En manos de Karlsruhe

En la pequeña ciudad alemana de Karlsruhe se juega el futuro de Europa. Y quienes van a decidir sobre él son los jueces del Tribunal Constitucional de la República Federal que deben dictaminar, a demanda de varios ciudadanos alemanes, si el programa de compra de deuda pública en los mercados secundarios anunciado por el BCE en septiembre pasado (denominado OMT por Outright Monetary Transactions) es compatible con los Tratados europeos.

El proceso ha pasado relativamente desapercibido en España pero hace pesar una espada de Damocles sobre la supervivencia misma del euro. Hace unos días se inició la vista del caso, en un escenario bastante aparatoso con los jueces vestidos y tocados con sombreros de rojo chillón y en el banquillo de los acusados nada menos que el presidente del BCE, entre los que apoyaban a la acusación al presidente del Bundesbank y entre los que defendían a Mario Draghi la directora del FMI. Un psicodrama de altos vuelos, difícil de entender y que demuestra a la vez la fragilidad del proceso de construcción europeo y la fortaleza de las instituciones alemanas, donde unos cuantos ciudadanos pueden apelar directamente a su Tribunal Constitucional para cuestionar la política monetaria del BCE.

Si la democracia consiste, entre otras cosas, en la capacidad de control de los Parlamentos sobre las políticas de los gobiernos y en la de los ciudadanos de recurrir a las instancias judiciales para oponerse a ellas, habrá que convenir que la crisis la ha debilitado en casi todos los países europeos pero la ha fortalecido en Alemania. El Bundestag ha aumentado sus poderes y, aunque no nos guste que nuestro destino esté en manos de los jueces de Karlsruhe y no compartamos los puntos de vista de los ciudadanos alemanes que ha ellos han recurrido, hay que reconocer que ya nos gustaría que nuestro Tribunal Constitucional pudiese ser llamado a pronunciarse rápida y efectivamente sobre algunos temas candentes de nuestra vida económica y política.

Claro que lo que puede ocurrir en Alemania es consecuencia de la fortaleza del país y de su indiscutible liderazgo europeo, aunque sea reticente a ejercerlo. Habría que oír lo que dirían en Alemania si en otro país de la UE se pusiese en entredicho ante los tribunales la sacrosanta independencia del BCE, o si uno de los Bancos Centrales nacionales le plantara cara al BCE como ha hecho el Bundesbank ante los jueces de Karlsruhe acusándole de forma contundente de actuar fuera de su mandato. La fortaleza alemana se puso de manifiesto cuando Merkel exigió que sus socios del euro modificasen sus Constituciones para incluir en ellas el compromiso de un déficit estructural prácticamente cero. Porque nuestra posición era extremadamente débil nosotros atendimos inmediatamente esa exigencia, en mi opinión apresurada y equivocadamente. Pero otros países, pequeños pero fuertes como Finlandia, le plantaron cara y no aceptaron modificar su Constitución amenazando con bloquear el Tratado llamado “fiscal compact”. Se lo podían permitir y lo consiguieron porque al final la exigencia quedo rebajada a que el compromiso de déficit cero se recogiese en normas de rango preferentemente constitucional.

Pero volviendo al proceso de Karlsruhe sorprende también que el Tribunal Constitucional alemán pueda por sí y ante si dictaminar si el BCE desempeña correctamente su función. Seria en todo caso un tema de los Tribunales europeos y no sería de extrañar que los de Karlsruhe les pasaran la patata caliente. Aunque también podrían considerar que esa forma de proceder del BCE pone en peligro los intereses alemanes y poner límites a la participación alemana a una Europa así concebida.

También cuesta entender que sea competencia de un Tribunal dictaminar sobre los mecanismos de transmisión de la política monetaria, o el papel de la expectativas de los agentes económicos en la determinación de las primas de riesgo sobre los títulos de Deuda pública de los diferentes países o sobre la existencia de equilibrios múltiples en situaciones de pánico de los inversores, o si los diferentes tipos de interés en los países del euro reflejan sus fundamentales económicos, como argumenta el Bubdesbank, o más bien la pérdida de control del BCE sobre los mecanismos de transmisión de la política monetaria y los riesgos de una presunta salida del euro. Ya son un rompecabezas para los economistas, difícilmente se pueden convertir en un asunto jurídico sobre el que puedan decidir unos jueces. Pero así es y allí me los tienes la mar de aplicados escuchando los argumentos de los economistas llamados a testificar que les explican si o sino se puede considerar que entra en el mandato de la BCE asegurar la estabilidad del sistema financiero y las condiciones monetarias adecuadas para evitar una salida descontrolada del euro por parte de países sometidos a la presión especulativa de los mercados. Entre los economistas que han declarado ante la Corte está Walter Sinn, feroz adversario de las políticas del BCE que argumenta a los jueces que su misión es solo la de garantizar la estabilidad de los precios y no financiar a los gobiernos por la puerta de atrás del mercado secundario.

Pero en realidad en última instancia de eso se trata, de asegurar la estabilidad de los precios que no es solo luchar contra la inflación sino también evitar deflaciones brutales como las que se hubiesen producido por una salida caótica del euro por parte de algún país como Italia o España.

Y además el BCE todavía no ha tenido que comprar un solo título de Deuda pública española o italiana desde que anuncio que iba a aplicar el OMT para llevar a la práctica su decisión de hacer todo lo necesario para defender el euro. Basto con anunciar su decisión de hacerlo para que los mercados cesasen en sus ataques especulativos. Es verdad que al así hacerlo el BCE aparece a efectos prácticos como el prestamista en última instancia que los Tratados no quisieron que fuera. Pero la zona euro necesita esta clase de seguro colectivo contra el pánico en los mercados de la misma forma que todo sistema bancario necesita un seguro de los depósitos para evitar un bank run y que los depositantes alarmados por los rumores sobre la solvencia de un Banco no lo desestabilicen por retiradas masivas de liquidez. Como han argumentado otros economistas ante la Corte de Karlsruhe, el OMT hace el mismo papel para la Deuda pública que hacen las garantías de los depósitos ante una crisis bancaria. Europa ha sido durante mucho tiempo víctima de una crisis de pánico de los mercados sin que los gobiernos tuviesen medios adecuados para hacerle frente. La crisis del euro ha sido en buena medida una crisis panic driven, generada y autoacelerada por reacciones de pánico de los inversores. Ahora con el OMT tenemos un instrumento para hacerle frente y de igual manera que a nadie se le ocurriría suprimir las garantías de los depósitos bancarios, al contrario, con la crisis se han aumentado, en buen lógica económica se debería apoyar el OMT. Pero los jueces de Karlsruhe no van a juzgar sobre la lógica económica del instrumento ni sobre su necesidad, sino sobre si es o no acorde con los Tratados que prohíben al BCE financiar directamente a los gobiernos. Y todo está en el sentido de la palabra directamente. ¿Las compras sin límite, aunque condicionadas, de Deuda pública en los mercados secundarios son una violación del espíritu del Tratado?

Los jueces de Karlsruhe deben tener cuidado de no tirarse un tiro en el pie. Porque si imponen limites a la acción del OMT, o que su acción deba ser previamente aprobada por el Bundestag, pueden invalidarlo ya que su fuerza radica precisamente en su capacidad de actuar sin límites. Y si un gran país tuviese que declararse insolvente la reacción en cadena que se produciría le causaría graves pedidas al BCE y a la economía europea en su conjunto. Todos saldríamos perdiendo, incluidos los contribuyentes alemanes cuya protección ha sido invocada ante su Tribunal Constitucional. Tendremos que aguantar esta espada de Damocles hasta después de las elecciones alemanas porque no habrá sentencia antes pero esperemos que los europeos no nos hagamos el último y definitivo autogol que destruya el euro.