El caso italiano

Italia ha dado un salto en el vacío. Solo una difícil coalición entre el centro izquierda de Bersani-Ventola y el movimiento 5 Stelle de Grillo, o su apoyo a cuentagotas a un gobierno minoritario del Partido Democrático, puede evitar repetir las elecciones. Pero la inestabilidad política está servida. Con todas sus consecuencias sobre las exigencias de los mercados que ya se han traducido en aumentos significativos de las primas de riesgo.

La primera lección que hay que extraer del resultado de las elecciones italianas es el rechazo masivo a las políticas de austeridad. Lo ha verbalizado Bersani, el vencedor pírrico, diciendo que la austeridad impuesta por Bruselas, es decir por Berlín, produce situaciones democráticamente ingobernables.

Italia ha votado contra la austeridad pero también contra sus viejos partidos minados por la corrupción y el clientelismo. La participación, del 75 %, ha sido la más baja desde 1946.Y el verdadero vencedor ha sido Pepe Grillo que con el 25 % del voto ha sido el partido más votado para Montecitorio (sede de la Cámara de los Diputados).

Es decir, uno de cada dos italianos no ha votado o lo ha hecho por una organización que reclama una renovación en profundidad del sistema político.

¿Algo así podría ocurrir en España? Podría, al menos tenemos los mismos ingredientes, austeridad, corrupción y desprestigio del sistema político. Nos faltan los personajes. No tenemos, de momento, líderes que den rostro y forma organizativa a los movimientos que claman contra la austeridad y reclaman una democracia más efectiva y mejor representativa.

Haríamos mal en considerar a Grillo y los suyos como un movimiento contestatario y anti-sistema. Durante mis tres años pasados en Italia conocí a varios de los participantes y votantes del movimiento 5 Stelle, mal llamado anti-político. En realidad se trata de un movimiento muy político que moviliza a la gran mayoría de la juventud, sobre todo universitarios en paro, y las clases medias desclasadas por la crisis. Rechazan las actuales formas de representación política y proponen su reforma en aspectos que ciertamente Italia necesita, como la ley electoral, que los partidos son incapaces de acordar. En su éxito han tenido mucho que ver los escándalos de corrupción que han afectado a casi todo el arco político, izquierda incluida. Y su perfecto manejo de las redes sociales como forma de comunicación y comunicación. No son solo contestatarios, allí donde gobiernan, como en la alcaldía de Parma, lo hacen bien.

Han sido los que más han clamado contra las políticas de austeridad, reclamando un referéndum sobre la permanencia en el euro. En eso se emparentan con Berlusconi, el más detestado representante de la vieja política, que después de haber llevado a su país al borde del abismo financiero ha demostrado su capacidad de seducción explotando el sentimiento anti impuestos. Sus sobres de propaganda electoral tenían la misma forma que las notificaciones de la Agencia Tributaria y llevaban impreso “Devolución de impuesto sobre la vivienda”. A pesar de haber perdido el 15 % de los votos con respecto a las elecciones del 2008, ha estado a punto de ganar las elecciones, solo le ha faltado menos de 0,5 % del voto para Montecitorio.

El resultado demuestra que las políticas de austeridad no son solo un fracaso económico y social sino que son políticamente insostenibles. Italia es un país industrializado, al menos su mitad norte, y la gente percibe que esa riqueza industrial se destruye en beneficio de sus competidores alemanes. El mensaje de Italia debería ser escuchado por Berlín y por los tecnócratas de Bruselas, si queremos evitar el desastre en Europa. Pero no parece que sea así, al menos de momento.

La derrota de la austeridad se hace también patente en el resultado obtenido por Monti y por los pequeños partidos de centro en los que se ha apoyado, o que le han apoyado.

Su gobierno evitó la quiebra del país y recuperó la confianza internacional. Pero los italianos han sufrido sus consecuencias en términos de paro, reducción rentas y de servicios. Lo que la mayoría de los italianos recordaran de Monti es el aumento de los impuestos. Y el sentimiento de estar sometidos vía un gobierno que entró por la puerta de atrás a los dictados de Merkel. También eso es aplicable a nuestro caso.

Una vez escuché a Monti decir que podía aplicar la políticas que Italia necesitaba porque no se presentaba a las elecciones. Que si tuviera que pedir el voto no podría hacerlo. Al final se animó a pedir el voto y el resultado ha confirmado sus temores. Y nos obliga a reflexionar hasta qué punto la democracia tal como la practicamos es un sistema eficaz de regulación social.

Monti, junto con Bersani, pírrico ganador nominal, son los grandes perdedores. Una alianza entre los dos es difícil de concebir pero aritméticamente no puede prosperar. En Italia el gobierno tiene que ser elegido en ambas Cámaras y en el Senado Bersani y Monti solo suman 141 de los 158 votos necesarios.

Está claro que cualquier gobierno potencial tiene que contar con Grillo o Berlusconi. Esta segunda posibilidad sería una desgracia para Italia porque haría imposible cualquiera de las reformas que necesita. Sería el definitivo suicidio político para la izquierda italiana.

La mejor alternativa es la que apuntaba la principio, una coalición más o menos implícita o un apoyo caso a caso del 5 Stelle a Bersani. Permitiría hacer las reformas mínimas necesarias antes de volver a votar. Entre ellas una nueva Ley electoral, medidas anti trust en los medios de comunicación que asegurase el pluralismo en el debate y ahorros en la hipertrofiada administración y el sistema de partidos.

Quizá no sea tan difícil conseguir un acuerdo de regeneración nacional entre el centro izquierda y los nuevos movimientos sociales entorno a estos temas para preparar unas nuevas elecciones en dos años y acabar con la herencia de Berlusconi. Ahí pueden demostrar que son, como creo, algo más que pura protesta populista, sino también un movimiento capaz de construir con los mimbres que la vida real pone a su disposición.

También sería una oportunidad para una izquierda declinante. El PD ha perdido 3 millones de votos, el 5 % de los que obtuvo en el 2008, y una alianza con las exigencias reformistas de Grillo le permitiría cambia ese rumbo. Tendrían además que ensayar políticas de crecimiento, sin las cuales no hay ninguna posibilidad de que la izquierda pueda volver a ganar claramente una elección. Tienen que aprovechar la ocasión de que, por el momento, no han aparecido en Italia movimientos de extrema izquierda o extrema derecha como en los países de Europa del Este.

Si eso no es posible, y no se consigue a la vez una mejora en el empleo y en la calidad de la democracia, me temo que aparecerá un escenario tipo República de Weimar a la italiana, con todos los partidos que podrían gobernar debilitados y derrotados. Entonces sí que aparecería el verdadero y peligroso populismo del que Italia tiene una dramática experiencia histórica. Y Alemania debería colaborar en evitarlo.