La cincuentena

Esta semana Berlín y París celebran los cincuenta años del Tratado del Eliseo (22 de enero de 1963) que selló, junto con el Tratado de Roma, la reconciliación y la cooperación franco-alemana en la Europa de la postguerra.

Hemos oído los discursos de rigor sobre la amistad entre los dos países y los indestructibles lazos que los unen ya para siempre. Recordando las catástrofes que su enemistad trajo en el pasado, mejor que así sea. Pero lo cierto es que las relaciones franco-alemanas están en su punto más bajo desde el fin de la guerra y, aun sin tener que temer que franceses y alemanes vuelvan a las dramáticas andanzas del pasado y cambien radicalmente su relación, esta se parece a la de una pareja que llega a la cincuentena y descubre que el tiempo les ha distanciado más que acercado y siente la fatiga del paso del tiempo que ha borrado buena parte de las ilusiones, o de las razones, de su relación.

Y como esa paraje gastada, Berlín y París parecen más bien vivir cada uno de su lado. Los puntos de acuerdo son más bien raros y cuando se producen parecen adoptados por la fuerza más que por la convicción. Las recientes intervenciones francesas en Libia y en Malí lo demuestran. París actúa sin tener en cuenta a Berlín y los alemanes se quedan en casa sin querer intervenir en esos conflictos, ni siquiera autorizando con su voto en la ONU la misión en Libia. Y cuando París les recuerda que en el Sahara también se juega la seguridad de Europa, Berlín responde airado que no necesita lecciones de nadie sobre su seguridad. Bonita manera de celebrar el cincuenta aniversario…!

También en economía Alemania ha seguido su propio camino sin preocuparse demasiado de las objeciones francesas. Si toda Europa está sumida en una política suicida de reducción acelerada de los déficits públicos es por la voluntad de Berlín sin que ni Sarkozy ni Hollande hayan conseguido hacerle cambiar de táctica. Como Alemania es la única potencia económica que tiene la confianza de los mercados financieros, tiene el poder de dictar la política que los demás, París incluido, tienen que seguir. El caso de Hollande es todavía más grave que el de Sarkozy, este al menos aparentaba estar de acuerdo con la canciller Merkel a la que servía de portavoz, pero Hollande prometió cuando era candidato que no ratificaría el Tratado sobre la unión fiscal y cuando ya fue Presidente tuvo que hacerlo presentándolo como un paso “crucial” en la integración europea.

Como suele ocurrir en las parejas, la relación se ha debilitado porque se ha desequilibrado. París ha perdido su triple A, su hacienda pública está bajo sospecha, el paro crece y su clase política esta desacreditada (no tanto como en España). Berlín tiene una salud financiera insolentemente buena, se financia casi gratis, tiene un superávit comercial superior al de China y el respeto de los mercados. Al elemento débil de la pareja no le queda otro remedio que buscar aliados alternativos según la ocasión. Los británicos cuando se trata de hacer la guerra en Libia o los españoles y los italianos cuando hay que pelear por las condiciones de la unión bancaria o las políticas de crecimiento. Y Alemania, en reacción, tiene tendencia a apoyarse en los países que le son más próximos por su situación o en su visión, como Luxemburgo, Austria y Holanda. El reciente nombramiento del ministro holandés de hacienda a la cabeza del Eurogrupo lo prueba.

Se puede decir que el problema viene de lejos y que en realidad esa unión fue de conveniencia más que de amor. Que a Berlín nunca le gustaron las actitudes anti-Otan de de Gaulle ni el estatismo francés. Tanto como París desconfiaba de la reunificación alemana. Pero cuando Mitterrand y Kohl se daban la mano en Verdun las heridas de la guerra todavía necesitaban cuidados, la dimensión política de los dos personajes se proyectaba sobre una situación que todavía era de un cierto equilibrio entre sus países y el compromiso entre ambos era necesario y posible.

El interés para seguir buscando un compromiso es hoy menos evidente, al menos desde el lado alemán. Francia sigue siendo un partner económico muy importante, pero su parte, como la de toda Europa, sigue disminuyendo en el comercio exterior alemán. Y hoy Berlín mira más hacia Asia para encontrar la fuerza que sostenga su crecimiento. Se dirá que las exportaciones no son todo y que la relación franco-alemana tiene el valor de un símbolo tras el cual Berlín ha podido disimular su creciente potencia que todavía levanta sospechas. Pero aun así, el papel de Francia queda reducido al de una tapadera sometida a los intereses de una pareja dominante que tiene algo que esconder. Ese papel lo jugaba mejor Sarkozy que Hollande y obtenía a cambio pequeñas concesiones. El nuevo Presidente francés tendrá que asumirlo pero será cada vez menos necesario porque la potencia de Alemania sea cada vez más reconocida por sí sola.

Si eso ocurre en la alta política, tampoco las relaciones entre los dos pueblos son muy fecundas. Los dos países se ignoran cada vez más, sus juventudes aprenden cada vez menos la lengua del otro y el número de estudiantes alemanes en Francia, o de franceses en Alemania, disminuye.

Berlín puede incluso encontrar en Londres una nueva pareja de baile con la cual sentirse más a gusto. El otro gran acontecimiento político de la semana en Europa, el discurso de Cameron en su parlamento en el que propone que Gran Bretaña celebre un referéndum sobre su permanencia en la UE, abre perspectivas insospechadas para un acercamiento entre Berlín y Londres. En realidad Cameron no quiere irse de Europa, quiere un nuevo acuerdo para Gran Bretaña en Europa y, más aún, una nueva manera de construir Europa.

Para ello necesita inevitablemente la complicidad alemana. Y posiblemente hoy hay mas acuerdos sobre el modelo socioeconómico entre la alianza conservadora-liberal que gobierna en Londres y la que gobierna en Berlín. En materia de comunitarizacion de la Deuda o de la flexibilidad del mercado de trabajo, por ejemplo, es evidente que las posiciones alemanas están más cerca de las británicas que de las francesas.

Es posible que a la crisis de la cincuentena se le sume, como también suele ocurrir en las relaciones humanas, la aparición de un tercero en discordia. La pareja se puede romper o, muy al gusto francés, refugiarse en una relación triangular que amplíe los horizontes perdidos. El cincuenta aniversario de la pareja franco-alemana suena más bien al fin de una época que tuvo una razón de ser histórica y que las nuevas circunstancias están cambiando.