¿Hacia la des-integración de Europa?

La última vez que me asome a estas páginas digitales fue hace un par de semanas. Entonces se suponía que Rajoy pediría el rescate al día siguiente de las elecciones de Galicia y el País Vasco. Pero mi análisis era que si podía mantener el tipo de interés de la Deuda Pública por debajo del 6 %, lo que se corresponde más o menos con una prima de riesgo por debajo de 450 puntos, no lo pediría. Y así ha sido. Tanto Rajoy como Monti han decidido posponer la ayuda tantas veces reclamada mientras los mercados aprieten pero no ahoguen.

También se ha confirmado mi análisis de que Merkel no cedería en su intención de retrasar la supervisión bancaria centralizada en el BCE hasta el 2014. Demasiado tarde para que las ayudas para la recapitalización bancaria no añadan 4 puntos del PIB a nuestro déficit público. Y, desgraciadamente así ha sido. Rajoy se ha consolado diciendo que a fin de cuentas 4 puntos no es mucho, y parece que los mercados se lo han creído o más bien lo tenían ya descontado. Y también opinaba que la subida del IVA serviría más para hundir el consumo que para aumentar la recaudación. Y también esa fácil profecía se ha cumplido con una caída brutal de las ventas minoristas que no presagia nada bueno ni para el empleo ni para la reducción del déficit.

Pero la mayor inquietud que expresaba hace dos semanas era el debilitamiento de la idea de Europa al compás de una crisis económica que ya se ha convertido en una crisis política que alimenta los populismos y los nacionalismos. El caso de Cataluña es un buen ejemplo de esa dinámica y también en este aspecto las cosas no han hecho sino empeorar.

Se puede ya decir que, después de medio siglo de integración, la crisis amenaza con que Europa inicie la marcha atrás hacia su des-integración. Hasta ahora habíamos conseguido suprimir fronteras, crear un gran mercado, compartir la misma moneda, sentar las bases de una política de seguridad común y superar identidades antagónicas para aprender a vivir juntos. Pero ahora el equilibrio político entre Francia y Alemania se ha roto, crece la división norte-sur y las tendencias centrífugas toman una nueva fuerza, tanto entre los Estados miembros de la UE como en el interior de varios de ellos.

Habíamos dicho que la unión hace la fuerza y que la Europa unida sería más capaz de hacer frente a la globalización que cada país por separado. Pero la política que Alemania está siguiendo e imponiendo, como la de China en Asia, muestra que la globalización no solo enfrenta emergentes y desarrollados, también a países vecinos. Cuando China manipula el yuan afecta a Tailandia, Indonesia o Vietnam, que son sus competidores en mano de obra barata. Y cuando Alemania comprime sus costes salariales y reduce su demanda interna, afecta a sus socios del euro.

El euro, que era la forma de controlar la potencia de la Alemania reunificada y ligarla a Europa, se ha convertido en el instrumento de su hegemonía. La verdadera capital de Europa no está en Bruselas sino en Berlín. Y aunque la exigencia alemana de una austeridad que mata el crecimiento acabe volviéndose contra ella, mientras tanto las políticas de austeridad pueden precipitar la crisis y provocar una verdadera revolución social.

De momento la des-integración no se expresa a través de una nueva lucha de clases sino de los conflictos económicos-identitarios-territoriales entre los países acreedores del Norte que se resisten a acudir en ayuda financiera de los deudores del Sur. Y entre los nortes desarrollados de algunos Estados con problemas unitarios, como España, Italia, Bélgica, Reino Unido (Escocia es una excepción porque está en el norte) y sus sures más atrasados. Las dificultades creadas por la crisis, con sus reducciones de renta y servicios públicos hacen más difícil soportar una solidaridad que se considera excesiva y una rémora para el propio desarrollo.

En los países que no tienen problemas unitarios la crisis y la austeridad provocan la emergencia de movimientos protestatarios de izquierda o de extrema derecha, el Frente Nacional o el Frente de Izquierdas en Francia, Syriza o Alba Dorada en Grecia, los Verdaderos Finlandeses, o los “indignados” en España y Portugal. A ello contribuye el descrédito de los partidos políticos y la constatación de que se puede cambiar de gobierno, pero al final no se cambia de política porque esta viene impuesta por un poder exterior, Berlín o los mercados financieros.

Así, la crisis puede tener consecuencias en la estructura geopolítica europea. La victoria del N-VA, el partido independentista de Flandes en las elecciones municipales belgas es un buen ejemplo. El separatismo flamenco toma una nueva dimensión, menos “étnica” y más financiera. Su éxito se hace a costa del retroceso del muy xenófobo Vlams Belang. La independencia que pide el N-VA es sobre todo fiscal y financiera. No se trata solo de luchar contra las políticas de austeridad sino de evitarla prefiriéndosela a los demás, en este caso a Bruselas y Walonia. Es el mismo discurso de CiU en Catalunya o de la Liga Norte en Italia. Con la diferencia de que la crisis es mucho más fuerte en España que en Bélgica.

En Italia en cambio la crisis no ha provocado un aumento de las tendencias separatistas del norte sino un refuerzo del Estado central y la marcha atrás del proceso de descentralización, debido al desprestigio de la Liga Norte, socia de Berlusconi y hasta el cuello de asuntos turbios de corrupción, lo que en el caso de CiU parece tener menos efecto.

Las tendencias separatistas y la construcción europea interaccionan en un momento en que en Bruselas sobran los problemas. Catalunya, o Escocia independientes serían un nuevo Estado y como tal no formarían parte automáticamente de la Unión Europea. Tendrían que pedir su entrada de acuerdo con las normas en vigor que requieren la unanimidad de los actuales 27 miembros. Es una incómoda verdad que conviene que se sepa. Ya vale contar las cosas como no son o considerar una amenaza explicar como son. Ya vale decir que una Catalunya independiente entraría en la Otan pero no tendría ejército porque eso es imposible. Se puede no querer estar en la Otan pero si se quiere estar hay que tener un ejército y un esfuerzo militar que, parecido al de Dinamarca, le costaría a una Catalunya independiente unos 3.000 millones de euros.

El primer ministro escocés Salmon sufre de la misma inconsistencia. Primero dijo que Escocia entraría en la UE y en el euro, luego tal como está el euro cambió de canción y dijo que en la EU sí pero en el euro no. ¿No sabe que los nuevos Estados que vayan a entrar en la UE tienen la obligación de entrar también en el euro?

Pero en todas partes la dinámica de fondo es la misma: atribuir a los demás la culpa del excesivo endeudamiento y exigir reconducir la gestión de los recursos propios. Y frente a esa dinámica hay tres soluciones sobre la mesa, tanto a nivel de la Unión Europea en su conjunto como en alguno de sus Estados miembros: la re-centralizadora, la federal y la secesionista. Las próximas elecciones catalanas son especialmente importantes para saber cuál de estos caminos vamos a seguir.