Europa, América Latina y la regionalización del mundo

Los europeos estamos terriblemente ensimismados en nuestra gravísima crisis. De cuando en cuando nos referimos a la globalización como fenómeno al que debemos enfrentarnos. Pero no todo es globalización en la economía mundial. En realidad, el espacio económico mundial vive un doble proceso de integración. Uno de naturaleza global y otro de concentración en espacios regionales de los flujos comerciales, de las inversiones y de los circuitos financieros.

Así se han configurado los cuatro grandes polos de actividad mundial: Norte América, Europa, el Sudeste Asiático y, de una forma menos integrada, América Latina.

Europa inició este proceso en los años 50. En los 90 se extendió al continente americano con la creación (1991) de Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay primero, y otros 6 países asociados después) y en 1992 de Alena, o Nafta en inglés, entre Canadá, EE.UU. y México. Y en 1992 al continente asiático con Asean, que agrupa hoy a 10 países que crearon una zona de libre cambio y tratan de reforzar su cooperación monetaria y financiera con Corea del Norte, China y Japón.

Este proceso de integración regional va más allá del libre cambio. En Europa la regionalización ha tenido un carácter institucional muy fuerte que ha permitido la transferencia de soberanía al nivel comunitario además de impulsar los intercambios entre los países europeos.

En conjunto, la UE de 27 países tiene una tasa de apertura comercial del 12 % del PIB, comparable con EE.UU. Pero la media de cada país considerado individualmente es del 35 % lo que da idea de la intensidad de los flujos comerciales intra UE.

En América Latina y en Asia la integración regional está mucho menos avanzada pero también se considera como una forma de aumentar la autonomía colectiva de los países frente al resto del mundo. Mercosur estuvo muy inspirado por el ejemplo europeo y se fijó como objetivo el desarrollo de un mercado único y políticas comunes en material agrícola, industrial y de infraestructuras. Mercosur trataba también de limitar la dependencia económica de EE.UU. Con la ayuda de Venezuela y de Bolivia, bloqueo en el 2.003 el proyecto norteamericano de crear una zona de libre cambio en el conjunto del continente.

La diplomacia activa de Brasil creo en el 2008 la Unión de naciones sud americanas (Unasur) que unía Mercosur y el Pacto Andino, excluyendo a México demasiado cercano a EE.UU. Ratificado en el 2011 el Tratado que crea Unasur pretende también una unión económica con un Banco del Sur y la cooperación energética regional.

Pero México tomó de nuevo la iniciativa con la creación en el 2010 de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe). Como se ve, la integración regional latinoamericana es muy polifacética como traducción de los liderazgos parciales que la región ha tenido.

En Asia la integración regional tomó una nueva dimensión después de la crisis financiera de 1997-1998. Con una gran capacidad de ahorro y grandes reservas de cambio, los países de la región se han dotado de estructuras para evitar sufrir de nuevo el traumatismo que creó la intervención del FMI. Así, han creado un sistema de swaps de sus divisas entre los Bancos centrales de Asean+3 para ejercer la solidaridad regional en caso de una crisis de cambio.

Los países de Asean han decidido también trabajar juntos para integrar los mercados financieros asiáticos y favorecer el uso de las monedas locales en la financiación de las economías de la región. Todavía no se han propuesto estabilizar los tipos de cambio, objetivo último de nuestro euro, pero hacia ello tenderán una vez hayan recentrado financieramente la zona y desacoplado sus monedas del dólar.

Pero la integración regional asiática choca con el gran problema de cómo hacer frente a la hegemonía china. Cada unión regional tiene su hegemonía, en nuestro caso Alemania. Una forma es reducir la integración regional a su más pequeña dimensión, es decir el libre cambio, o extenderla a países terceros como India o Australia.

Igualmente, en el caso de Alena, el carácter minimalista de la integración, que se reduce a la de una zona de libre cambio con cláusulas añadidas de protección del medio ambiente y de la propiedad intelectual, es la consecuencia de la aplastante superioridad de la economía americana sobre la de sus socios. Un avance sustancial de la integración en un sentido comunitario a la europea se traduciría en pérdidas importantes de soberanía para los dos otros países.

El caso europeo es diferente. Fue fundado sobre la reconciliación franco alemana y durante mucho tiempo ha sido el resultado del equilibrio entre el liderazgo político de Francia y la potencia económica ascendente alemana. Con la adhesión en 1.973 del Reino Unido el equilibrio político se modificó y la integración incorporó una liberalización más completa de los mercados.

Impulsado por el temor a la decadencia industrial de Europa, el Mercado Común se convirtió en Mercado Único en 1.986 para permitir a los actores económicos y financieros europeos posicionarse mejor en el mercado mundial.

La lógica competitiva se extendió a los factores de producción, trabajo y capital pero no fue equilibrada por una armonización de las condiciones fiscales y de la protección social ni por una extensión de los sistemas de negociación colectiva a escala europea.

Después vinieron la reunificación alemana, la unión monetaria y la ampliación al Este. Estos grandes acontecimientos han alterado el planteamiento de la integración. El euro fue un gran avance en la configuración de Europa, de parte de ella al menos, como una potencia económica. Pero ahora constatamos que el euro ha reforzado la posición competitiva de Alemania mientras que los demás países no han podido equilibrar la deriva de sus costes salariales unitarios mediante el ajuste de los tipos de cambio.

La Alemania reunificada ha sacado buen provecho de su posición geográfica central y de la mano de obra bien formada y barata de la Europa Central y del Este para desplegar allí parte de su capacidad productiva e insertarse mejor en el mercado mundial.

Como decía antes, todo conjunto integrado tiene su elemento hegemónico. La crisis del euro ha permitido a Alemania imponer sus puntos de vista en material de gobernanza económica que se sintetizan en el tríptico estabilidad, competitividad, austeridad. El problema es que este enfoque está amenazando con provocar la implosión de la zona euro más que avanzar en la construcción europea.

Distraída, u ocupada en sus problemas internos, la UE no debería olvidar las oportunidades que representa el desarrollo de América Latina. Aunque viene proclamando, desde Río 1.999, que América Latina es un socio estratégico económico y político, en la práctica sigue habiendo una gran diferencia entre las palabras y la acción. Si realmente Europa quiere crear con América Latina un partenariado estratégico birregional, tiene que cambiar radicalmente de posición e impulsar una mayor integración latinoamericana.

América Latina tiene una población de 550 millones de habitantes, una renta per cápita de 4.000 $, inmensos recursos naturales y un importante capital humano. Representa el 8 % del PIB mundial y, aunque esa proporción no se ha modificado apenas desde 1.980, como consecuencia de las crisis y de la década perdida de los años 80, ha crecido más del 5 % en media en los últimos 3 años. Es decir, mientras Europa está sufriendo su “década perdida”, América Latina se lleva bastante bien y ha permanecido bastante al margen la crisis mundial mientras esta afectaba gravemente a Europa.

Los EE.UU. son todavía el principal destino de las exportaciones latinoamericanas, pero China está jugando un papel cada vez más importante para las exportaciones de recursos naturales.

En el 2050, Brasil y México estarán entre las 6 más grandes economías mundiales ¿Es Europa consciente de esta dinámica transformadora de la geonomía global? Seguramente sí pero quizá no todo lo que debiera. Ha estado más preocupada y ocupada en su propia ampliación al Este y ahora por la relación con China e India desde el punto de vista económico y con la agitada vecindad norteafricana desde el punto de vista político.

Este sesgo, y la debilidad que resulta de su crisis, puede hacer que Europa pierda la oportunidad que representa el desarrollo de América Latina. Las instituciones europeas deberían mostrarse más atentas y abiertas a las necesidades de la región si no queremos perder la oportunidad que su desarrollo ofrece.