Europa frente a Alemania

¿Cuántas veces nos han dicho los dirigentes europeos que, esa vez de verdad, habían encontrado una solución histórica para salvar al euro? Y sin embargo, hasta ahora, la larga lista de Consejos Europeos no han hecho sino posponer la evidencia de que sólo el euro político podrá evitar la muerte del euro monetario, que ha sobrevivido gracias a las intervenciones del BCE en los frentes de la Deuda pública y de la liquidez bancaria.

Pero ahora ya no se trata de salvar a un país en concreto, que primero fue Grecia, después Irlanda, Portugal y España, o al menos sus bancos, sino de evitar la fragmentación del conjunto. Es lo que intentará el Consejo Europeo que empieza mañana 28 de junio y al que no voy a calificar como el de la última oportunidad, la cita decisiva, etc… Lo hemos dicho tantas veces que resulta ridículo repetirlo.

Y sin embargo… el Consejo debería enviar señales fuertes de que se está dispuesto a avanzar deprisa en la unión política, económica y bancaria que juntos configurarían un euro bien diferente del de Maastricht. Si no es capaz de hacerlo se agravarán los ataques especulativos contra los países en dificultad, seguiremos soportando tipos de interés que ahogarán la economía y crecerá la frustración de los ciudadanos con respecto a una Europa impotente. El Consejo debe actuar deprisa porque a fuerza de repetirlo empieza a ser verdad que el tiempo del euro se está acabando.

Ciertamente el Consejo no va a encontrar en un fin de semana soluciones milagrosas ni inmediatamente aplicables. Pero debe al menos tomar medidas para garantizar la estabilidad financiera de la zona euro, avanzando en la unión bancaria y apoyar a los países inmersos en medidas de austeridad y reforma que de momento los mercados no aprecian y les siguen castigando con tipos de interés insostenibles.

En estos momento es bueno recordar que el euro nació de un acuerdo político para anclar a Alemania en Europa a cambio de su reunificación, pero que ignoraba las dificultades económicas de una moneda común para unos países que no eran, ni son todavía, una “zona monetaria óptima”.

Esperábamos que el euro actuaría como una fuerza centrípeta que haría converger las economías y seria la levadura de la unión política. Pero ha actuado como una fuerza centrífuga que ha aumentado las divergencias. Los países débiles tuvieron acceso a créditos abundantes y baratos que han producido booms especulativos y los países fuertes han acumulado excedentes comerciales, sin que existiesen mecanismos políticos que permitiesen equilibrar el conjunto y hacer frente a las circunstancias adversas que podía sufrir un país, como ocurre en las uniones monetarias que son parte de estructuras federales.

Ya no es posible seguir manteniendo el “euro cojo” que decía Delors, apoyado sólo en su pata monetaria. El precio de su supervivencia es aceptar una mayor integración política en materia de fiscalidad, de sistemas sociales, de políticas salariales, de gasto público y de supervisión bancaria.

Pero en este tema crucial las posiciones de Francia y Alemania divergen. Los franceses quieren avanzar en la unión económica, que implica más solidaridad y por tanto más contribución alemana. Y Alemania quiere un acuerdo previo sobre la unión política para controlar las consecuencias financieras de la unión económica. A pocas horas del Consejo, continúaa ese diálogo de sordos que dura ya 25 años con la corta tregua de Sarkozy actuando como portavoz de las ideas de Merkel para evitar que Francia fuese el siguiente objetivo de la especulación. Pero hay que salir de ese impasse antes de que Europa se precipite en una recesión como la de los años 30 sin mecanismos para hacerle frente.

La posición francesa acaba de ser enunciada de nuevo por su ministro de asuntos europeos, que fue uno de los que votó en contra de la non-nata Constitución: “La integración política no puede ser la condición previa para adoptar las medidas de urgencia que la crisis requiere”. La respuesta de Merkel ha sido igualmente clara: “Me preocupa que tendremos muchas ideas para mutualizar las garantías y pocas para controlar las finanzas de los Estados”. Y sin embargo, Francia ha acabado asumiendo las posiciones de Alemania contrarias a los eurobonos, aceptando que no pueden ser el punto de partida sino el final de un proceso de mayor unión política. Seguramente para no crispar las relaciones entre los dos países y avanzar en acuerdos concretos que propicien el crecimiento. Pero le guste o no a Alemania, la mutualización, al menos parcial de las Deudas públicas es la única solución a medio plazo. Y mientras tanto solo cabe confiar en que el BCE actué como hacen los demás Bancos Centrales en circunstancias menos graves.

El acuerdo conseguido en Roma entre Merkel y los tres latinos (Francia, España e Italia) para propiciar el crecimiento mediante un plan de inversiones del orden del 1% del PIB comunitario es un paso importante en la dirección seguida hasta ahora, basada sólo en la austeridad. Esperemos al menos que el Consejo apruebe la desmovilización de los fondos estructurales (por cierto, ¿por qué estaban parados?), la recapitalización del BEI, y los “projects bonds” para financiar estructuras de transporte, energía y telecomunicaciones transeuropeas.

Pero para asegurar el crecimiento, antes que nada hay que detener el aumento de los tipos de interés que asfixia a España e Italia, evitar un posible pánico bancario y reequilibrar económicamente el norte y el sur corrigiendo sus diferenciales de competitividad. Y eso exige no sólo deflación en el sur sino también aceptar un poco de inflación en el norte.

Por eso el Consejo de este fin de semana se presenta como una Europa en orden de batalla para doblegar a Merkel, cuyas declaraciones rechazando los eurobonos a la salida de la reunión de Roma hundieron las bolsas europeas. Hay que hacerle cambiar de opinión, pero sin hacerle perder la cara, en algunos temas cruciales a los que se refieren los informes de Van Rompuy por el Consejo, de Barroso por la Comisión, de Draghi por el BCE y de Juncker por el Eurogrupo.

El Consejo debe considerar las cuatro vías para avanzar en la integración europea: La unión bancaria, la presupuestaria o fiscal, la económica y la de la legitimidad democrática del conjunto. La unión bancaria es la prioridad de las prioridades para las instituciones europeas porque sería la forma de evitar el abrazo mortal que se dan la crisis de las Deudas públicas y las crisis bancarias. Desde este punto de vista, prestar a los Estados para que estos presten a los bancos, como se ha hecho con España no hace sino debilitar a los Estados, acelerando el riesgo de default y depreciando su Deuda y en consecuencia debilitando aún más los balances bancarios que están llenos de Deuda pública.

Hay decisiones más urgentes todavía. Como empezar renegociando el programa de austeridad griego para hacerlo factible sin provocar una explosión social. Merkel debería recordar lo que decía Keynes al criticar las leoninas condiciones impuestas a Alemania para pagar las reparaciones de la I Guerra. Igualmente hay que retardar en el tiempo los objetivos de equilibrio presupuestario para evitar una recesión autoalimentada. El BCE debe intervenir comprando activos en dólares para hacer bajar el euro y permitir que las exportaciones compensen la caída de la demanda interna. Anunciar que comprará Deuda pública española e italiana para evitar que los tipos de interés obliguen al rescate, que sería imposible de financiar, de esas dos grandes economías.

Los mercados financieros entienden mejor que nadie que sin crecimiento no hay solución al problema del endeudamiento. Y el consejo debería entender que no hay alternativa a la de avanzar en la integración, salvo la de hacer marcha atrás en la Historia a un coste político y económico desorbitante.