Europa versus Japón

Mientras la UE se hunde en la recesión, la economía japonesa da señales de despertarse de su largo letargo. El PIB de la Eurozona se contrajo 0,2 % en el primer trimestre de este año. Y ya van 7 trimestres consecutivos de caída. En España se contrajo el 0,5 %, que se añade al 1,4 % del año 2012. Desde el 2008 la caída acumulada es del 6,9 %. En Italia con el 8,6 %, todavía peor. La recesión no afecta ya solo a las economías consideradas periféricas, también a Francia, Holanda, Finlandia y Alemania. Esta última solo ha crecido un 0,1 % en los tres primeros meses del año y empieza a sufrir las consecuencias de la recesión de sus vecinos que son también sus más importantes clientes.

En cambio la economía japonesa acelera. En el primer trimestre 2013 ha crecido el 0,9 % con respecto al último del 2012. Más de lo que se esperaba como consecuencia de la aplicación de lo que se ha venido en llamar la Abenomics (por su nuevo primer ministro Shinzo Abe). En tasa anual el alza alcanza un espectacular 3,5 %. Y 2/3 de este incremento se deben al aumento de la demanda interna.

Es una buena noticia para un país sumido desde hace 20 años en una espiral deflacionista. Y consecuencia del plan de estímulo de la actividad decretado por Abe que conjuga la inversión pública y la inyección masiva de liquidez por el Banco de Japón. El consumo interno aumenta, la Bolsa ha subido un 40 % desde noviembre, el yen se ha devaluado un 22 % con respecto al dólar y las exportaciones han aumentado de forma que la demanda exterior contribuye también al crecimiento.

No todo es de color de rosa, los aumentos de salarios necesarios para mantener el consumo todavía no se han producido y mientras la caída del yen aumenta la factura de las importaciones, especialmente las energéticas, disminuyendo la renta disponible de las familias. Y el endeudamiento público llegará al 245 % a finales del 2013. Pero la Abenomics parece ir por buen camino, de momento, en su objetivo de estimular la economía japonesa.

¿No habría alguna lección que en Europa podamos extraer de lo que está haciendo Japón para ayudarnos a salir de la crisis?

Sin duda la hay. Aunque las estructuras institucionales, y por tanto las posibilidades de la acción política, son también muy diferentes. En Japón un gobierno liberal-demócrata decide sacar al país de su anemia deflacionista y acabar con la obsesión de la estabilidad de los precios y del yen fuerte. Y para ello ordena al gobernador del Banco de Japón, Harauiko Kuroda, que produzca inflación hasta al menos el 2 % o que se vaya.

Eso solo ya resulta impensable en la escena europea. No cabe imaginar por el momento que Alemania olvide su obsesión antiinflacionista y que acepte, como le pide Francia, una devaluación del marco. Y mucho menos que Van Rompuy le diga a Draghi que haga el favor de crear inflación en la Eurozona. Sería el mundo al revés. Y aunque se lo dijese, Draghi no tiene por qué obedecerle. En la Unión Europea de nuestras penas el poder político no tiene ninguna autoridad para dar instrucciones al BCE que solo debe preocuparse por la estabilidad de precios de acuerdo, con objetivos que él mismo se fija.

Draghi no es Kuruda y lo que ocurre en Japón no podría ocurrir en la Unión Europea. Tampoco lo que ocurre en EE.UU. Allí, Ben Bernanke puede decir que mantendrá su política monetaria expansiva hasta que el paro baje del 6 %. Draghi no puede establecer una relación de causa efecto entre política monetaria y paro porque su mandato se limita a la estabilidad de precios. Una de las más graves limitaciones autoimpuestas de la acción política en la Unión Europea.

La receta japonesa no es extrapolable por esas y otras razones, pero en Europa deberíamos tomar buena nota de lo que esta haciendo Japón. Porque aquí también tenemos una inflación del 1,2 %, como en el Japón que heredo Abe. Y también podemos estar entrando, a fuerza de austeridad suicida, en una larga fase de deflación. Preocuparse solo de la inflación está de acuerdo con el mandato del BCE según sus Estatutos. Pero desde luego no es acorde con las necesidades de la economía de la UE y de sus ciudadanos en estos tiempos de recesión y paro. Y como no está claro a quién le corresponde controlar el tipo de cambio del euro, desde luego no solo al BCE como este pretendía en tiempos de Trichet, habría que tomar en consideración que muchos países de la Eurozona consideran que el euro está sobreevaluado.

Pero además, hay que considerar que el BCE está a punto de incumplir lo que es su único mandato que es la estabilidad de precios. Estabilidad no quiere decir 0 %. Quiere decir lo que el propio BCE decida, y ha decidido que debe ser “cercano al 2%”. Y estamos en el 1,2 %, bien lejos del 2,7 % de hace un año. Si se tiene en cuenta la inflación subyacente, que mide mejor la dinámica interna de la economía porque excluye los precios más volátiles como la energía, la caída es todavía mayor, hasta el 1 %.

Una desaceleración espectacular que refleja el frenazo en la actividad económica y plantea el problema del riesgo deflacionista, es decir una situación en la que los consumidores demoran sus compras y las empresas sus inversiones esperando precios más bajos. Y el resultado es que, entre todos, cada uno persiguiendo sus expectativas individuales, matan la actividad económica.

Que los precios bajen es una buena noticia porque aumenta el poder de compra de las familias y aumenta la competitividad de la producción nacional. Si los precios no bajaran como consecuencia de las bajadas de salarios, tendríamos una doble pena que conduciría a reducir la renta disponible por dos caminos, aumentaría el choque recesivo y no conseguiríamos el objetivo de ganar competitividad. Pero otra cosa es generar una espiral bajista continuada que demora el consumo, reduce la producción y aumenta mecánicamente el valor real de las deudas.

En Frankfurt no deben creer que estemos ante un proceso deflacionista. Tras muchos años de luchar contra la inflación no les debe gustar quedarse sin enemigo. Pero les deberían preocupar los datos alemanes que son los que tienen máss cerca. En Alemania se están produciendo aumentos de salarios, lo que le gustaría a Abe que pasase en Japón. Y a pesar de ello los precios solo han crecido un 1,1 %, por debajo de la media de la Eurozona. Eso quiere decir que el aumento de salarios no se convierte en consumo sino en más ahorro. Y así no es como Alemania va a tirar, como se le pide, de la demanda en la zona euro.

Así las cosas, el BCE tiene margen para medidas de política monetaria más radicales que la bajada de los tipos de interés, donde ya le queda poco que hacer. Merkel y Draghi deberían verse con Abe y Kuroda.