sacárselos de encima dándoles un billete de tren para Francia. Esta reaccionó cerrando la frontera saltándose a la torera los acuerdos de Schenguen.

Cabalgando sobre las emociones del momento, Berlusconi acudió a Lampedusa para anunciar que era tan solidario con la isla que acababa de comprarse allí un piso (sic). Pero tomó acciones más fuertes que la de comprarse un piso en Lampedusa. Endureció la Ley Bossi-Fini del 2002, (Bossi, entonces jefe de la xenófoba Liga Norte, y Fini entonces jefe de los postfascistas de Alianza Nacional). De acuerdo con esa Ley en Italia la inmigración ilegal, y quienes les socorran, está tipificada como delito.

En su aplicación, y por mucho que eso aumente los sentimientos de indignación, los sobrevivientes de Lampedusa serán juzgados acusados del delito de inmigración ilegal y deberían pagar fuertes multas.

Parece que el drama ha puesto la Ley Bossi-Fini en cuestión. Juntando los votos del PD y 5 Stelle se podría cambiar. Pero el no-líder de 5 Stelle ya ha dicho que no cuenten con él para eso porque cree que la mayoría de los italianos, a pesar de la emoción del momento, están en el fondo de acuerdo con acciones represivas de la inmigración ilegal.

Tampoco es seguro que Letta se quiera arriesgar a romper de nuevo su delicada entente con el partido de Berlusconi en el post-berlusconismo. Al menos ha anunciado una operación militar-humanitaria para que la marina italiana vigile el estrecho de Sicilia más intensamente.

Algo parecido propone la Comisión Europea. Establecer una “gran operación de salvamento” en mar para evitar las víctimas de esos naufragios. Pero, ¿serán esas acciones suficientes frente a un fenómeno que no hará sino aumentar en el futuro inmediato? Es dudoso, los testimonios de los que actúan frente a esos naufragios son claros: en cuanto ven un barco europeo se tiran al mar porque saben que en Europa todavía aplicamos la obligación de ayuda a personas en peligro.

Se corre el riesgo de que esas operaciones de salvamento sean un incentivo adicional para que los desesperados se echen al mar cualesquiera que sean las condiciones para salir de su infierno y llegar a la rica Europa.

En nombre de la “obligación de proteger”, Europa debería ir más allá frente al problema de los flujos de inmigrantes desesperados que tratan de cruzar el Mediterráneo. Por supuesto la solución de largo plazo es erradicar el mal en origen promoviendo el desarrollo económico y la estabilidad política en los países de origen. Pero largo me lo fiáis. En los últimos años esas situaciones no han hecho sino empeorar. Y no se convencerá a los que intentan la travesía, ni a sus familiares que se lo financian, que se esperen a que las cosas mejoren. Además, todos o casi todos los países europeos han reducido su ayuda al desarrollo sacrificándola en el altar de la crisis. España más que nadie. Se sanciona a los Estados si no cumplen con sus obligaciones de disciplina presupuestaria pero no pasa nada si incumplen sus obligaciones y compromisos internacionales de ayuda al desarrollo.

Más allá de la emoción y de la indignación del momento, la acción debería dirigirse a atacar, con todos los medios, a los comerciantes de esa inmigración, a los que la toleran y a los que la facilitan. Ayudar a los que la combaten, lo que quiere decir intervenir en los puntos de origen de esos barcos-suicida. ¿No ha habido acaso una operación militar exitosa contra la piratería a lo largo de las costas de Somalia?

Es de temer que la acción consistente en reforzar la vigilancia marítima y de dar más competencias a Frontex no sea suficiente. Ya lo hemos hecho, o dicho más que hecho, en el pasado. Cierto que no hay solución fácil. Para empezar Europa debería entender que el problema no afecta solo a los 10 países de la UE que concentran el 90 % de las demandas de asilo. La solución solo puede venir de una enérgica combinación a escala de la UE de políticas condicionadas de ayudas humanitarias y al desarrollo, de una vigilancia reforzada, de mayores medios de atención a los inmigrantes y sobre todo, a corto plazo, de la lucha contra los traficantes de mano de obra.