Entre Bárcenas y Merkel

Los dos personajes del título de esta reflexión veraniega tienen poco en común. Más bien nada. Pero parece como si nuestra suerte política y económica estuviese irremediablemente ligada a lo que digan o hagan. El uno desde la cárcel de Soto del Real y la otra desde la Cancillería federal alemana.

Cuando llegue septiembre Bárcenas seguirá en la cárcel y Merkel, con toda probabilidad reelegida, volverá a regir los destinos de Europa. Pero mientras tanto, Rajoy espera que la pausa veraniega nos haga olvidar a Bárcenas. Y que haya sido suficiente con, al fin, pronunciar su nombre y reconocer su error al nombrarlo tesorero de su partido, mantenerlo durante años, reafirmarlo, presentarlo como un dechado de virtudes, proclamar que sería imposible demostrar su no-culpabilidad, guardarlo en nómina, pagarle los abogados y reconfortarle personalmente incluso cuando ya se sabía que tenía importantes capitales ocultos en Suiza.

Un error que por lo visto no tiene consecuencias políticas y cuyo reconocimiento fue acogido con estruendosos aplausos desde su bancada parlamentaria. Se supone que los errores, sobre todo si son de esa talla, deben ser más bien censurados. Pero no, nunca error fue tan aplaudido como el de Rajoy con Bárcenas.

En cualquier país  con normales exigencias democráticas, una conversación en la que un primer ministro reconforta, le pide que no se ponga nervioso y le asegura que “hacemos todo lo posible” (¿y qué es lo que no es posible?) a una persona de la que ya se sabe que posee grandes capitales ocultos a Hacienda, como mínimo, de procedencia desconocida, debería dimitir de sus responsabilidades. Hagan si no el ejercicio mental de suponer que en lugar de Rajoy está Merkel hablando con un hipotético Bárcenas alemán, e imaginen lo que le pasaría. Claro que Merkel gobierna un país donde los ministros dimiten por plagiar párrafos de sus tesis doctorales.

Pero los estándares de nuestra democracia son menos exigentes. Y se puede evitar asumir cualquier clamorosa responsabilidad política escudándose detrás de las responsabilidades penales todavía no demostradas. Como si ambas fuesen equivalentes o la una dependiera de la otra. Rajoy está blindado por su mayoría parlamentaria y espera que a la vuelta del verano las aguas hayan vuelto a su cauce y Bárcenas no pueda aportar más pruebas de sus acusaciones. Y Merkel se ha ido de vacaciones con un amplísimo margen de ventaja en las encuestas esperando que a la vuelta los alemanes confirmen en las urnas su apoyo a las políticas punitivas y moralizantes promovidas por el  gobierno alemán para los países en crisis.

Estas políticas son las responsables de que media Europa no haya salido todavía de la recesión, casi 4 años después del inicio de la crisis en Grecia. Alemania dispone hoy de un liderazgo incontestado en la Europa del euro y lo ha usado para  exigir políticas que han contribuido a agravar y prolongar la crisis. Cierto que al final, después de decir muchas veces no, Merkel ha acabado cediendo en muchas cosas y aceptando medidas que han permitido dotar al euro de una estructura más racional. Queda mucho por hacer, sobre todo desde el punto de vista del control democrático de los mecanismos económico-financieros de la nueva gobernanza del euro. Gracias a ellos se ha podido vencer la especulación sobre las deudas públicas, que no es poca cosa. Tanto que incluso la sospecha de inestabilidad política que lo que Bárcenas pueda contar proyecta sobre el Gobierno español, o la condena de  Berlusconi sobre el italiano, o las sucesivas rupturas de los gobiernos de coalición en Portugal, no han significado un aumento de las primas de riesgo de estos países.  Este verano no se parece en nada  a los del 2011 y del 2012, cuando primero Trichet y luego Draghi salvaron al euro con sus intervenciones en los mercados secundarios de la deuda pública.

Pero si la especulación que hizo tambalearse al euro parece vencida, la recesión se agrava y las exigencias de ajuste fiscal y laboral continúan presentándose como la única terapia posible, que se supone que cura precisamente porque inevitable y necesariamente debe doler. A este discurso ha contribuido estos días el informe del FMI reclamando una drástica reducción de los costes salariales en España como única solución al problema del paro. Y a ello se ha sumado con entusiasmo el Comisario Olli Rehn. Aunque la Comisión se ha apresurado a aclarar que su defensa de esas políticas era solo una opinión “personal”. Pero, ¿cómo puede el Comisario responsable de la económica dedicarse a pedir a “título personal” que se apliquen políticas de esa gravedad tachando de irresponsables a los que no lo hagan? Alguien debería decirle que sus opiniones “personales” se las guarde, porque solo nos interesan en la medida en que las convierta en políticas aprobadas por el Colegio de Comisarios.

Pero la cabra tira al monte. Y Rehn se ha apuntado a las recomendaciones del FMI para España porque responden al mantra de que el ajuste fiscal y el ajuste en los costes laborales son las únicas vías de salida de la crisis. Sin embargo, el pensamiento único en torno a la reducción acelerada del déficit fiscal empieza a resquebrajarse. El FMI ha reconocido que se equivocó al propiciar unas políticas de austeridad fiscal excesivas para Grecia. Y ahora en sus recomendaciones para Francia pide que disminuya el ritmo de reducción del déficit público porque está contribuyendo a demorar la salida de la recesión. De eso no parece haberse enterado el Sr Comisario, o al menos no le hemos oído aplaudir unas recomendaciones que van en línea contraria a las políticas cuya aplicación exige. Y en lo que respecta a Alemania, el FMI pide que no exagere en su virtud y que reduzca sus desequilibrios exteriores (sí, porque tener un superávit comercial muy grande también es un desequilibrio) para contribuir así a impulsar la demanda de los países en recesión. Tampoco sobre esas propuestas hemos oído aplausos, aunque fuesen a “título personal” del Sr Comisario.

En cambio, el pensamiento único sobre el ajuste de los costes laborales se mantiene fuerte, como si la única alternativa para crear empleo fuese rebajar su coste para ganar competitividad externa. Pero se olvida que el problema hoy en España es de una caída brutal de la demanda, causada por la disminución de las rentas disponibles. Y que una nueva vuelta de tuerca a los salarios la deprimirá aún más. Y nadie emplea para producir si no tiene expectativas de vender, aunque los costes de producción sean más baratos. Olvidar el carácter circular de la economía y que los costes de unos son también fuente de renta para otros y así se mantiene el equilibrio oferta-demanda, aparte de la solvencia de los balances bancarios ,es incurrir en el mismo error que en otras épocas agravo las crisis.