Triste día de Europa

Un 9 de mayo las armas callaron y acabo la última gran guerra entre europeos. Otro 9 de mayo se promulgó la Declaración Schumann, texto fundador del proceso de integración europea. Por esa doble razón el 9 de mayo celebramos el día de Europa. Pero este año, cuarto de la crisis del euro, no había gran cosa que celebrar. No hace falta repetir las cifras del paro en Europa ni las reducciones en el llamado modelo social europeo para justificarlo.

Lamentablemente, la idea de una Europa unida, fuerte y solidaria, capaz de asegurar la paz entre los europeos y de defender sus valores en el mundo globalizado, pierde apoyo en sus ciudadanos y el continente sufre de una creciente división entre su norte y su sur.

Desgarrada por la crisis, Europa parece dividirse en dos. Los países del norte liderados por Alemania, el llamado Club Báltico, que superan la crisis y dictan las políticas económicas. Y los países del sur, en el sentido amplio, a los que ya se llamaba Club Mediterráneo en los tiempos en los que se concebía el euro, que se hunden en la recesión y más aun en la desesperación. Los primeros siguen prosperando y los segundos han perdido casi todo lo que habían ganado en la década del euro.

Las encuestas lo muestran claramente. En el conjunto de la UE ya casi empatan los que creen que pertenecer a la Unión es un hándicap para su país (48 %) y los que todavía creen que es una ventaja (52 %).La procesión va por barrios y los británicos continúan siendo los más euroescépticos (64-36) mientras que los polacos han superado sus prevenciones iniciales y son ahora los mas euroentusiastas (30-70).La idea de Europa ha perdido muchos puntos entre los españoles pero todavía son mayoría (59 %) los que creen que las ventajas superan a los inconvenientes. Ya no es así ni en Alemania (58-42) ni en Italia (53-47) mientras que en Francia (45-55) el euroescepticismo aumenta notablemente.

El motor franco-alemán ya no funciona. La Francia del socialismo light de Hollande está frustrada por la intransigencia de la Alemania de Merkel sobre las políticas llamadas de austeridad, que consisten en una reducción acelerada de los déficits públicos en un momento en el que el sector privado está reduciendo su endeudamiento, el crédito no fluye y el tipo de cambio del euro es demasiado alto para impulsar las exportaciones. El resultado no puede ser sino el que está siendo, una depresión generalizada de las economías sometidas a esa terapia que produce niveles insostenibles de paro y reducción del sistema de protección social.

Y Alemania esta frustrada por la resistencia en los países deficitarios a las reformas que ella se aplicó en la primera década del siglo para recuperar y aumentar su competitividad.

Sin una entente franco-alemana sobre la razón de ser de la Unión Europea y sobre las políticas para afrontar su crisis, el sistema se queda en un peligroso punto muerto en el que parece que no hay ni alternativas ni expectativas. No es de extrañar que en estas circunstancias aumente el apoyo popular a las posiciones antieuropeas, xenófobas y populistas. La lista es larga, desde los “verdaderos finlandeses” al reciente éxito (25 % del voto) del Partido por la Independencia del Reino Unido en las pasadas elecciones municipales británicas. Una situación que previsiblemente se expresará en las próximas elecciones europeas para las que falta ya solo un año.

La “austeridad” como única salida a la crisis ha demostrado ya su ineficacia. Ni siquiera consigue alcanzar su objetivo instrumental de reducir el déficit público y el ratio de endeudamiento. En ninguno de los países que han tenido que ser intervenidos para financiarse fuera del mercado se ha conseguido reducir el crecimiento del endeudamiento, que era la causa inicial de la desconfianza de los mercados. Pero que ya no lo es, ahora lo que les preocupa es la falta de crecimiento porque saben que sin crecimiento no les podrán devolver lo prestado. El caso español es claro. A pesar de todos los sacrificios, nuestra Deuda pública ha escalado desde el 36 % en el 2007 al 84 % en el 2012 con una previsión superior al 90 % para finales del este año mientras el paro ha pasado del 8,3 al 27 %.

Por eso el momento actual de Europa está dominado por el debate austeridad/crecimiento. Ya se han concedido plazos más largos para reducir el déficit, como Rubalcaba pedía y Rajoy negaba durante la pasada campaña electoral. Lo han hecho ante la evidencia de que esos objetivos de reducción eran imposibles de cumplir. Pero la concesión no es gratis, va acompañada de nuevas exigencias de reformas como las que ya se le ha explicado a Francia, en materia de pensiones, mercado del trabajo y reducción estructural del gasto.

En cualquier caso el año 2013 será el segundo año consecutivo de crecimiento negativo en la zona euro, incluso Alemania empezara a sufrir las consecuencias de lo mal que están sus vecinos que son también sus clientes. No solamente Europa se ha cortado en dos partes con dinámicas diferentes sino que el mundo desarrollado también se ha dividido en dos partes : los EE UU donde la recuperación económica se fortalece, en parte gracias a las intervenciones masivas de su Reserva Federal, y la Europa atenazada por su crisis y su deficiente esquema institucional para resolverla.

Para llegar hasta este triste día de Europa, hemos cometido dos errores que todavía no se han corregido. El primero es haber creído que el problema fundamental era el del déficit publico. Olvidando, o no reconociendo o quizá incluso no conociendo, el calamitoso estado del sistema bancario y del exceso de endeudamiento privado. Estos dos factores han impedido que el sector privado tomase el relevo del sector público en su fase contractiva. Todos se han contraído al mismo tiempo y con los tipos de interés del BCE próximos a cero tampoco la política monetaria puede hacer ya mucho más. Salvo que el BCE hiciese como la Reserva Federal y comprase activos privados. Pero esto no está en el guión.

El segundo error ha sido fijar objetivos nominales de reducción del déficit fuera de toda posibilidad de poder conseguirlos teniendo en cuenta el efecto boomerang de los recortes sobre la demanda y por tanto sobre la actividad económica. Así, no hemos hecho sino crear una dinámica perversa de amplificación del ciclo, rectificando solo a regañadientes y cuando el mal ya estaba hecho.

Se suele decir, parafraseando a Jean Monnet, que Europa será el resultado de las respuestas que se den a sus crisis. En este día de Europa hay pocas razones para creer que la idea de Europa unida salga reforzada de esta crisis. La cohesión social europea se está suicidando en el interior de cada país y entre ellos.

Y fue un alemán, Joschka Fischer, ex ministro Verde de Asuntos Exteriores, quien mejor ha descrito esta situación cuando dijo en mayo del 2012 que “seria a la vez trágico e irónico que la Alemania reunificada provoque por tercera vez, esta vez por medios pacíficos y con las mejores intenciones, la ruina del orden europeo”. ¿Pero cómo convencer a Alemania de la necesidad de cambiar de política? El reciente rifirrafe franco alemán, con una parte del PSF acusando el egoísmo de Merkel, no habrá contribuido a hacerle cambiar de posición, más bien a bloquear las que ha mantenido hasta ahora y que, todo hay que decirlo, tienen el apoyo mayoritario de la opinión pública alemana.

Esa es la cuestión pendiente que nos deja este día de Europa. Solo podrá resolverse desde el razonamiento y la convicción de que así se sirve mejor los intereses de Alemania. Pero es urgente resolverla.