La crisis no ha terminado

Empezaba la Semana Santa cuando sonaron dos voces de alarma sobre la situación económica mundial. La primera fue la del director gerente del FMI D. Strauss Khan advirtiendo en Washington que “la crisis no se ha acabado” y echando un jarro de agua fría sobre los que proclamaban que “lo peor ha pasado”.

Cierto que, después de la crisis iniciada por las subprimes americanas, la economía mundial ha escapado a una depresión al estilo de los años 30. Pero la salida de la recesión es muy frágil y a las burbujas, financiera e inmobiliaria, les han sucedido una serie de choques que aumentan la volatilidad de la mundialización y que afectan tanto a los países ricos como a los países en desarrollo.

Choque inflacionista provocado por los aumentos de costes en los países emergentes, por el precio de la energía y por la política monetaria americana de dólar débil para relanzar el crecimiento y el empleo y de paso reducir el valor real de sus deudas. Burbujas financieras en los países emergentes que atraerán este ano más de un billón de dólares y crisis de la Deuda que no se acaba en la vieja Europa. Nuevo escenario energético mundial creado por los accidentes nucleares en Japón y las revoluciones del mundo árabe que han propulsado de nuevo el petróleo por encima de los 120 $/barril.

Pero lo que hay que recordar es que la crisis fue generada por un exceso de endeudamiento, empezando por el excesivo y no sostenible endeudamiento de los modestos hogares americanos. Y en los tres años de crisis ese exceso de endeudamiento no se ha corregido, más bien al contrario hemos querido salir de un exceso de endeudamiento con mas endeudamiento. La deuda no se ha reabsorbido, se ha “estatalizado”, transformando la deuda privada en deuda pública a través de los salvamentos del sistema financiero y de los planes de relanzamiento fiscal. Con ello hemos cambiado de sitio el problema pero no lo hemos resuelto, ni en Europa ni en EE.UU.

De la Deuda soberana en Europa ya hemos hablado bastante, aunque habrá que seguir haciéndolo. Ahora toca el turno a la Deuda de los EE.UU. que ha originado la segunda señal de alarma, dada por la agencia de notación Standard and Poor’s al anunciar la posibilidad de rebajar de “estable” a “negativa” la perspectiva de evolución de la Deuda americana, hoy calificada AAA, la mejor nota posible.

No es más que un acto simbólico. De momento no implica ninguna decisión concreta, pero es la primera vez que esa posibilidad es mencionada en la historia de los EE.UU. y la primera vez que un país cuya deuda es calificada AAA ve cuestionada su capacidad de hacer frente a sus compromisos. Desde el punto de vista de su evolución, razones no faltan para justificar esa inquietud: la Deuda pública de EE.UU. ha pasado del 54,7 % del PIB en el 2001 a casi el 100 % en el 2011, un doblamiento en 10 años y a un ritmo que se ha acelerado en los últimos 5 años.

A ello hay que sumar la posibilidad de un desacuerdo permanente entre la Casa Blanca y la oposición mayoritaria en el Congreso sobre la forma de reducir el déficit público, que se acerca al 11 % del PIB y que habría que reducir al 2 % .Y, de forma más inmediata, sobre la decisión de elevar antes de mediados de mayo el límite de endeudamiento del gobierno federal, que actualmente es de 14,3 billones de dólares. Para votar ese aumento del límite, los republicanos siguen exigiendo cortes inmediatos y masivos en los programas sociales.

A cualquier país en esas circunstancias, hace tiempo que las agencias de rating le hubiesen rebajado la calificación de su deuda: si los EE.UU. han escapado, hasta ahora, a esa rebaja es porque siguen teniendo una capacidad de liquidez financiera exterior sin equivalente en el mundo, es decir pueden utilizar la máquina de imprimir moneda porque el dólar sigue siendo la moneda de referencia mundial.

Pero esta advertencia puede hacer que los inversores en bonos del Tesoro americano exijan tipos de interés más altos generando un circulo vicioso en el que la deuda aumenta porque aumenta la carga de los intereses. A otra escala es lo que ha ocurrido en Europa con las dificultades de financiación de la Deuda griega sobre la que vuelven a sonar insistentes rumores de reestructuración.

Así, en los dos lados del Atlántico la cuestión es saber quién va a pagar esa montana de deudas acumuladas. Y aunque no sea políticamente correcto decirlo en alta voz, todos cuchichean que esas deudas no serán nunca completamente reembolsadas. Quien debe pagar por quien será la gran cuestión de la nueva fase de la crisis. Los contribuyentes y los trabajadores han pagado ya mucho, los inversores y los banqueros tendrán que arrimar el hombro pero sin que ello no provoque una crisis mayor todavía.

El voto en Finlandia el pasado domingo de Ramos, dando casi un 20 % al partido populista de los Nuevos Finlandeses, contrario a financiar el plan de ayuda a Portugal, refleja esta tensión.