Tres elecciones

Este domingo pasado los franceses, los egipcios y los griegos han votado en sus elecciones legislativas. Los resultados que llegaban de Paris, Atenas y El Cairo marcaban, por razones bien diferentes, el pulso de nuestro convulso mundo como si este fuese una única circunscripción. Por su trascendencia, esa triple jornada electoral jornada electoral merece un especial comentario.

Primero, la mayoría absoluta del PSF da a Francia y a su Presidente F. Hollande una especial responsabilidad frente a Europa. Más que en los tiempos de Mitterrand, el PSF acumula todo el poder ejecutivo y legislativo, a nivel central, regional y local. Se puede decir los electores se lo han entregado sin entusiasmo porque las presidenciales fueron un referéndum anti-Sarkozy y en las legislativas la abstención ha marcado un record histórico cercano de casi un 44 %.Y las encuestas dicen que entre los jóvenes y las clases populares más del 50 %.

Es ciertamente preocupante que en estos momentos casi la mitad de los franceses no se molesten en elegir a sus representantes para el Parlamento. Pero si no han sido entusiastas, nuestros vecinos al menos han sido coherentes y evitado una cohabitación entre un Presidente de izquierdas y un Parlamento de derechas que hubiera hecho más difícil el pilotaje político de la salida de la crisis. El otro riesgo, el de una excesiva concentración del poder, no parece haberles preocupado. Ahora Hollande tiene todo el poder y también toda la responsabilidad, frente a sus ciudadanos y también frente todos los europeos porque las políticas que propone nos afectaran a todos.

La ruptura del tándem Merkozy ofrece una oportunidad para cambiar las políticas de austeridad a ultranza que no parecen dar resultado alguno sino que más bien han agravado la crisis. España está al borde de una intervención global, después de que la ayuda europea para reflotar al sistema financiero no ha evitado que la prima de riesgo siga creciendo. La primera gran tarea de Hollande será ni más ni menos que salvar al euro. Seguramente esperaba a que los electores le dieran la mayoría parlamentaria para empezar a proponer soluciones diferentes.

Habrá que analizar bien la carta de 12 páginas que salió de El Eliseo apenas cerrado el recuento de votos explicando a Merkel lo que habría que hacer para recuperar el crecimiento en Europa. Nadie más interesado en eso que nosotros los españoles porque la parálisis del crédito esta necrofilizando cada día una parte mayor de nuestro tejido económico. España se está parando y Rajoy debería aliarse con Hollande y Monti para combatir esa parálisis mortal.

La tarea de Hollande no será fácil pero cuenta con una legitimidad y una libertad de acción que no tienen muchos de sus colegas en el Consejo Europeo. Pero los socialistas franceses no deberían sobreestimar el apoyo popular que hay detrás de esa mayoría absoluta, que es en buena medida una ilusión óptica creada por el sistema electoral. El sistema uninominal a dos vueltas fue un invento de De Gaulle para dar más poder al ejecutivo pero liquida en exceso la diversidad y premia demasiado al ganador. Esta pensado para construir mayorías y evitar la atomización parlamentaria que en el pasado paralizo a la Republica. Tanto es así que el propio PSF proponía en su programa introducir dosis de proporcionalidad en la ley electoral. Pero de momento la vigente le ha venido muy bien. En la primera vuelta obtuvo el 29 % de los votos, que representa solo el 16,5 % de los electores inscritos, pero en la segunda vuelta obtiene casi la mitad (287) de los diputados.

La comparación con los resultados de la elección presidencial marca también este desequilibrio. Marine Le Pen había obtenido el 18 % de los votos y dos meses después el FN solo obtiene dos diputados. Algo parecido le pasa a los centristas de Bayrou y a la nueva izquierda de Melenchon. Ninguno de esos tres líderes, que juntos habían obtenido 13 millones de votos en las presidenciales, se sentara en el Parlamento.

Pero estas anomalías del sistema electoral no quitan ninguna trascendencia a la nueva época que se abre para la política en Europa, quizás la última esperanza de apagar el incendio que empezó en Atenas y crear una nueva dinámica de integración. Francia no podrá hacerlo sin y menos aun contra Alemania. Pero le toca jugar de nuevo un papel central en la construcción europea.

Para esa nueva dinámica, los resultados de Grecia aportan al menos una tregua. La victoria, moderada, de los conservadores de Nueva Democracia, favorables al mantenimiento de las políticas de austeridad pactadas con la UE, aleja al menos la perspectiva de un clash con Merkel. Tendrán que aliarse con lo que queda del Pasok para formar gobierno y para hacer frente a la escalada de los neonazis que mantienen sus buenos resultados.

Está claro que los griegos no se podían permitir votar de forma que tampoco esta vez se pudiera formar gobierno. Han votado útil y los partidos que el 6 de mayo pasado no llegaban al 3 % necesario para entrar en el Parlamento, pero que juntos sumaban el 20 % de los votos, han sido laminados el domingo. También el voto habrá estado condicionado por el temor de lo que representaría una salida del euro. Este miedo ha sido explotado por los conservadores y las frecuentes referencias a esta posibilidad por parte de los dirigentes europeos y comunitarios habrán hecho mella a los que piensan que lo peor sería que sus pocos euros se convirtieran en dracmas devaluados.

Pero Europa haría mal, muy mal, en no dar aire y nuevos márgenes de maniobra al nuevo gobierno griego. Grecia necesita más tiempo y más ayuda para cumplir con los objetivos de reducción de su déficit. Aunque en Bruselas no hayan olvidado que Samaras, el líder de Nueva Democracia, que ya era ministro en 1992, se negó a apoyar a Papandreu para aprobar las condiciones de la UE. En Portugal la derecha hizo caer a los gobiernos socialistas rechazando los planes de austeridad para después aplicarlos aumentados. Lo mismo ha pasado en España y algo parecido podría pasar en Grecia.

Lo que ha pasado en El Cairo es más fácil de explicar pero esta mas preñado de amenazas para la estabilidad del país. El candidato de los Hermanos Musulmanes habría ganado la segunda vuelta de la elección presidencial. Pero el Ejercito, que había disuelto el Parlamento tres días antes por causa de inconstitucionalidad de la Ley Electoral, ha quitado al futuro jefe del Estado lo esencial de sus poderes. Mientras se redacta la nueva Constitución el Ejercito se atribuye la capacidad de legislar, de aprobar los presupuestos y de nombrar al Primer ministro.

Así, en realidad, las elecciones en Egipto han perdido su razón de ser. Y la revuelta popular y la transición hacia un sistema democrático han acabado alumbrando una perfecta dictadura militar. Como se ve, aunque en el G 20 los dirigentes mundiales se desesperen con la inercia de la vieja Europa, nuestros problemas políticos son, por comparación, menos graves que los de otros.