Crisis, elecciones y socialización de la política

En democracia los partidos políticos tienen tres funciones fundamentales. Elaborar propuestas políticas en forma de programas de gobierno, seleccionar al personal político y, sobre todo, socializar la política abriendo cauces de participación al conjunto de la población y no solo a los que quieren optar a una función representativa o gestora de lo público.

Su desempeño en el ejercicio de estas tres funciones deja bastante que desear en casi toda Europa, sobre todo en la socialización de la política. Y los acontecimientos de estos días, con la ocupación pacífica de las plazas en España, los ajustes impuestos por la crisis, los resultados de las elecciones municipales y el debate en el partido socialista sobre la conveniencia de celebrar o no las elecciones primarias previstas en sus estatutos abre un amplio campo a la reflexión crítica.

Las manifestaciones que han tenido lugar en España se están imitando en Europa. En Atenas miles de “indignados” bajaban a la calle y llenaban la plaza Syntagna en frente del Parlamento con slogans en castellano reproduciendo las ingeniosas frases de la Puerta del Sol. Mientras, el gobierno Papandreu aprobaba un nuevo plan de rigor con más subidas de impuestos y más reducciones de salarios y gastos públicos en un intento desesperado de demostrar su voluntad de reducir el déficit público y conseguir la financiación que necesita antes de finales de mes para evitar el tan temido “default” griego.

Tanto en Syntagna como en Sol esas manifestaciones espontáneas y modélicas por el orden pacífico que guardan, gritan la angustia de una población que se siente abandonada e indefensa ante el paro, la pobreza y la falta de horizontes y esperanzas. La desafección hacia la política refleja el gigantesco déficit de futuro que siente una parte de la población, el denominado “precariado”, constituida por los perdedores de la globalización que son los que han salido a la calle para manifestar su frustración y resentimiento hacia un sistema político y económico que los margina y que los somete a drásticos ajustes para corregir errores de los que no se sienten responsables y ciertamente no lo son.

La sociedad europea en general, y la española en particular, se debate hoy ante un sentimiento de grave injusticia. La crisis fue causada por un exceso de desigualdad en la distribución de la renta y va a generar una desigualdad mayor todavía sin que los gobiernos sean capaces de poner en marcha medidas redistributivas que repartan equitativamente el coste del ajuste. Los “indignados” que no pueden pagar su hipoteca ven como los grandes banqueros que se las cobran siguen acumulando sueldos obscenos y fabulosos derechos de pensión de decenas de millones de euros. Y para colmo Bruselas nos tiene que tirar de las orejas por no haber adoptado en el debido plazo la directiva comunitaria que limita los sueldos y los bonus de los directivos de los bancos.

Los resultados electorales en España, para el PSOE mucho peor de lo esperado no se pueden justificar apelando a la crisis, como si fuese una circunstancia inapelable ante la cual cualquier gobierno hubiese sido igualmente castigado por su impotencia. Además de la crisis, cuyo origen mundial no se puede imputar al gobierno, el electorado ha mostrado su rechazo a la gestión política con la que se le ha hecho frente. Primero no la había y luego ya habíamos salido de ella. El 9 de mayo del año pasado fuimos a Bruselas con una política económica y salimos con otra radicalmente diferente sin que esa voltereta haya sido adecuadamente explicada en sus causas y consecuencias.

Algunas medidas que tomó el Gobierno, bien es cierto que en momentos distintos con respecto a la realidad de la crisis, como suprimir el impuesto sobre el patrimonio y congelar las pensiones, que tienen un impacto presupuestario más o menos equivalente, se presentan por muchos comentaristas como un ejemplo de la falta de sensibilidad social de las medidas de política fiscal. Y en cambio, los escándalos de corrupción y la presencia de imputados en las listas electorales apenas han castigado al PP, lo que demuestra una peligrosa desensibilización ética del electorado.

Por otra parte, el PSOE va a celebrar elecciones primarias con un solo candidato proclamado previamente por el Comité Federal. El vapuleo electoral que hemos sufrido los socialistas en las pasadas elecciones municipales y autonómicas parece habernos debilitado tanto que el partido no puede arriesgarse a celebrar unas elecciones primarias, con más de un candidato.

Se pueden entender las razones de los que argumentan que un debate entre dos ministros del mismo gobierno y todavía en ejercicio, sería un proceso difícil de administrar con resultados inciertos en un momento de extrema debilidad ante el electorado. Pero las mal llamadas elecciones “primarias”, a las que habría que llamar elecciones internas directas, no son un capricho ni una opción potestativa sino una exigencia estatutaria como demuestra el que a pesar de todo se hayan convocado formalmente aunque no se llegue a votar para elegir.

Los procesos de decisión instrumentados mediante primarias o un Congreso tienen ventajas e inconvenientes que se han descrito de forma muy maniquea. Según algunos las primarias dividen y los Congresos unen… Las primarias no serían sino un casting, un desfile de modelos, una descarnada lucha personal por el poder, un enfrentamiento fratricida, una batalla interna que no interesa a la gente,… mientras que un Congreso sería un debate de ideas ajeno a conflictos de poder que permitiría salir unificados por sanos consensos ideológicos. La evidencia empírica no corrobora esa visión maniquea. En los Congresos también se eligen personas y son el escenario, ciertamente menos transparente, de la lucha por el poder dentro de la organización. Los debates deben ser de ideas pero las ideas no crecen en los árboles, las conciben y las defienden personas que ofrecen su liderazgo sin el cual el debate de ideas pierde capacidad de movilización.

Primarias o Congreso todo depende de cómo se haga. Desde luego unas primarias convocadas a todo correr y celebradas en un plazo mínimo no aportan grandes soluciones a los males que afectan al proyecto socialista. Al final, entre primarias y Congreso, la decisión ha sido ni una cosa ni otra o más bien una versión edulcorada de ambas. Se cumple la letra de los estatutos convocando una elección con un solo candidato y en vez de un Congreso, que significaba elegir un nuevo secretario general y por ende convocatoria anticipada de elecciones, se convoca una conferencia política para debatir una profunda reorientación ideológica… en el plazo de dos meses. Parece poco tiempo para tan gran empeño.