¿Armisticio monetario en Seúl?

De todos los armisticios, fin pactado de las operaciones militares, que no es lo mismo que un Tratado de paz, el más importante de la posguerra mundial fue, y sigue siendo puesto que todavía perdura, el que detuvo la guerra de Corea.

Quizá por eso el G-20 ha decidido reunirse en Corea del Sur, buscando, si no la paz por lo menos un armisticio a la “guerra de las monedas”, es decir a la manipulación del tipo de cambio para aumentar la competitividad y las exportaciones.

Sería mucho decir que los ministros de economía del G-20 reunidos en Gyeongju el pasado fin de semana del 23 y 24 de octubre hayan alcanzado un acuerdo históricamente tan importante y duradero como el que puso fin a las hostilidades en la península de Corea. Más bien me parece que su llamamiento a no utilizar los tipos de cambio para falsear la competencia y desequilibrar el comercio, no expresa sino buenos deseos sin fuerza operativa ni vinculante alguna.

Pero algo se mueve. Probablemente pretender un acuerdo para fijar nuevas paridades más acordes con la realidad que resulta de la emergencia de nuevas potencias económicas, es empezar la casa por el tejado y por ello difícil por no decir imposible de conseguir. Más vale actuar sobre los desequilibrios macroeconómicos que impiden el ajuste de los tipos de cambio y para ello alguien tiene que vigilar las causas de esos desequilibrios y señalar la necesidad de medidas correctoras. Y esa es la nueva misión que parecen querer confiar al FMI, enlazando con lo que fue la razón histórica de su creación. De esta manera, el ajuste de los tipos de cambio sería el resultado de un proceso de coordinación y vigilancia mutua y no el inicio forzado del mismo.

Largo me lo fiáis, se podría decir. Sin duda, la cosa no es para mañana y todavía los jefes de Estado y de Gobierno deberán dar forma en Seúl a ese código de buena conducta. Pero no hay otro remedio porque no hay capacidad para imponer un reajuste monetario rápido a unos, como a China, ni impedir que otros practiquen políticas monetarias desequilibrantes, como EE.UU. y el Reino Unido.

Los americanos parecían haber comprendido que en ese camino no hay atajos ni caben imposiciones, porque llegaron a Corea dejando de lado sus habituales predicas sobre la necesidad de que China revalúe el yuan para hablar de la necesidad de que los países estructuralmente excedentarios desarrollen políticas presupuestarias y reformas para reforzar el componente interno de su crecimiento y contribuir a sostener la demanda mundial. Parece claramente dicho para China,…. pero también valdría para Alemania.

El problema será ponerle letra a la música. En el fondo se trata de limitar los excedentes y los déficits comerciales dentro de una horquilla para la que se avanzó el +4.-4 % del PIB. Naturalmente los grandes exportadores China, Alemania y Arabia Saudita se opusieron a que se limitara su capacidad exportadora, argumentando cada cual sus especificidades que justifican excepciones.

Pero si el camino parece largo para dar forma a ese armisticio monetario, que de momento solo es un deseo lejano a toda concreción, en cambio sí parece que las cosas están más maduras para una reforma de la gobernanza del FMI, imprescindible para que pueda jugar el nuevo papel que se le quiere atribuir.

Para DSK, su director gerente, se trata de la reforma más importante desde que se creó el FMI. Y probablemente tenga razón porque se trata de transferir el 6 % de las cuotas, y de los correspondientes derechos de voto, desde los países occidentales a los nuevos países emergentes. Más del 5 % que se acordó en el G-20 de Pittsburgh y con el acuerdo de una nuevo reequilibrio en el 2014.

Primera consecuencia, los europeos pierden sillas en el consejo del Fondo. Ahora les corresponden 9 de 24 y cederán 2 de forma rotativa. Ciertamente no se podía mantener que Bélgica tuviera más votos en el FMI que China. Después de ese acuerdo, los 10 pesos pesados del FMI serán EE.UU. y Japón, los Brics China, en tercer lugar, Brasil, India y Rusia, y cuatro europeos, Alemania, en cuarta posición, Francia, Italia y el Reino Unido.

Tampoco se debería mantener que los países del euro tengan una representación múltiple y ya sería hora que la moneda común europea tuviese una sola silla y una sola voz en el Fondo Monetario Internacional. Pero parece que eso también va para largo y en todo caso no es en Corea donde se debe decidir sino en Bruselas donde deberíamos aceptar que la defensa del interés común de Europa, empezando por el de la zona euro, requiere ceder protagonismos nacionales obsoletos para unir nuestras fuerzas frente al nuevo mundo que emerge de la globalización.