La UE y el trilema de Rodrick

Según los resultados de la última encuesta de Euroestat, España sería el tercer país menos europeísta de la UE, solo superado por el Reino Unido y Finlandia. Antes de la crisis éramos el cuarto país con los sentimientos más positivos hacia el proceso de integración europea.

Los responsables de este radical cambio de actitud son la crisis del euro y las políticas de ajuste que se nos imponen, con sus dramáticas consecuencias sobre las rentas y los servicios públicos. Y este rechazo no se manifiesta solo en España. En toda Europa, aunque desde perspectivas diferentes, se cuestiona la racionalidad económica del euro y surgen tendencias “renacionalizadoras” que implican una marcha atrás en el proceso de integración europea.

Pero ni la Unión Europea, ni el euro, son el fruto de una sola racionalidad económica sino que son proyectos eminentemente políticos. Su objetivo básico era garantizar la paz en Europa y su construcción paulatina ha sido un gran motor de innovación en las formas de institucionalizar la acción política más allá de los límites del Estado nación.

De hecho, la integración europea ha redefinido los conceptos de soberanía y de ciudadanía en una lógica que hoy se llama “cosmopolita”, en el sentido de superar el concepto de ciudadano asociado a la nacionalidad.

Desde el Tratado de Maastricht el proyecto europeo ha significado:

Una redefinición del Estado y de la soberanía nacional de naturaleza “post westfaliana” desarrollando sistemas de soberanía compartida o mancomunada.

Un sistema de “gobernanza multinivel” en un equilibrio entre la atribución de competencias a instituciones supranacionales y el principio de subsidiariedad.

La redefinición del concepto de comunidad política a través del establecimiento de la “ciudadanía europea” hace ya más de 20 años (Maastricht 1992) con un conjunto de derechos que se yuxtaponen a los que confiere la ciudadanía nacional en cada Estado miembro. La incorporación de la Carta de los Derechos Fundamentales de los Ciudadanos Europeos al Tratado de Lisboa completa esta construcción política.

Pero la crisis ha demostrado que la solidaridad intraeuropea se disuelve cuando los líderes políticos nacionales se enfrentan a las reacciones de sus electorados domésticos, o cuando las alimentan directamente para conseguir réditos electorales. Los “relatos” nacionales llenos de estereotipos sobre países virtuosos, productivos y ahorradores que tienen que pagar con sus impuestos los pecados de otros países despilfarradores y ociosos son injustos, pero han marcado la agenda política europea. A los griegos se les quiso castigar más que ayudar aunque el resultado fue la extensión y el contagio del problema a otros países europeos y la creación de una amenaza seria sobre la pervivencia del euro.

La crisis ha destruido lo que había de incipiente “demos” europeo y el sentimiento de “pertenencia”, vital para el desarrollo de una ciudadanía, se ha debilitado enormemente. Por eso la crisis de la UE, que sin duda era y todavía es la comunidad política transnacional más desarrollada del mundo, es también la crisis de un modelo de gobernanza democrática “cosmopolita”. Al final, la vinculación política de los ciudadanos se mantiene anclada en los niveles nacionales o subnacionales, como es el caso de las regiones con fuerte personalidad o incluso naciones sin Estado en España, Reino Unido, Italia, Bélgica, etc…

La crisis ha hecho que los ciudadanos de los países europeos retirasen el cheque en blanco que habían dado a los constructores de Europa por el cual se permitía atribuir las competencias a diferentes niveles supranacionales a cambio de una mayor prosperidad. Pero ahora los de la Europa del Norte rechazan una “unión de transferencias” por la cual tendrán que pagar los platos rotos fiscales de los del Sur. Y en los países a los que se imponen fuertes ajustes que agravan el problema en vez de resolverlo, crece la resistencia social y el resentimiento contra las políticas impuestas por Bruselas o por el directorio franco-alemán.

Así, unos y otros perciben que la democracia se ha debilitado a nivel nacional sin que nada parecido lo haya substituido a nivel europeo. Lo único que se percibe son los dictados de los mercados financieros que exigen austeridad sin crecimiento, recortes de derechos sociales y el fin de la negociación y el pacto social que había sustentado la estabilidad social en cada Estado y era parte de la propia construcción europea.

Y de esta situación se benefician los nacionalismos y las derechas populistas antieuropeas que quieren renacionalizar no solo la economía sino el propio concepto de ciudadanía haciendo marcha atrás en la construcción de una ciudadanía supranacional. La gestión de la crisis del euro se ha visto fuertemente condicionada por el ascenso de esas fuerzas políticas. Los propios acuerdos de Schengen sobre libre circulación de personas se han visto afectados y han debido ser renegociados.

La UE, que era un verdadero “microcosmos” de la globalización parece enfrentarse hoy al llamado “trilema de Rodrik” según el cual no es posible a la vez mantener el Estado nación como el espacio de soberanía y el locus de la política, vivir en democracia y disfrutar de las ventajas de la apertura y la integración económica. La salida positiva de ese trilema sería la construcción de una Europa federal que traslade el escenario político al nivel europeo. Ello exige reforzar las capacidades políticas de la Unión frente a la fuerza de los mercados financieros. Pero desgraciadamente no parece que este sea el camino que se está construyendo.