De hada a madrastra

Desaparecido ha Berlusconi de la política italiana después de que la rebelión de sus propias tropas le impidieran derribar al gobierno Letta. Los diputados que le han abandonado en la última de sus peripecias habrán pensado que con las cosas de comer no se juega. Alguno se lo preguntaba retóricamente en declaraciones a la prensa: ¿y a mi quién me paga il mutuo? (como en Italia se llama a la hipoteca).

Una disolución del Parlamento hubiera puesto en peligro la reelección de varios berlusconianos que hubieran perdido el derecho a la generosa pensión vitalicia que allí tienen los diputados y senadores simplemente con agotar una legislatura.

Quizá ahora la política italiana recupere un poco de normalidad. Falta le hace porque el país se hunde en la recesión y la desafección hacia la clase política es mayor que en otros países europeos incluido el nuestro. Y dentro de poco le toca presidir el Consejo Europeo, justo cuando las elecciones deberían permitir que se propongan alternativas a las denostadas políticas de austeridad.

Mientras en Berlín los socialdemócratas se piensan si les conviene pasar por segunda vez por el abrazo del oso (con perdón) de la Sra. Merkel. La primera coalición sentó las bases de su derrota electoral porque los electores no consideran creíble sus propuestas alternativas. Sobre todo después de que fueran los socialdemócratas los que iniciaran con Schröder las reformas laborales que ahora pretenden imponer al resto de Europa.

Credibilidad en las alternativas que se proponen. Esta es la cuestión crucial que se plantea hoy en la política española y europea. Lo demuestra el reciente barómetro del CIS cuando detecta que una gran mayoría no cree que el actual liderazgo de la oposición socialista hiciera cosas muy diferentes si volviera al gobierno.

La cuestión de la credibilidad y de la diferenciación de las propuestas tendrá una gran importancia en las próximas elecciones europeas porque, con respecto a Europa, la crisis nos ha hecho pasar del entusiasmo a la desafección. Y no solo aquí, en Francia se temen un triunfo de Le Pen, en el Reino Unido del UKIP, el partido euroescéptico que pide la salida de la UE, en Italia de nuevo el movimiento 5 Stelle y en muchos países una abstención masiva.

Se puede lamentar esta situación pero sobre todo hay que preguntarse por sus causas y razones. Y la pregunta es si la “Europa real”, no la que nos podemos imaginar en el mundo de los deseos, sino la que emerge de las políticas con las que se está haciendo frente a la crisis, se corresponde con los valores de la izquierda. O si en la práctica es un elemento más que concurre al debilitamiento de la democracia y de los sistemas de protección social en su dimensión nacional sin haberlos construido al nivel supranacional.

Hay que abordar con franqueza esas cuestiones, y de hecho numerosos grupos de reflexión lo están haciendo, buscando una nueva razón de ser para Europa que no sea evitar las guerras del pasado y una explicación a los cambios necesarios para hacer viable una unión monetaria al servicio del progreso social.

Esta reflexión es especialmente necesaria aquí en España, porque hemos sido un país fundamentalmente europeísta antes de recibir subvenciones. Aislados por la dictadura franquista, para los españoles de mi generación Europa representaba la combinación de libertad política, solidaridad social y progreso económico que anhelábamos. Y en la UE hemos vivido el mejor periodo de nuestra historia moderna. A ello han contribuido las ayudas que hemos recibido y la trasferencia de credibilidad que nos hizo el euro.

Pero la “eurocrisis” ha cambiado de forma negativa la percepción del proceso de integración europea. La UE aparecía ayer como una hada buena que distribuía ayudas y ahora como una madrastra implacable que exige disciplinas dolorosas.

Hemos aprendido que se puede cambiar de gobierno pero no de políticas, porque estas se deciden en otras instancias sobre las que no se tiene control. Por exigencia del BCE tuvimos que modificar la Constitución aprisa y corriendo en pocos días. Y autoridades europeas con una escasa legitimidad de origen nos sermonean continuamente sobre cuanto subir nuestros impuestos y cuanto bajar nuestras pensiones y salarios.

Sí, la desigualdad y la precariedad han crecido notablemente en toda Europa y España se ha convertido en el segundo o tercer país más desigual de la UE. Han aumentado los impuestos de las rentas del trabajo frente a las del capital. Y, sin la flexibilidad del tipo de cambio, las normas sociales han servido de variable de ajuste para hacer frente a las dificultades de un schok macroeconómico asimétrico.

La legitimidad de resultados que aportaron los primeros años del euro se ha perdido ante las graves consecuencias económicas de la crisis. En España el 67 % cree que las políticas aplicadas no están produciendo resultados positivos. El 18 % que su voz no cuenta para decidir democráticamente las políticas europeas. No hay perspectivas de crecimiento que permita absorber los insostenibles niveles de paro y la promesa de una prosperidad continuada ha desaparecido. Las clases sociales a las que la izquierda pretende representar son las más afectadas por esta negativa evolución. Pero los resultados electorales muestran que la izquierda no es capaz de representar ese sufrimiento social y movilizar los apoyos de los perjudicados por la nueva crisis del capitalismo. Una crisis en la que los banqueros no se suicidan sino que son salvados con ingentes aportaciones de dinero público sin conseguir que se reactive el circuito del crédito.

Todo ello explica la creciente desafección con la integración europea. La confianza en la UE ha caído al 31 % desde el 57 % del 2007 y el 46 % está insatisfecho del funcionamiento democrático de las instituciones europeas. Pero las mismas encuestas muestran que los europeos del euro no quieren volver a sus monedas nacionales. Quizá piensan que fue un error, o que no lo supinos administrar, pero son conscientes del coste de una ruptura y marcha atrás. O porque intuyen que sería más difícil todavía sobrevivir solos en el mundo global. Como si en el fondo estuviesen convencidos de que la respuesta a sus problemas hay que encontrarla en un espacio más amplio que el nacional. Y que la necesaria alternativa a las políticas de austeridad recesiva hay que construirla en Europa.