Esperando a Merkel

Cualquiera que sean sus resultados, el Consejo Europeo del 27- 28 de junio dedicado al crecimiento y el empleo refleja un cambio de actitud en el enfoque con el que Alemania ha dirigido las políticas para hacer frente a la crisis del euro. El nuevo énfasis en las políticas de crecimiento y en la creación de empleo se puede poner en el activo de Hollande, que hace ya un año lo planteó con poco éxito, como condición para que Francia ratificara el Tratado fiscal compact.

Alemania y Francia acuden a ese Consejo armados de su acuerdo del pasado 30 de mayo sobre el gobierno económico europeo que incluye diversas medidas de relanzamiento de la economía y de apoyo al empleo juvenil. Llegan muy tarde, con el desempleo en la zona euro batiendo récords por encima del 12 % y con el desempleo juvenil en todos los países intervenidos, o cuasi intervenidos como España e Italia, por encima del 40 %. Pero nunca es tarde si la dicha fuese a ser realmente buena.

No será todo lo buena que sería de desear, pero Alemania ha pasado de oponerse a inscribir una línea en el Presupuesto europeo para el fomento del empleo juvenil a pedir que se acelere la aplicación de los, modestos, 6.000 millones de euros finalmente acordados. Y el programa Erasmus para la formación en alternancia dobla sus recursos hasta 13.000 millones de euros. Alemania acepta hablar de algunos componentes de la llamada Europa social que hace poco eran tabúes, como el salario mínimo europeo. Y en las últimas horas el Eurogrupo ha alcanzado avances importantes sobre la Unión Bancaria.

¿Qué es lo que explica esa aparente inflexión alemana?. Al menos tres razones. Primero la presión política de otros países, con gobiernos de todos los colores, expresada en la reunión previa en Roma de los ministros de Trabajo y Economía de Alemania, Francia, Italia y España. Rajoy acude al consejo fortalecido por el apoyo de casi todo el arco parlamentario al Pacto por Europa PSOE-PP a favor de las políticas de relanzamiento, aunque es posible que eso no impresione demasiado a sus colegas de Consejo.

Segundo la constatación de que las políticas aplicadas hasta ahora no están dando resultado. Hasta los más ideológicamente obsesionados por las políticas de contracción fiscal tienen que reconocer que por ese camino Europa se dirige a un fracaso económico con graves repercusiones sociales. Y tercera, sin duda la más importante, la proximidad de las elecciones alemanas que obligan a Merkel a un cierto giro social.

Y lo hace sabiendo que tiene el viento a favor. Si fuese a ser elegida Canciller federal en unas elecciones de sufragio universal directo, como el Presidente de la República en Francia, Merkel lo sería con notable ventaja en la primera vuelta. Las encuestas dicen que casi el 60 % de los alemanes votarían por ella frente a 18 % para su rival socialdemócrata Peter Steinbrük.

Merkel is doing a good job es una opinión generalizada entre mis amigos alemanes que no la asimilan, como se suele hacer desde fuera de Alemania, con la “dama de hierro” británica M. Thacher. Al contrario, tanto sus partidarios como sus adversarios se refieren a ella con el apelativo más bien cariñoso de mutti (mamá).

Pero Merkel solo será elegida diputada y su partido, la CDU, es menos popular que su líder. Por ello probablemente tendrá que recurrir a alguna clase de coalición. A los socialdemócratas les ocurre lo contrario, su candidato es menos popular que la marca del partido y el SPD podría alcanzar el 25 % del voto. Quizá no sea suficiente para ser la pareja de baile de Merkel.

Merkel preferiría seguir bailando con los cada vez más irrelevantes liberales. Pero es dudoso que lleguen a superar el 5 %. Los socialdemócratas sueñan con que el empuje de los “verdes”, acreditados con el 14 % de la intención de voto, les permita repetir la alianza Schroeder-Fisher que realmente fue la que inicio las políticas de austeridad, congelación salarial, creación de los mini jobs y reducción de prestaciones sociales. Puede que al final el resultado permita que sea Merkel la que se alíe con los Verdes. A fin de cuentas su polémica renuncia a la energía nuclear le aproxima a las posiciones de un partido que en Alemania gana cada día más apoyo entre las clases medias.

Ante esa incertidumbre, es evidente que tanto la CDU como el SPD presentan programas que les permitan gobernar juntos si falta hiciera. A pesar de que la propaganda de sus adversarios les acuse de lo contrario, los socialdemócratas están tan en contra de los eurobonos, de la transfer union y de las garantías comunes a los depósitos bancarios, como lo ha estado Merkel. Steinbrük es perfectamente consciente de que defender esas propuestas, como hacen sus colegas socialistas del resto de Europa, le costaría un montón de votos. Por eso el resto de los europeos nos hacemos quizá ilusiones vanas sobre lo que significaría un gobierno del SPD.

Por su parte, Merkel parece copiar varias de las ideas socialdemócratas, desde el salario mínimo hasta una política expansiva del gasto publico invirtiendo en infraestructuras. El coste de sus promesas electorales se estima en 28.000 millones de euros, un “cuento de hadas” según el SPD. Pero seguramente la economía alemana se lo puede permitir porque gracias al crecimiento de los últimos años la recaudación supera las previsiones y Alemania se ha estado financiando muy barato, incluso con tipos de interés negativos en algunas ocasiones, gracias a que la crisis la ha convertido en un puerto de refugio para los inversores. Su endeudamiento a crecido pero a pesar de ello paga menos intereses que antes de la crisis. Y no deja de ser paradójico que una oposición socialdemócrata le ponga peros a una política de relanzamiento vía la mejora de las infraestructuras propuesta por un gobierno liberal-conservador.