Recesión económica, contestación social

Este domingo 5 de junio se celebraban elecciones legislativas en Portugal después de que la oposición se negase a aprobar en el Parlamento las medidas de rigor presupuestario exigidas para recibir la ayuda conjunta de la UE y del FMI. Ese rechazo produjo la dimisión del gobierno de José Sócrates y la convocatoria de elecciones anticipadas.

Como era de esperar, los resultados parecen confirmar la clara derrota del partido socialista, víctima de la recesión económica que asola el país, como hace dos semanas el PSOE perdió las municipales y autonómicas y el gobierno irlandés fue barrido en las legislativas de febrero.

Lo que está ocurriendo es que los planes de rigor impuestos por los mercados financieros y los otros países del euro a los Estados con fuertes déficits y endeudamiento público están provocando una contestación social cada vez mayor. En primer lugar por sus efectos negativos sobre las condiciones de vida de las clases populares, disminución de rentas, aumento de impuestos indirectos, paro, precariedad, reducción de servicios sociales. Y segundo porque no dan los resultados que de ellos se esperaban, los déficits no se reducen y el ratio de endeudamiento con respecto al PIB aumenta porque esas medidas han acabado de matar el crecimiento.

Se calcula que la reducción de la demanda causada por los planes de austeridad le habrá costado a España, Grecia, Irlanda y Portugal entre 2 y 5 puntos del PIB en el 2011. Y por eso no vuelve la confianza a los mercados, que no paran de exigir nuevas medidas de austeridad que a su vez, como en un círculo infernal, van a causar más recesión económica y más contestación social.

Así, los gobiernos de los países afectados se enfrentan por un lado a los mercados financieros y por otro a sus opiniones públicas que se manifiestan votando y manifestándose. Con un riesgo de contagio entre países de los nuevos movimientos de contestación social como el de los “indignados” de la Puerta del Sol que han hecho ya escuela en Portugal y Grecia.

La crisis de la deuda está dejando atrás los planteamientos económicos y está entrando en una fase política de contestación social. En algunos países, como Italia, la resignación es todavía la actitud dominante y los síntomas de contestación “a la española” son todavía inexistentes. Pero las sonadas derrotas municipales de Berlusconi y sus aliados en Milán y Nápoles muestran un cambio de actitud de la opinión que expresa el malestar por una cura de austeridad tan fuerte como la española o la inglesa.

En otros, como Islandia, el primer país afectado por la crisis y donde esta ha sido más grave, la revuelta se transmuta en un populismo hostil a todo lo que venga del exterior. Por dos ocasiones han votado en referéndum en contra de que los contribuyentes devolviesen a los clientes ingleses y holandeses la deuda del banco Icesave. Esta actitud ha valido a los islandeses la admiración y el apoyo de los movimientos sociales que se extienden por Europa. En la Puerta del Sol se podían leer slogans como cuando sea mayor quiero ser islandés, prototipo del pueblo que se niega a ceder a las presiones del mundo financiero.

La revuelta islandesa de los años 2008-2009 hizo que la quiebra de los bancos se cargara sobre los acreedores extranjeros y no sobre los contribuyentes. Pero en realidad las cosas son más prosaicas y puede que los islandeses se equivoquen de enemigo porque esa deuda es solo el 0,15 % del pufo que han dejado los bancos islandeses en los bancos extranjeros… Hay que recordar que los bancos islandeses habían llegado a conceder préstamos por un total equivalente a 11 veces el PIB del país ¡!.Demasiado para intentarlo, cuando quebraron el gobierno no pudo hacer nada para pararlo, como intentó el gobierno irlandés antes de ser arrastrado por el esfuerzo que esa ayuda significó.

Portugal y Grecia tienen que aceptar más políticas de austeridad para conseguir la financiación que necesitan. El nuevo gobierno portugués tendrá que aceptar medidas más duras que las que se negó a votar cuando estaba en la oposición y Papandreu está todavía intentando conseguir el acuerdo de la oposición para dar credibilidad a un nuevo plan de recortes y privatizaciones.

Pero la caída del consumo y el aumento del paro, que se dan la mano, hace difícil que la economía vuelva a crecer. En España por ejemplo el consumo representa el 6º % del PIB y solo ha aumentado el 0,7 % en el primer trimestre del 2011. El remedio puede agravar el mal y la disminución de los ingresos públicos provocados por la recesión puede ser mayor que la deducción nominal de los gastos con lo que el déficit puede aumentar en vez de disminuir. Así, la multiplicación de los planes de rigor que no surten efecto se convierte en un factor de descrédito para las agencias de notación que, al rebajar la calificación de las deudas de esos países alimentan la espiral recesiva.

En realidad la historia económica nos recuerda que los únicos países que han conseguido restablecer el equilibrio presupuestario a base de reducir los gastos lo han hecho de forma aislada y en un entorno económico muy particular. Como Canadá en los años 90 gracias a la demanda de EE.UU. o los países nórdicos recurriendo a la devaluación de sus monedas. Ni una cosa no otra es posible hoy para los países endeudados del sur de Europa.

Y en estas circunstancias, un sentimiento de injusticia empieza a recorrer Europa, tanto más cuando que las perspectivas de futuro parecen cerradas. Reducir los salarios y las pensiones en países con estructuras sociales minadas por la desigualdad es cada vez más difícil. Si no van acompañados de un fuerte proceso de redistribución, y de momento no es así más bien al contrario, el rigor será cada vez más insoportable.

Las políticas de rigor van a chocar con las desigualdades. No es solo la izquierda quien lo dice. Basta leer lo que ha dicho Sarkozy en la conferencia preparatoria del G 20. Ni más ni menos que las desigualdades han aumentado en todas partes y que el capitalismo financiero desregulado nos ha llevado al desastre. Pero las medidas que estamos tomando, fuertemente criticadas por el Nobel Stiglitz en Sitges este fin de semana, están contribuyendo a hacer el problema de la igualdad más grave todavía. Y alimentando una contestación social que ha perdido sus cauces habituales de expresión.