La nueva peste

Forzoso es constatar una triste realidad: en este fin de año una oleada de desempleo, pobreza y hasta de miseria se abate sobre Europa. Como la maldición de una nueva peste de aquellas que hace siglos asolaron el continente. Ocurre en los países del Sur, pero también en los centrales como Francia y hasta en la macroeconómicamente próspera Alemania, la pobreza y la desigualdad crecen alarmantemente.

Parece como si solo importara conseguir la cifra mágica del 3 % de déficit en el 2013. A este realismo mágico erigido en norma suprema, se subordina todo lo demás. El paro supera el 10 % en Francia y el 25 % en España, en todos los países mediterráneos la renta real de las familias ha caído al nivel de antes de la entrada en vigor del euro en el 2000. Difícil recordar a los 18 millones de parados la promesa de prosperidad que en los tiempos de Maastricht se atribuyó a la moneda única. Pero nada de eso importa más que conseguir un déficit publico del 3 % del PIB en el 2013, como si eso abriese la puerta de una solución milagrosa.

Nos dicen que es el precio a pagar para salvar el euro. Pero esta forma de salvar al euro puede implicar la muerte del proyecto de unificación europeo del que el euro debía ser su mejor instrumento. Como dicen Javier Solana y Kemal Dervis, es posible que el euro acabe destruyendo Europa. Es difícil pedir a los ciudadanos europeos afectados por la crisis que tengan confianza en una moneda en cuyo nombre se les empobrece. Y la moneda es una cuestión de confianza, si ésta se destruye desde sus raíces sociales mismas, la moneda no sobrevivirá por mucho que se reduzcan los déficits públicos a un ritmo incompatible con la resistencia de la fabrica social y la perennidad del tejido económico.

El euro debía dar a Europa el instrumento necesario para su soberanía monetaria frente a los mercados financieros y la fuerza para tratar de tú a tú al dólar. Pero los gobiernos europeos se comportan hoy como los de 1930 que hundieron a sus países en una recesión mortal para mantener a cualquier precio la paridad de cambio con el patrón oro. Ahora es lo que cuenta es mantener, cueste lo que cueste, un objetivo de déficit y de endeudamiento que la recesión hace imposible conseguir como la realidad se encarga de demostrar. Así, el euro se ha convertido en una camisa de fuerza tan restrictiva como lo fue en su época el patrón oro.

El euro debía ser también la forma de condicionar la fuerza de la Alemania reunificada a la que se privaba de su capacidad de imponer a todos la política monetaria dictada por el Bundesbank. Pero ahora resulta, ironía de la Historia, que el euro se ha convertido en el instrumento de la hegemonía política alemana.

Esta semana hemos vivido un nuevo episodio en el interminable culebrón de la Deuda griega, con el acuerdo de última hora entre el FMI y los europeos para reducir la Deuda de Atenas del 190 % al 120 % del PIB entre el 2012 y el 2020, sin recurrir, como pedía el FMI, a una nueva quita de su valor. Aunque ello requiere una reducción de la Deuda de 40.000 millones de euros, estaríamos aún en un endeudamiento doble del 60 % requerido por los criterios de Maastricht.

Ha sido Alemania la que más se ha opuesto a una nueva reestructuración de la Deuda griega, y se puede comprender ya que es el principal acreedor de Atenas. Pero lo que se ha acordado después de meses de bloqueo es una reestructuración encubierta puesto que si bien no se reduce el nominal de la Deuda, lo que hubiese sido demasiado explícito para los contribuyentes alemanes, se acepta reducir los tipos de interés y alargar los periodos de amortización lo que financieramente equivale a lo mismo.

Pero en las últimas horas, hasta Merkel parece convencerse de que Grecia no saldrá del agujero si no se borra una parte muy importante de su Deuda y no se limita su carga sobre el Presupuesto griego. A fin de cuentas es lo que los aliados aceptaron hacer con las reparaciones de guerra de Alemania en los años 50 para evitar que su pago la ahogara financieramente.

El respaldo total que ha obtenido la Canciller en el Congreso de la CDU le permite asumir el riesgo político que ello representa, a menos de un año de las elecciones. Cierto que esa posibilidad no es para mañana sino en el 2014-2015 y en todo caso después de las elecciones alemanas. Pero hemos pasado del tajante “la reestructuración de la Deuda griega no es una solución” al “puede serlo si se cumplen determinadas condiciones”.

Europa avanza a este ritmo desesperadamente lento que no es el de los mercados financieros. Pero estos no tiene que convencer a unos cuantos millones de electores, sobre todo cuando de sus impuestos se trata.

Y mientras, en España ya está claro que en el 2012 no cumpliremos los objetivos de déficit acordados con Bruselas. Ni siquiera sacrificando la última promesa electoral de Rajoy, la de conservar el poder adquisitivo de las pensiones, y después de haber incumplido todas las demás. Y tampoco los 37.000 millones de euros solicitados para recapitalizar la banca serán suficientes. Harán falta un par de miles de millones más, como Guindos ha tenido que reconocer cabizbajo en Bruselas añadiendo un escalón más en las dudas sobre la situación real de nuestras cuentas.

Pero no se puede pedir más a la sociedad española. Pretender reducir el déficit 2,6 puntos del PIB mientras el PIB cae 1,4 puntos y el paro alcanza el 25 % es un absurdo categórico que no se conseguirá por más sacrificios que se impongan y por más que dejemos que la nueva peste asole la sociedad española y europea.