En vilo

Salí de New York el pasado domingo (31 de Julio) por la tarde con la sensación de que republicanos y demócratas habían quemado sus últimas naves en su enfrentamiento suicida sobre el aumento del límite máximo de la Deuda. En consecuencia, la suspensión de pagos de los EEUU parecía inevitable a partir del 3 de agosto. Pero durante la noche se llegó a un acuerdo de ultimísima hora en el Senado, donde los demócratas tienen la mayoría y los republicanos son más moderados.

El mundo entero ha respirado con alivio porque las consecuencias del temido ‘default americano’ serían mucho más graves para la economía mundial que el que los europeos se empeñan en evitar para Grecia. Las bolsas saludaron con subidas la noticia pero no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo y todavía falta el voto de la Cámara de Representantes, donde los demócratas están en minoría y los republicanos tienen que componérselas con su facción extremista del Tea Party que sigue reacia al acuerdo.

Mientras en la noche del lunes (1 de agosto) escribo esta crónica digital, los congresistas americanos se preparan para votar ese compromiso y no se puede dar por seguro el resultado. Aunque el Tea Party y la facción izquierda de los demócratas se opongan, todavía podría aprobarse mediante el voto conjunto del resto de los dos grandes partidos, pero nada es seguro en los tiempos revueltos por los que atraviesa la política Americana con Obama en el 40 % de popularidad y la economía sin arrancar.

De manera que mañana, cuando esta crónica este ya publicada, sabremos cual es el resultado final de este psicodrama. Pero desde esta media tarde las Bolsas han dejado de festejar el acuerdo para dejarse llevar por el temor a un desacuerdo y en todo el mundo han caído en picado. Mal presagio, aunque ya sabemos cuán temeroso es el capital y lo rápido que las cotizaciones caen en vísperas de algún temido acontecimiento.

Sea como sea, lo cierto es que el acuerdo y el proceso que ha llevado a esa solución tan frágil ,tan escasa y tan transitoria, es típico de la actual política americana. Antes de que este definitivamente aprobado e incluso antes de que se conozcan los términos precisos de los cabos sueltos que contiene, todos se precipitan en clamar victoria. Lo que parece preocupar no es tanto el acuerdo en si sino quien es el que más se ha llevado el gato a sus aguas en ese pulso un tanto irresponsable. Y en vísperas electorales la cuestión tiene su importancia.

Obama pretendía dos objetivos. Primero quería que el límite de la Deuda se elevase de forma sustantiva para no tener que volver a negociarlo en plena campaña electoral. Y en segundo lugar quería que las reducciones masivas del gasto, que van a tener un impacto social muy fuerte, estuviesen complementadas por el aumento de los impuestos que pagan el 2 % de los americanos más ricos hasta el nivel anterior a las rebajas de impuestos de Bush.

Los republicanos querían cortar mas el gasto y no subir un solo dólar los impuestos. Y que el aumento del límite de la deuda fuese pequeño y gradual de forma que en marzo del 2012 hubiese que volverlo a negociar.

El acuerdo del Senado, si lo votan esta noche los congresistas, le da Obama oxigeno financiero hasta el 2013 y ello debería contentar también a los mercados. Y los republicanos consiguen que ningún americano, ni siquiera el más rico, tenga que pagar un dólar más de impuestos.

Todo el ajuste recaerá sobre el gasto y para ello una comisión bipartidaria deberá estudiar donde cortar unos 1,5 billones de dólares y proponerlo antes de noviembre. De manera que el acuerdo no es completo y definitivo porque no se sabe qué pasaría si esa comisión no llegase a completarlo. Y la experiencia de esas comisiones durante la presidencia Obama es más bien negativa porque la intransigencia republicana ha evitado que se lleguen a acuerdos en casi ningún caso.

Lo único que se sabe es que si no hubiese acuerdo antes de final de noviembre se aplicarían de forma automática unos cortes predeterminados por valor de 1,2 billones que afectarían al Pentágono y a Medicare, el seguro publico de los jubilados. Como esas partidas presupuestarias son las que republicanos por una parte y demócratas por otra quieren defender, ello les debería incentivar a llegar a un acuerdo.

Los aumentos de impuestos a lo largo de los próximos 10 años no están explícitamente descartados pero si los demócratas no lo han conseguido ahora, es muy difícil que lo vayan a conseguir después.

Y este es el punto débil del acuerdo para Obama. Es la segunda vez que tiene que renunciar a uno de sus principios más importantes es corregir la enorme inequidad del sistema fiscal americano. Y la izquierda de su partido, que dirá que los verdaderos perdedores de este acuerdo son los asalariados americanos, y una parte importante de la población le pasara factura.

Además, los demócratas han tenido que tragar con el principio de una enmienda constitucional para que el Presupuesto se presente siempre equilibrado. Es lo que quería Merkel imponer a sus socios europeos y seria la muerte definitiva de las ideas keynesianas.

Todo lo ocurrido y lo que puede estar por venir, esta noche o de aquí a noviembre, refleja la enorme división ideológica que se ha instalado en la sociedad americana. En el pasado, el aumento del límite legal de la deuda, algo que se ha hecho decenas de veces, era más una cuestión técnica que la mayor de las veces producía un consenso político. En un par de ocasiones el consenso no se produjo y las dificultades que tuvo que soportar el Tesoro para hacer frente a sus obligaciones tuvieron un efecto boomerang sobre los que habían provocado el problema.

Pero esta vez la cuestión es otra, porque existe una clara voluntad de politizarla como arma arrojadiza contra Obama.

La reducción del gasto público, caiga quien caiga menos el Pentágono, y la bajada de impuestos son los temas fundacionales del Tea Party, que acusa a Obama de querer imponer una sociedad “socialista” y no hay que olvidar que ha sido la elección de algunos de sus miembro en las elecciones de mitad de mandato lo que ha dado a los republicanos la mayoría en el Congreso, lo que ha radicalizado la ideología conservadora de ese partido.

Y ese abismo ideológico que se agranda se hace más profundo por el contexto económico recesivo. Porque lo cierto es que a pesar de los miles de millones de dólares inyectados en la economía a través de sus planes de relanzamiento y los dos “quantitative easing” de la Reserva Federal, los EEUU no aciertan a encontrar la salida de la crisis. La economía reduce su crecimiento mientras el paro no baja y el país se va instalando en una profunda duda sobre su futuro. Por eso el debate nos ha tenido, todavía nos tiene a todos, en vilo.