De Osama a Obama

La muerte de Osama a manos de los comandos de Obama o los casi 5 millones de parados que asolan la economía y la sociedad española llenan la actualidad de estos días. Me temo que habrá mucho tiempo para hablar del paro y de la crisis, pero la desaparición de Ben Laden puede ser un acontecimiento que cierra una época iniciada el 11 de septiembre del 2001 y que se acaba con “la primavera árabe”.

El asesinato extrajudicial de Osama es en realidad su segunda muerte. Su muerte política se podía leer en las banderolas de los manifestantes de la “primavera árabe” de Túnez y El Cairo pidiendo democracia y libertad y no la instauración del califato de Al Qaeda. Esas revoluciones inesperadas son la obra de las generaciones postislamistas que no gritan contra occidente sino contra sus dictadores, aunque estos se hayan mantenido durante tanto tiempo gracias al apoyo de los occidentales. Eso no quiere decir que se haya acabado la amenaza del terrorismo que lleva su marca ni que sus filiales en el Magreb o en el Sahel se disuelvan de la noche a la mañana. Pero su muerte se produce cuando su sueño de restauración violenta del califato y el retorno a los orígenes del Islam se desvanece ante el cambio de los valores culturales de las nuevas generaciones de musulmanes, al menos en las riberas del Mediterráneo.

Pero la influencia de Ben Laden en este principio de siglo habrá sido enorme. Y lo habrá sido a través de los cambios que sus ataques terroristas han producido en la mentalidad, en el mindset, de los americanos. Osama cambio a los EE.UU. y no siempre para bien. Los ataques del 11 /9/2001 causaron que EE.UU. se embarcara en dos guerras, la de Irak y la de Afganistán, que todavía no han terminado. La primera es la más cara y la segunda la más larga de todas en las que han participado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Antes del 11 de septiembre G W Bush ya buscaba la excusa para atacar Irak pero Ben Laden contribuyó a darle una aunque estuviese basada en la mayor de las falsedades. El régimen de Bagdad no tenía nada que ver con Al Qaeda ni había ningún riesgo de que le suministrara las armas de destrucción masiva que nunca tuvo.

Además Bush no quiso que los americanos pagasen con impuestos los costes de esas guerras y las financió convirtiendo el superávit heredado de Clinton en un gigantesco déficit público y un endeudamiento privado mayor todavía. Osama contribuyó a que se produjera ese desequilibrio estructural en la economía americana que está en las raíces de la crisis que soportamos.

Pero el peor cambio producido por el difunto Osama no fue económico ni geoestratégico sino psicológico. El choque producido por el sentimiento de vulnerabilidad ante ataques extranjeros en su propio suelo, la primera vez que ocurría, con la excepcional excepción de Pearl Harbour, condujo a la declaración de la “guerra contra el terror” y a la invención del “eje del mal” y al “estás conmigo o contra mí” que caracterizó la respuesta de Bush a la destrucción de la Torres Gemelas de Nueva York. Y desde entonces Ben Laden, envuelto en su turbante y supuestamente escondido en alguna cueva de las montanas de Afganistán se convirtió en el fantasma que atemorizaba el sueno de los americanos, en un símbolo de un peligro más peligroso que el que fue el nazismo A fin de cuentas Hitler nunca soltó una bomba sobre América y sus ejércitos eran una realidad más tangible que la difusa red de Al Qaeda.

Por aquel entonces los EE. UU. generaron una oleada de simpatía y solidaridad. Pero ese “todos somos americanos” se desvaneció ante el abuso del poder y la fuerza de los Bush, Cheney y Rumsfeld. Aquellos lodos causaron Guantánamo y Abu Grhaib, la denegación del habeas corpus y la judicialización del uso de la tortura. Y esos excesos fueron los mayores éxitos de Ben Laden, su mayor capacidad de reclutamiento en el mundo islámico y la justificación de su diabolización de América.

La “guerra contra el terror” continuó transformando la mentalidad de la sociedad americana hasta que los propios americanos se acabaron hartando y eligieron a Obama. Y ahora que este ha conseguido su mayor éxito al liquidar al fantasma que alimentaba la obsesión securitaria, que a su vez justificaba la limitación de las libertades públicas y los enfrentamientos maniqueos, es hora de que los americanos cambien los esquemas mentales producidos por el trauma del 11 de septiembre. Se habrá acabado entonces la época que empezó con Osama y acabó con Obama.